Nadie puede discutir que hoy el idioma de la diplomacia es el inglés. Ha conseguido imponerse no solo en ese ámbito, sino en casi todos los que implican relaciones internacionales, institucionales o comerciales.
Sin embargo, cuando entre países vecinos existe una interacción tan íntima como la que mantienen España y Marruecos, quizá convenga aprender también a entender los mensajes sin triangular permanentemente su traducción. Sobre todo cuando el vecino no habla solamente mediante el idioma universalmente establecido, y a veces hay que entenderlo y sobre todo escucharlo en su lengua materna, siempre más clara y sin adornos.
Nuestro ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, parece tener ciertas dificultades con este idioma vecino… a no ser que se esté comunicando en un dialecto de Marruecos que los demás desconocemos.
Aunque llevo algún tiempo intentando chapurrear el marroquí en la intimidad, con resultados bastante pobres, me atrevo a ofrecer a nuestro exquisito ministro -representante máximo de nuestra diplomacia- cinco primeras nociones de traducción simultánea.
Primera. La Policía española acaba de entregar a la Audiencia Nacional un informe que apunta a que agentes marroquíes guiaron o facilitaron el movimiento de migrantes hacia Ceuta durante la entrada masiva de finales de julio. Quizá Marruecos no organizase oficialmente el asalto, pero resulta cada vez más difícil sostener que al otro lado simplemente no ocurrió nada.
Traducción aproximada del marroquí: 'Podemos hacerlo cuando queramos'.
Segunda. El ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, ha afirmado públicamente que Ceuta y Melilla constituyen un derecho «histórico y geográfico» de Marruecos, ha reclamado un mecanismo de diálogo con España para abordar su futuro y ha asegurado que su país mantendrá esa reivindicación.
Aquí la traducción apenas resulta necesaria: 'Esta demanda territorial existe y seguiremos manteniéndola hasta conseguirla'.
Tercera. El mismo Ouahbi reclama que devolvamos a Marruecos a sus menores y llega a ofrecer autobuses para recogerlos en la frontera. Nosotros, mientras tanto, discutimos expedientes individualizados, garantías, audiencias, informes, procedimientos y todas las exigencias que nuestro Estado de derecho establece para poder devolverlos.
Traducción a un marroquí algo más cerrado: 'Vuestras leyes son también nuestras armas y vuestras contradicciones. Devolvednos a nuestra gente… los autobuses ya los ponemos nosotros'.
Cuarta. Cuando periodistas de EFE y TVE se desplazaron a Castillejos para informar de lo que estaba sucediendo al otro lado de la frontera, las autoridades marroquíes les ordenaron abandonar la localidad. No hubo demasiadas explicaciones. Se estaban, según les dijeron, -cumpliendo instrucciones-.
Traducción: 'Este nuevo envite es nuestro y lo contendremos nosotros. No queremos opinadores mediáticos, y tenemos nuestros métodos para gestionar las crisis con eficacia'.
Quinta. Y quizá la más gráfica. Abu Bakr Azaitar, luchador de artes marciales y amigo íntimo de Mohamed VI, acaba de aparecer en Ceuta comprando hamburguesas en un McDonald's para repartirlas entre inmigrantes marroquíes que permanecen en la ciudad. Un gesto cuya iniciativa exacta desconocemos y que, por supuesto, no puede atribuirse al monarca. Pero en diplomacia los símbolos tienen la incómoda costumbre de existir aunque nadie los incluya en un comunicado oficial.
Y también tiene una traducción, quizá más libre: 'Que sepan que el Rey no se olvida de sus súbditos'.
No espero que con estas cinco ligeras lecciones Albares consiga hablar un marroquí fluido. Ni siquiera que llegue a soltarse. Pero quizá no estaría de más incorporar a su equipo más próximo algún técnico capaz de comprender que las relaciones internacionales no se desarrollan únicamente mediante notas diplomáticas en inglés, declaraciones cuidadosamente redactadas en el mismo idioma y fotografías de apretones de manos.
Los Estados también hablan mediante sus actos, y nuestros vecinos parecen dominar perfectamente ese idioma desde el suyo propio.
Conviene aprenderlo porque algún día una mala traducción puede dejar de ser una anécdota diplomática para terminar tatuada sobre nuestra integridad territorial.
…y es que, en el mundo de la diplomacia, ya no basta con ser bilingüe.
Conviene ser políglota.
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