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Un currículo… ¿para los nuevos tiempos? (I de III)

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Mucho se ha hablado sobre la reforma educativa dominicana y lo que esta debe contemplar. Más allá de emitir una opinión sobre qué hacer o no, a riesgo de repetir lo que otros colegas especializados ya han comentado, quisiera provocar una reflexión sobre esa misma base. En particular, me interesa abordar el tema del currículo, un eje insoslayable en toda propuesta formativa. Quienes conocemos las escuelas y conversamos con los docentes, sabemos la trascendencia que cobra este debate cuando se analiza desde la realidad del aula. Según MINERD, el currículo «se concibe como una estrategia educativa general para la formación de sujetos sociales, democráticos y transformadores de su realidad. Expresa, en ese sentido, un compromiso nacional de trabajo en determinadas direcciones que se complementan o se corrigen en función de la heterogeneidad cultural del contexto de realización». Por tanto, el currículo no es un instructivo de trabajo, ni una guía o manual que regla el diseño de las clases. La idea de ir en «determinadas direcciones» para responder al entorno donde se desarrolla. La maleabilidad es propia de su naturaleza. La aspiración de contar con un currículo abierto, flexible, participativo y profundamente contextualizado está inscrita en la Ley General de Educación 66-97 desde hace casi tres décadas. Es justo reconocer los esfuerzos del sistema por marcar distancia de la enseñanza mecánica y memorística. Poco a poco se ha intentado realizar el trasbordo hacia un enfoque por competencias que promueva el desarrollo de habilidades que ayuden al estudiante a afrontar con éxito la realidad en toda su complejidad. Sin embargo, la vida escolar cotidiana presenta una seria contradicción en el momento de su ejecución: la propuesta de un currículo flexible termina convirtiéndose en una camisa de fuerza burocrática para el maestro. Aunque la lógica oficial busca asegurar que los lineamientos curriculares guíen el proceso, en la práctica se traduce en un incesante llenado de formatos y registros cuyo impacto real sobre los objetivos de aprendizaje es, cuando menos, cuestionable. Es un asunto de control bien intencionado del sistema que riñe con la adaptabilidad. Al suscribirse al newsletter acepta nuestros términos y condiciones y política de privacidad. Esta fractura expone la paradoja que Julio Valeirón ha señalado en sus análisis para Acento sobre la calidad educativa. Destaca la tendencia del sistema a confundir cumplimiento de directrices con aprendizaje efectivo. La escuela dominicana ha aprendido a llenar plantillas, a transcribir la jerga de las competencias y a certificar la cobertura de contenidos, pero sigue fallando en la evaluación formativa y auténtica; esa que diagnostica a tiempo las «lagunas» del estudiante y reorienta la enseñanza. La reforma curricular no requiere añadir más complejidad teórica, sino sincerar el diseño para que responda a la dinámica escolar, garantizando aprendizajes funcionales. Todo esto nos obliga a definir bajo qué concepción asumimos el currículo: ¿es un proyecto de país, un simple catálogo de contenidos, una guía u otra cosa? ¿O es todo a la vez? La distancia entre el currículo prescrito y el ejecutado se revela con severidad en la última Evaluación Diagnóstica Nacional. Los resultados indican que una proporción alarmante de estudiantes alcanza el segundo ciclo de primaria (cuarto grado) sin haber consolidado la lectura y la escritura comprensiva. ¿Cómo podemos hablar de una adaptación para los «nuevos tiempos» si la base sobre la cual se edifica todo el pensamiento abstracto aún no ha sido garantizada? A este dilema operativo se suma la urgencia institucional por responder a los discursos sobre competencias del siglo XXI o inteligencia artificial, una vorágine que nos distrae de lo verdaderamente crucial: ningún currículo responderá a las exigencias globales si primero no garantiza las capacidades cognitivas básicas de la población. En este punto coincido con Radhamés Mejía quien, en otro artículo de su columna en este mismo periódico, insiste en que la transformación exige reorganizar el sistema alrededor del «derecho efectivo a aprender». La evidencia demuestra que el problema no es la falta de documentos oficiales. Contamos con una Adecuación Curricular reciente (2023), dictaminada siete años después de la revisión de 2016, que ha intentado responder a la necesidad post-pandemia de recuperar aprendizajes. ¡Ojo! En ese momento el sistema seguía en proceso de asimilar los enfoques socio-crítico, histórico-cultural y de competencias que fundamentan el quehacer pedagógico. Asimismo, subsiste la duda de si los recursos de apoyo, como los libros de texto, secuencias y guías didácticas, aportan a la flexibilidad normativa o si terminan haciendo rígidas las pautas que enmarcan la enseñanza. ¿Servirá un recurso estandarizado para responder a la heterogeneidad de ritmos y trayectorias de aprendizaje que conviven en una misma aula? ¿Estos recursos consideran la diversidad sociocultural que representa un grupo de estudiantes? Surgen muchísimas preguntas. Cambiar la nomenclatura técnica, el formato o los recursos no garantiza que las metodologías cambien, sobre todo cuando al docente le escasea el tiempo para reflexionar en medio del vertiginoso calendario escolar. Ejecutar el currículo y evaluar lo logrado de manera cualitativa, continua y auténtica requiere tiempo escolar efectivo, estabilidad en la programación y condiciones de aula adecuadas. Fenómenos recurrentes como la pérdida de horas de clase por deficiencias de gobernanza, fallas de infraestructura y problemas de cobertura reducen al mínimo el margen de maniobra del maestro. No es posible aplicar un currículo de vanguardia en entornos donde el tiempo de enseñanza se encuentra fragmentado. Si la reforma no logra acortar la distancia entre el documento oficial y la práctica de aula, correremos el riesgo de repetir el ciclo de reestructuraciones. La pregunta crucial no es qué currículo queremos escribir (ya se han redactado varios desde 2014), sino cuáles condiciones estamos dispuestos a garantizar para que ese currículo sea una realidad en la vida de cada estudiante. MIRA TAMBIÉN EN ESTA NOTA Educadora de vocación y profesión. Especialista en educación inicial, primaria y superior. Es docente en el ISFODOSU y en la PUCMM. Compartir esta nota
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