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Belén Unzurrunzaga

Con los pies descalzos

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Que no nos engañen los calendarios. El año no empieza en enero entre uvas, propósitos que caducan pronto y un frío que invita a encogerse. El verdadero Año Nuevo arranca este domingo de septiembre. Comienza justo hoy, cuando las agendas huelen a páginas en blanco, y el regreso a la rutina pone el contador a cero. Pero este inicio de temporada yo he decidido trampear las normas. A comienzos de agosto me quité los zapatos como un acto de rebeldía y me niego a ponérmelos aún. He pasado las últimas semanas practicando la más revolucionaria de las desconexiones: vivir descalza. Sentir el suelo, la arena, la hierba húmeda o las baldosas que retienen el calor del día. Al despojarnos del calzado, nos quitamos también las capas de prisa, los corsés del invierno y esa manía tan humana de planificar el minuto siguiente. Estar descalza te obliga a pisar tierra, a habitar el presente exacto. He salido de casa sin zapatos a la playa, a comprar churros, a dar un paseo. No ha sido un verano idílico de postal. Las temperaturas extremas de estos meses nos han recordado la fragilidad del termómetro, siguen poniendo en evidencia a señores que llevan en la cabeza un gorro de papel de plata y nos han obligado a buscar refugios improvisados como la sección de yogures de cualquier supermercado. Dicen, además, que los veranos ya no son lo que eran. Es cierto, ya no tienen la elasticidad infinita de la infancia, cuando las vacaciones parecían eternas y nosotros invencibles. Ahora los veranos vienen cargados con la madurez de los imprevistos, las noches asfixiantes y un ruido exterior que no cesa. Pero, a cambio, siguen trayendo sorpresas. Si algo he aprendido estas semanas de kilómetros y mapas es que viajar nos ensancha la mirada y que el mar cura todo lo que el invierno rompe. De este mes, descalza, me quedo con las risas al volante por tierras asturianas, con los festivales pequeños y la música de verbena; me quedo con las tardes compartidas en rincones que rozan la perfección, y con reencuentros inesperados. Oasis donde el calor daba una tregua, las conversaciones arreglaban el mundo sin pretenderlo y las risas lo inundaban todo. Hasta el último detalle se ha quedado grabado en mi memoria para recordar una tarde cualquiera de febrero. En esos momentos suspendidos en el tiempo, lejos de las pantallas y las urgencias, el verano ha tenido todo su sentido. Entre ola y ola, también he bailado mucho, y lo mejor de todo es la certeza de saber que todavía me queda muchísimo por bailar. Por eso arranco esta nueva temporada en este periódico con ganas acumuladas. No traigo una lista de propósitos de Año Nuevo. Los propósitos nos llenan de expectativas frustradas y añaden una presión innecesaria al equipaje. Prefiero sustituirlos por actitud: las ganas limpias de afrontar todo lo que venga, hasta los giros de un guión que, en los últimos tiempos, son constantes. Nos toca volver a ponernos en marcha en un escenario complejo. El ambiente a ratos es irrespirable y parece que estemos condenados a vivir en una campaña electoral infinita, donde el ruido y la crispación intentan adueñarse de nuestras conversaciones cotidianas. Por eso, mi resistencia es ir descalza. Es mi manera de recordar que, frente a las grandes batallas de despacho, la madurez nos enseña a proteger nuestros propios oasis. Me resisto a dar el brazo a torcer ante el otoño que ya asoma en los escaparates; les confieso un secreto: aún no me he dado el último baño en el mar, y no tengo ninguna prisa en hacerlo. Les propongo un trato para este septiembre que estrena mes y ciclo: pisen la rutina con fuerza, pero guarden un rato la sensación de libertad en el cuerpo. El año nuevo ya está aquí. Nos pilla con los ojos abiertos, las baterías cargadas, música en la cabeza y, por suerte, los pies todavía descalzos. Frente al ruido del mundo, agarrémonos a las cosas sencillas; al final, es lo único que nos salvará. Feliz domingo.
Con los pies descalzos
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