S.

S.J.

¿Orgullo o vergüenza?

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Pero tengo la sensación de que vivimos en un mundo extraño, un mundo en el que empezamos a sentirnos orgullosos de cosas de las que, probablemente, deberíamos avergonzarnos, mientras que comenzamos a sentir vergüenza por comportamientos que deberían parecernos absolutamente normales. Y no hablo de grandes teorías filosóficas. Hablo de cosas bastante más sencillas. Hace no tantos años, muchas de las barbaridades que hoy alguien escribe tranquilamente en Facebook, TikTok o X, y por las que recibe cientos o miles de «me gusta», probablemente las habría dicho en la barra de un bar y más de uno habría girado la cabeza pensando: «A este se le ha ido un poco la olla». Ahora no. Ahora encuentra inmediatamente a cientos de personas dispuestas a aplaudirle. Y el aplauso, cuando se repite mucho, tiene una característica curiosa: termina convenciéndonos de que aquello que hacemos no solo está bien, sino que además debemos sentirnos orgullosos de hacerlo. Lo estamos viendo estos días con todo lo que ocurre en Ceuta. Una persona puede comprarle un paquete de galletas a un niño que lleva horas o días durmiendo en la calle y encontrarse con alguien que le diga: «¿No te da vergüenza darle de comer?». Y entonces sucede algo que me parece fascinante. El que entrega las galletas parece que tiene que justificarse. Explicar que comprende perfectamente la situación de Ceuta, que quiere fronteras seguras, que entiende el miedo de muchos vecinos, que sabe que hay comerciantes desesperados, familias preocupadas y personas mayores que ya no pasean con la tranquilidad de antes. Tiene que explicar todo eso para justificar que ha comprado un paquete de galletas a un niño que tiene hambre, un niño que tiene hambre, cojones! Y entonces te conviertes en alguien "raro", alguien que debería sentir vergüenza, vergüenza por hacer algo que se parece mucho a lo que decía un chaval que nació en Belén y fue perseguido. Mientras tanto, quien pregunta «¿no te da vergüenza darle de comer?» puede recibir miles de aplausos, y los recibe. Hagan la encuesta... Quizá la pregunta correcta sea otra. ¿No debería funcionar exactamente al revés? También hemos llegado a un punto curioso en el que ya no parece importar demasiado cómo se dicen las cosas. Lo importante es que quien las diga pertenezca a nuestro bando. Si alguien piensa como nosotros puede insultar, humillar, gritar o comportarse como un auténtico cafre y siempre encontraremos una explicación: «Bueno, es que está harto», «es que tiene razón», «es que la situación es insoportable». Pero si alguien piensa diferente y expresa su opinión con educación, respeto y argumentos, entonces puede convertirse inmediatamente en un miserable, un traidor o un sinvergüenza. Manifestaciones en favor de Ceuta por toda España con gente (poca), con banderas franquistas, gestos franquistas y cánticos franquistas. En Alemania si lo haces a favor del nazismo es un delito, aquí miles....,de personas lo ven bien. Un dictador que, eso sí, nos mantiene en uno de los puestos mundiales más altos con más fosas sin desenterrar después de Camboya: dato. Y ahora intenta tú explicar, sin que te insulten hasta la saciedad, la crueldad de cualquier dictadura, la de Pinochet y la de Pol Pot, todas. Inténtalo...sí. Hemos conseguido algo extraordinario: que la educación dependa de la ideología. Y el insulto se ha convertido casi en una gracia. Llamar hijo de puta a un presidente, miserable a un ministro o desgraciado a cualquier dirigente político parece formar parte del paisaje cotidiano. Da igual quién gobierne. Cambian los nombres, cambian los insultadores, pero permanece el insulto. Y mira que el gobierno de España lo está haciendo rematadamente mal, por no decir catastrófico, en el tema de Ceuta, mentiras mediante...muchas. Y a mí me sigue pareciendo igual de lamentable cuando insultan al político que detesto que cuando insultan al que me gusta (pero claro, es que yo soy "rarito"). Porque quizá respetar a alguien que piensa exactamente como tú no tenga demasiado mérito. Lo complicado empieza cuando respetas el derecho a hablar de alguien cuya opinión te produce urticaria. Algo parecido ocurre con determinados periodistas. Puedes considerar que una televisión manipula. Puedes pensar que una emisora es de izquierdas, de derechas, de arriba, de abajo o directamente del planeta Marte. Puedes apagarla. Puedes criticarla. Puedes escribir un artículo desmontando todo lo que dice. Lo que resulta difícil de entender es que alguien considere legítimo insultar o agredir a un periodista por la calle simplemente porque lleva un micrófono con un logotipo que no le gusta. Ciudadanos ceutíes de a pie con teléfono en mano, adictos al móvil, grabando el acto más cotidiano del mundo de han convertido en auténticos "influencers". Algún que otro/a pelín desquiciado/a insultando en la cara a gritos a periodistas recibiendo un aluvión de likes. Y entonces llegamos a otra de esas paradojas que me cuesta comprender. Voluntarios de Cruz Roja que salen a repartir un paquete de galletas, una lata de atún, una manzana, leche y agua que tienen que quitarse su chaqueta por la calle porque les pueden, como poco, insultar. Mientras tanto, alguien puede escribir en una red social que 140 muertos deberían haber sido 140.000, o bromear diciendo que son comida para los peces, o que ni los peces se los quieren comer porque son moros y encontrar debajo una colección interminable de aplausos, risas y «me gusta». Espectacular, por lo menos para mí, el rarito. Algo hemos cambiado de sitio. No sé si ha sido la vergüenza, la empatía o simplemente el sentido común. Y quizá detrás de todo esté nuestra creciente incapacidad para aceptar que dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Yo puedo sentir una enorme pena por lo que está viviendo Ceuta. Puedo comprender al padre preocupado por sus hijos, al comerciante desesperado, al policía agotado, al sanitario desbordado o al vecino que siente que la ciudad en la que ha vivido toda su vida está cambiando delante de sus ojos. Puedo comprender su miedo. Su frustración. Incluso su ira. Y al mismo tiempo puedo mirar a una persona durmiendo sobre un cartón, con frío y hambre, y sentir pena por ella, pena, ¿puedo sentir pena o eso me convierte en tu enemigo? No encuentro la contradicción. Mi capacidad de sentir pena no funciona como una balanza: para sentirla por los míos no necesito dejar de sentirla por los demás. Pero vivimos tiempos de extremos. O estás conmigo o estás contra mí. O eres de los nuestros o eres uno de ellos. O eres un patriota o eres un traidor. Blanco o negro. Buenos o malos. Y entre ambos colores hemos eliminado todos los grises. Quizá por eso hemos llegado a otra perversión que me preocupa todavía más: que mostrar un poco de humanidad pueda llegar a interpretarse como una especie de traición. Dar comida no significa querer fronteras abiertas. Sentir pena por quien duerme en la calle no significa justificar una entrada irregular. Defender que nadie merece morir ahogado no significa negar los problemas de seguridad de Ceuta. Significa algo muchísimo más sencillo. Que todavía eres capaz de sentir pena. Y aquí viene la parte que menos me gusta de este artículo. La mía. Porque resulta muy fácil escribir sobre lo que deberían hacer los demás. Mucho más difícil es preguntarse qué haces tú. Y yo debería aprender a abstraerme un poco de todo esto. Tengo una familia. Tengo amigos. Tengo compañeros. Tengo un trabajo. Tengo mi deporte. Tengo mis viajes. Y tengo a mi León, que seguramente entiende bastante menos de ideologías que nosotros y probablemente bastante más de algunas cosas importantes. Debería ser capaz de caminar por la calle, escuchar determinadas barbaridades y seguir andando. Debería recordar aquella idea que tantas veces se atribuye a Facundo Cabral: que no existe mejor almohada que una conciencia tranquila. Pero no siempre puedo. Me afectan determinadas cosas. Me cabrean. Me entristecen. A veces les doy más vueltas de las que debería. Y seguramente ahí el problema también sea mío. Quizá algún día aprenda. Aunque hay algo que no quiero aprender. No quiero acostumbrarme a que alguien tenga que avergonzarse por darle de comer a un niño mientras otro se siente orgulloso de desearle la muerte. Porque quizá el problema no sea que el mundo haya perdido la vergüenza. Quizá el problema sea mucho peor: que la vergüenza simplemente ha cambiado de bando. Pues muy bien, yo seguiré durmiendo tranquilo, y eso...da una paz que yo creo que tanto odio como veo no da. Y no, no me da vergüenza darle un paquete de galletas al niño, de igual manera que lo haría si el el niño se llamara Pelayo, Carlota o Candela. Opinión del "rarito".
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