Hay músicos que eligen un carril y lo recorren hasta el final. Nazareno Andorno eligió cruzarlos todos. Compositor, director de orquesta, pianista, productor y arreglador, este argentino construyó una carrera que se mueve con la misma soltura entre un pentagrama sinfónico y una sesión de R&B, entre el rigor de la música clásica y la respiración del jazz.
Empezó de chico, como suele pasar con los que después no pueden parar. Y con los años fue armando algo más difícil que un currículum: una identidad. La marca Andorno no está en un género sino en la manera de combinarlos. Sus trabajos pasan por el pop, el jazz, el R&B y la música clásica, y desembocan en proyectos sinfónicos, sacros y contemporáneos que suelen tener un pie en la tradición orquestal y el otro en formas de expresión mucho más nuevas. A eso le sumó un cruce menos frecuente en el ambiente: el diálogo permanente con la cultura, la literatura y la espiritualidad. Ese último costado terminó definiendo su etapa más visible, que transcurrió entre Roma y Asís.
En Italia, Andorno se sumó a los proyectos impulsados por el poeta y filántropo argentino Alejandro G. Roemmers. De esa alianza nació la Orquesta «El Abbraccio», integrada junto a músicos de la Academia Nacional de Santa Cecilia y de la Orquesta Sinfónica de Roma. No es un detalle menor: hablamos de dos de las instituciones musicales más prestigiosas de Italia.
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