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Redacción

Leonel y Danilo

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A estas alturas del gobierno, Luis Abinader habrá descubierto que la Presidencia sirve también para comprender a los expresidentes. Desde fuera del Palacio todo parece sencillo. Los ministros deberían funcionar y obedecer, los amigos ser prudentes y los familiares recordar que quien gobierna es el presidente. Pero la política tiene la desagradable costumbre de reunir alrededor del poder a quienes pueden complicarlo. Abinader entenderá ahora mejor a Leonel Fernández y Danilo Medina. Pronto podrá conversar con ellos desde esa condición extraña del hombre que gobernó y descubrió que los teléfonos suenan menos. Pero dejemos a Abinader. Leonel y Danilo constituyeron durante años una sociedad política extraordinariamente eficaz. No necesitaban parecerse. Precisamente funcionaban porque eran distintos. Leonel tenía discurso, visión internacional, formación intelectual y una notable capacidad para representar la modernización del país. Danilo conocía la organización, los dirigentes, los pueblos, las necesidades internas del partido y esa paciencia imprescindible para contar hasta el último voto. Mientras estuvieron juntos dominaron la política nacional. El PLD llegó a controlar el Poder Ejecutivo, una parte decisiva del Congreso, numerosos ayuntamientos y buena parte de la conversación nacional. Gobernaron con aciertos y errores, con luces y sombras, pero sería injusto negar que durante aquellos años República Dominicana cambió considerablemente. Después ocurrió algo perfectamente humano: comenzaron a discutir quién había sido más importante. El poder produce estas pequeñas dificultades. Dos hombres pueden construir durante veinte años una obra política y dedicar los siguientes diez a demostrar que el otro sobraba. Separados, ambos perdieron. Danilo conservó el PLD, pero recibió un partido disminuido. Leonel construyó Fuerza del Pueblo, pero tuvo que comenzar nuevamente la tarea de levantar una organización nacional. Los antiguos compañeros terminaron disputándose dirigentes, alcaldes, legisladores y electores procedentes de una historia común. Mientras ellos discuten el pasado, 2028 viene caminando. Y 2028 puede resultar bastante menos cómodo de lo que algunos imaginan. No parece fácil que un partido gane en primera vuelta. Podríamos tener un presidente obligado a construir alianzas, un Congreso fragmentado y gobiernos municipales distribuidos entre distintas organizaciones. Quien llegue al Palacio Nacional quizás descubra que ganar las elecciones fue la parte sencilla. Entonces habrá que negociar. Habrá que sentarse con adversarios, aprobar leyes mediante acuerdos y comprender que gobernar una democracia fragmentada requiere algo más difícil que pronunciar discursos: aceptar que nadie posee los votos suficientes para imponer permanentemente su voluntad. Ahí vuelven Leonel y Danilo. Los dos conocen el Estado. Los dos han gobernado. Los dos conocen las dificultades económicas, las presiones internacionales, los intereses empresariales, las demandas sociales y las miserias internas de los partidos. Ambos podrían ayudar a construir una cultura política de entendimiento. Pero antes tendrían que pronunciar dos palabras que los políticos consideran peligrosísimas: me equivoqué. No sabemos quién tendría que pronunciarlas primero. Probablemente los dos esperan que comience el otro. Ese puede ser precisamente su último error. Leonel y Danilo todavía tienen tiempo para decidir cómo quieren terminar su historia política. Pueden continuar administrando una separación que debilita a ambos o comprender que el país que ayudaron a transformar necesitará acuerdos difíciles. Quizá ninguno de los dos vuelva al Palacio Nacional. Eso, al final, lo decidirán los electores. Pero después de tantos años discutiendo quién hizo más por el país, a Leonel y a Danilo todavía les queda una última competencia: descubrir quién es capaz de ceder primero.
Leonel y Danilo
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