Cuatro premios le han dado a diez versiones de Kafka (Anagrama), debut de la escritora checo-francesa Maïa Hruska. A mí no me ha gustado. Escrito originalmente en francés, parece que en el país vecino se van inventando los premios según los conceden, pues hay un premio François Billetdoux, un premio Transfuge al mejor ensayo, un Premio Malraux de ensayo sobre arte y un Gran Premio de la Crítica Literaria del PEN Club francés. Todos los ha recibido esta chica, que estará muy contenta.
Su ensayo tiene la peculiaridad de acercarnos a la obra de Franz Kafka a través de sus ilustres traductores, desde Borges a Celan pasando por Primo Levi o Bruno Schulz. La autora compone su libro con pasajes breves, casi del tamaño de esta columna, para que las diversas anécdotas que va enhebrando no se nos hagan bola, pues comparecen en el texto muchas fechas y citas, muchos nombres propios, y ahora estamos en Italia y, poco después, en Argentina. Debajo de todo este despliegue de erudición intimidatoria late un pulsómetro juvenil: creerse que Kafka murió como un desconocido y resucitó como un clásico.
El libro va inclinándose poco a poco hacia el subrayado de un cliché, y todo es kafkiano de una forma torturante, como si la vida de cualquiera que haya traducido a Kafka tuviera que encajar en alguno de los cuentos que escribió el genial empleado de seguros. Detrás del plomo ensayístico hay como un deseo de magia, una cosa pueril y superficial donde Kafka realmente se murió sin ser leído y luego, porque somos buenos y justos, reconocimos sus méritos y lo editamos masivamente.
Mis suspicacias con el cuento de hadas kafkiano me llevaron hace años a encontrar el libro Why you should read Kafka before you waste your life, de James Hawes. Aunque el título resulta disuasorio (Por qué deberías leer a Kafka antes de desperdiciar tu vida), su tesis central me complacía: no, Kafka no fue un desconocido que trabajó su obra en total soledad y al que luego nos dio por equiparar con Homero, sacándolo del cuartucho más oscuro de Praga donde se pudría. La realidad es que Kafka era alto directivo en su empresa aseguradora, tenía una vida social tan animada que incluía visitas a burdeles y era amigo y conmilitón de la plana mayor literaria de su época. Para contar la enorme fortuna de sus libros después de muerto, hay que insistir en las capacidades propagandísticas de su amigo Max Brod, en lugar de cerrar la fábula con la orden de quemar sus manuscritos y el milagro de que una obra no destruida se volviera de pronto canon universal.
Cubierta de 'Diez versiones de Kafka', de Maïa Hruska. (Anagrama)
Resulta cuando menos paradójico que de un autor que apenas quería dejar rastro escrito sea hoy leído tanto su diario íntimo como varios miles de cartas privadas, desde las famosas a Milena hasta literalmente cualquier postal o telegrama que escribiera y que alguien guardara.
A Maïa Hruska todo esto le da igual, y se empeña en creer que "hubo un tiempo en que ningún radar había detectado aún a Kafka" y que "murió sin haber conocido una pizca de gloria" (fue, de alguna manera, premio Fontane en 1915, por ejemplo). De hecho, la propia nómina de traductores que articula este ensayo (incluyan a la lista de más arriba el nombre de Sándor Márai, nada menos) da a entender una férrea pertenencia al ecosistema literario desde sus comienzos más que un súbito despertar del buen gusto en numerosos escritores de prestigio en otras lenguas después de su muerte.
Las traducciones decaen, flojean, se desactualizan: el original siempre permanece
Inevitablemente, la autora cita la famosa entrada de su diario que dice: "Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, clase de natación", para después realizar piruetas interpretativas demenciales que acaban en "Kafka rehuía las imposiciones de su tiempo". Un poco como tú no leyendo el periódico, vamos.
Ya que anda por esas nubes, se suma al disparate de considerar una traducción como un texto de la misma entidad que el original ("¿Con qué derecho el original ha de ser mejor sólo por ser el primero?", delira), sin darse cuenta de que, antes de ese original, sólo había vacío, y que es mucho más difícil llenar el vacío que traducir las sufridas palabras que lo han desafiado.
De hecho, las traducciones decaen, flojean, se desactualizan: el original siempre permanece.
En los libros con muchas citas, siempre es agradable encontrar frases imponentes, como esta de Paul Celan: "Escribo desde dentro de la lengua de la muerte misma". O la de Primo Levi: "Yo no estaba lo suficientemente vivo como para ser capaz de suicidarme". O esta otra de Levinas: "El apego a las formas culturales puede equivaler al apego a la tierra".
Pero si de un ensayo uno ya solo espera la siguiente cita trasplantada de la obra de un gran escritor, ese ensayo puede considerarse fallido.
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