Una novela no ofrece soluciones, pero permite reconocer las tentaciones que acompañan al poder político. Para reflexionar sobre algunas de ellas bastaría con releer tres obras: «Tirano Banderas», «Luces de bohemia» y «Rebelión en la granja». No se trata de establecer equivalencias entre la ficción y nuestra realidad, ni por supuesto asignar personajes literarios a gobernantes concretos. España es una democracia constitucional, con elecciones libres, pluralismo político y un sistema de derechos y garantías, que nos debe proteger frente al personalismo, la degradación institucional o la manipulación del lenguaje. «Tirano Banderas», de Valle-Inclán, describe una dictadura hispanoamericana. Su protagonista nada tiene que ver con los gobernantes de nuestra democracia parlamentaria, mas contiene una advertencia universal: el riesgo de confundir al gobernante con el Estado y la voluntad del poder con el interés general. Alrededor de todo poder excesivamente personalizado acaba formándose un círculo de adhesiones, intereses y silencios. La lealtad a las instituciones puede ser sustituida por la fidelidad a una persona o a una organización. La discrepancia comienza a ser contemplada como deslealtad y los controles dejan de entenderse como garantías para convertirse en obstáculos. La enseñanza de Valle-Inclán se refiere a todo poder que olvida su carácter limitado y temporal. La segunda lectura sería «Luces de bohemia». «Tirano Banderas» nos previene frente al personalismo, el esperpento permite contemplar la deformación de la vida pública. Valle-Inclán coloca la realidad ante un espejo cóncavo para mostrarnos, mediante su imagen grotesca, una verdad que la apariencia cotidiana puede ocultar. En el universo de Max Estrella, las instituciones conservan sus nombres, pero van perdiendo su significado. La autoridad se vuelve arbitraria, los asuntos más graves se convierten en espectáculo y las cuestiones secundarias ocupan el centro de la conversación pública. El gesto desplaza al argumento; el relato, a los hechos; y la propaganda, a la responsabilidad. El mayor peligro aparece cuando la sociedad se acostumbra a esa deformación y termina aceptando como normal lo que antes habría considerado excepcional. La tercera obra sería «Rebelión en la granja», de George Orwell. Su enseñanza fundamental se refiere a la utilización política de las palabras. Las reglas rara vez desaparecen de golpe: primero se interpretan de manera interesada, después se relativizan y finalmente se modifican para acomodarlas a las necesidades de quienes ejercen el poder. Orwell comprendió que la degradación institucional suele comenzar por el lenguaje. Cuando las palabras dejan de describir la realidad y se emplean para encubrirla, el debate público pierde su sentido. Lo que ayer era inadmisible puede presentarse hoy como inevitable; lo excepcional, como ordinario; y la conveniencia, como principio. Estas tres obras componen así un pequeño tratado sobre las patologías del poder. «Tirano Banderas» advierte contra su personalización; «Luces de bohemia», contra la deformación de la realidad; y «Rebelión en la granja», contra la alteración interesada del lenguaje y de las reglas. La respuesta democrática frente a esas tentaciones está en el fortalecimiento de las instituciones: separación de poderes, independencia judicial, pluralismo, libertad de expresión, alternancia y rendición de cuentas. También exige una ciudadanía crítica, capaz de distinguir entre la legítima defensa de unas ideas y la pretensión de apropiarse del Estado. Las democracias no suelen debilitarse en un solo día. Pueden erosionarse lentamente mientras sus fachadas permanecen intactas.
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