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Editorial

Un necesario compromiso real y efectivo con la escuela pública

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El curso que empieza el próximo miércoles en las aulas valencianas no es uno cualquiera. No puede serlo después de las movilizaciones que marcaron el final del último: fueron las más importantes en décadas. No lo puede ser cuando empieza con manifestaciones ya convocadas y con la sombra de la huelga indefinida de docentes que se extendió durante cinco semanas y que decidieron entonces dejar suspendida, no desconvocada. Y no lo puede ser cuando las largas negociaciones se cerraron solo con acuerdos parciales (aceptados solo por una parte de sindicatos en cada caso) sobre retribuciones, burocracia y valenciano. La realidad es que, entrado ya el mes de septiembre, los principales problemas persisten después de un verano que ha sido más de reflexión por separado que de acercamiento discreto de posiciones entre interlocutores. El curso comienza así (y no es una novedad de este ejercicio, sino un panorama que se repite) con falta de personal en la mayoría de centros públicos por vacantes y bajas sin cubrir, ratios elevadas (hay institutos de Educación Secundaria en València con entre 35 y 38 alumnos en Bachillerato a día de hoy), instalaciones desfasadas en muchos casos y sin la climatización necesaria, cuando las temperaturas en septiembre continúan por encima de los 30 grados en las horas centrales del día. Con respecto a esta cuestión, el Consell reaccionó con el programa EduClima, pero basta conversar con los equipos directivos de los centros para advertir que en su implementación no se han tenido en cuenta las peculiaridades de cada uno y se llega al inicio de las clases con recursos de ventilación insuficientes y desiguales. Conviene tener en cuenta en este punto que las promesas de la Administración no solo han de ser reales, sino que han de llegar a tiempo para no generar frustración en la población (en este caso, especialmente, las familias de los alumnos). No hay que perder de vista entre el maremágnum de movilizaciones, negociaciones, declaraciones políticas y legítimas reivindicaciones que el elemento más importante es el alumnado, cuya educación y preparación para un mundo cada vez más complejo está en juego. Se trata no ya de necesidades de colectivos profesionales o demandas de asociaciones de madres y padres, sino de tener conciencia clara de que una educación de calidad al alcance de toda la ciudadanía es el pilar fundamental para el futuro de una sociedad avanzada. Desde esta premisa, y conscientes del malestar acumulado en la comunidad educativa y expresado en las protestas del final del curso pasado, el Gobierno valenciano tiene el reto de demostrar su compromiso con la educación pública. Un compromiso real y efectivo que va mucho más allá de pintar unas cifras en los presupuestos. Tiene que ver con atender a las necesidades de las escuelas y los institutos en tiempo y forma, con escuchar y considerar a los equipos directivos y los padres y madres de alumnos y con poner los medios para que los planes diseñados y los anuncios se conviertan en realidad sin que el tiempo los entierre. Y tiene que ver también con potenciar el respeto y la autoridad del profesorado y no tratarlo como sospechoso, como puede interpretarse con la aprobada modificación de funciones de la inspección educativa para perseguir el 'adoctrinamiento' en las aulas y velar por la 'neutralidad' ideológica. Es una evidencia que la composición social de ciudades y pueblos de la Comunitat Valenciana ha sufrido una profunda transformación en las últimas décadas y esa nueva realidad ha llegado también a los colegios y los institutos, que necesitan nuevos medios y apoyo institucional para continuar cumpliendo con su función social. En este sentido, ha llegado el momento de que la administración educativa realice una reflexión en profundidad sobre si ha adaptado sus estructuras y equipos a las nuevas realidades para ofrecer respuestas ágiles y eficaces, acordes al tiempo actual. El próximo miércoles comienza un nuevo curso y urge que la vida en los centros se instale pronto en una normalidad productiva y sana. Concierne a todos los implicados en la conversación educativa.
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