Hay golpes en la vida tan fuertes... ¡Yo no sé!», es el verso primero y último del más admirado y recitado poema de César Vallejo. «Son pocos, ¡pero son!», subraya el peruano. Confieso que en mi trayectoria vital he recibido fuertes impresiones. Fueron pocas, ¡pero fueron! Señalaré tres que tienen, como denominador común, la estética sobrecogedora de los dedos de unas manos.
La primera tuvo lugar en la Capilla Sixtina del Vaticano, aquellos dos dedos situados en lo alto y en el centro, el dedo de Dios y el del hombre, separados por un milímetro, grávidos de significación, obra de Miguel Ángel. La segunda tuvo lugar en la capilla de un hospital de la ciudad francesa de Colmar; dedos descoyuntados, sangrientos, espasmódicos: los del retablo de Isenheim, obra de Grünewald. La tercera, admirando la reciente restauración de la capilla del Santo Cristo, hoy sede penitencial, de la basílica de San Miguel, de Palma, esa sublime danza de dedos en el bajorrelieve de su predela: los dedos del crucificado que en bajada vertical yacen inertes, los dedos maternales de María que en horizontal los sostienen, los dedos de la Magdalena que en vertical suben a acariciarlos. ¡Qué fuerza, la de este arte digital! Sé que se trata de pormenores dentro de una panorámica más general; simplemente confieso que los tres detalles concentraron mi fascinación y que los tres focalizan la enorme genialidad de sus autores.
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