Llevo largo tiempo pensando si mi evolución personal me ha llevado lejos de las ideas que en otro tiempo definían el ámbito del socialismo democrático. ¿Son los llamados «progresistas» actuales la evolución natural del socialismo democrático o el progresismo posmoderno no es más que estantigua de restos de peronismo iberoamericano, comunismo fracasado, identidades superpuestas, antisionismo y antiamericanismo? A ese maremágnum de «nadas» se les une también una porción fanática de la que consideran «la religión de los desheredados».
Supongo que a conocidos, mayores que yo, esta pregunta también les ha sobresaltado cuando han sido contestados con furia, ira y desprecio desde el progresismo actual. La misma furia con la que el comunismo de antaño descalificaba a los socialistas. En esa reacción veo un argumento poderoso para certificar que sigo donde debo, porque una de las diferencias fundamentales entre el comunismo y los socialistas democráticos en el pasado, y hoy entre los progresistas y el resto (entre los que se encuentran tantos que fueron socialistas), es la concepción religiosa de las ideas, la seguridad de estar en la verdad total y absoluta.
Antes fueron la Historia y la Clase Trabajadora alrededor de las cuales intentaron conseguir una nueva sociedad, un hombre nuevo. Los comunistas de entonces eran los profetas del siglo XX, los que anunciaban el advenimiento de una sociedad nueva, una nueva epifanía para la humanidad. Era la fuerza del creyente, del fanático. Y como los socialistas liberales somos hijos de la razón, me siento tranquilo y seguro. Obtengo el mismo trato que les infringían a los socialistas democráticos los comunistas antaño. Y es justamente el reconocimiento de la libertad individual para dudar, discrepar y hasta para equivocarse lo que hoy también nos diferencia de forma sustantiva. Sigue siendo la libertad nuestro motor y, por desgracia, parece su enemigo.
Episodios nacionales
Nicolás Redondo Terreros
Pero vayamos más allá. Los socialistas posteriores a las guerras mundiales hicieron de la ciudadanía el motor de su actividad política. La clase trabajadora era el objeto, pero no el sujeto; eran partidos que se preocupaban por los trabajadores, pero no exclusivamente el partido de los trabajadores. Hoy, para los progresistas actuales, la ciudadanía y la «plaza pública» han sido sustituidas por una especie de «comunión de minorías» o «agregación de identidades» como base de su acción política. Dicho de otro modo, han cambiado ciudadanía por identidades.
Yo sigo diciendo que la política grande, con mayúsculas, se hace para el conjunto de la ciudadanía, donde las minorías son objeto de atención, pero no ocupan el protagonismo exclusivo. Siguiendo a E. Kennedy, diría: «Hay una diferencia entre ser un partido que defiende los derechos de las mujeres y ser el partido de las mujeres. Y podemos y debemos preocuparnos por los derechos de las minorías, pero no ser el partido de las minorías. Ante todo somos ciudadanos».
Que la comunión de identidades sustituya a la ciudadanía tiene consecuencias graves para la democracia social-liberal defendida por los socialistas. Quiebra la plaza pública, dejan de existir denominadores comunes, intereses compartidos, zonas de entendimiento. Aparecen grupúsculos de interés que se convierten en buscadores influyentes, por su capacidad de presión institucional, de rentas casi exclusivamente públicas. El objeto en las democracias social-liberales es el ascensor social y el instrumento, el diálogo, mientras en el progresismo actual es la derrota del disidente infiel y el instrumento, el peligro del ostracismo político o «la muerte social». En las democracias occidentales, el que no piensa igual es el adversario. En el progresismo de hoy es el enemigo.
Otra consecuencia es que el Estado de Bienestar para los socialistas compromete a todos los ciudadanos, fomentando la responsabilidad individual y colectiva, protegiendo a todos y ofreciendo un mínimo común denominador con el esfuerzo previo de los ciudadanos. Para los progresistas, es principalmente la instancia a la que exigir «nuevos» derechos con tendencia a infinito. En este sentido, el Estado del bienestar se convierte en una especie de ONG universal que subsidia todo, fomentando la dependencia de los ciudadanos y la irresponsabilidad social. El caso español es paradigmático. Mientras se amplía esta política arbitraria basada en criterios ideológicos, las funciones más características del Estado de Bienestar, de las que depende la mayoría de la sociedad (sobre todo los más desfavorecidos), se deterioran. Llega la situación a degenerar tan intensamente que los pocos ascensores sociales existentes dejan de funcionar. La sanidad, la educación, las infraestructuras o los servicios sociales languidecen en una decadencia burocrática y crepuscular, mientras se subvencionan demandas de colectivos identitarios cada vez más pequeños y radicales.
«El objeto en las democracias social-liberales es el ascensor social y el instrumento, el diálogo, mientras en el progresismo actual es la derrota del disidente infiel y el instrumento»
A la transformación del Estado le antecede, en el credo progresista posmoderno, un desprecio total por la historia y, en consecuencia, un desconocimiento o relativización del concepto de nación, producto de ese pasado en común y base de un futuro compartido por la ciudadanía. En España, esa intrascendencia con la que contemplan a la nación es antigua y extensa. Rodríguez Zapatero ya hizo su aportación intelectual, dentro de sus capacidades, cuando dijo que «la nación era un concepto discutido y discutible». Posteriormente, se inventaron esa floritura, propia de la mala poesía, de «nación de naciones». El ejemplo más evidente de esa frivolidad lo ha exhibido el Gobierno de Sánchez con la culminación tragicómica de ver la soberanía territorial de la nación quebrantada en Ceuta mientras el presidente se iba de vacaciones, intentando convertir el mayor golpe a nuestra integridad territorial en un reto exclusivamente humanitario.
Son feministas, ecologistas, proislamistas, partidarios del decrecimiento, turismofóbicos, antinucleares o de color antes que ciudadanos. Su lucha no nace de perseguir una ciudadanía plena. Se origina en la identidad de cada uno de sus integrantes, hasta el punto de que, para empoderar radicalmente las identidades, la identidad colectiva de la nación tiene que debilitarse.
Por último, vayamos a los términos porque no son inocuos. Puede ser un progresista posmoderno, un comunista o un socialista, un verde o un islamista. Es interesante ver cómo el progresismo ha sido capaz de asumir sin contradicciones la visión radical y medieval de la religión y de la vida pública de los fundamentalistas de una religión, que hoy consideran de los desheredados con la Epifanía revolucionaria. La palabra absorbe hasta tal punto a los que esgrimen la bandera del progresismo que han terminado, por ejemplo, siendo más progresistas que socialistas. Los partidos de extrema izquierda, los comunistas entre ellos, tienen menos problemas en camuflarse en esa pantalla, porque el fin («la revolución de antaño») lo justifica todo. Siempre con la misma pasión y sin reparos, simplemente porque ellos conocen la «Verdad», están sin duda en el lado bueno de la Historia.
Por todo, utilizando a Camus, creo que era socialista, sigo siendo socialista a pesar del dominio asfixiante del progresismo, el cual en realidad acoge principalmente a quienes no creen en la democracia social-liberal porque les parece un corsé de «esas clases dominantes siniestras que mueven los hilos en las zahúrdas oscuras del verdadero poder» y a los «socialistas desahogados» que en otro tiempo llamaron «tontos útiles». En fin, la libertad individual y no la fe revolucionaria, la ciudadanía y no la identidad, el Estado de Bienestar como responsabilidad común y no una descontrolada ONG que padece elefantiasis, me hace ser tan socialista y tan poco progresista.
(0)Comments