El avisador
Pero aquí no se va nadie, incluidos los tantos mil marroquíes que llevan un mes corrido como vecinos de arrabal de CeutaCarlos Aganzo
ValladolidEl final del verano llegó. Y en los oídos suena de nuevo, como himno a lo efímero, la voz de Ramón Arcusa y del llorado ... Manolo de la Calva… hasta que llegan los primeros compases de las ferias y fiestas de Valladolid. Es lo que tiene la generosidad de la Virgen de San Lorenzo, a la que dicen que unos niños encontraron escondida en unas zarzas, seguramente huyendo de las tropas tangerinas de Tariq, junto al Pisuerga. La historia es larga.
El final del verano llegó, y tú partirás. A no ser que en vez de Bea te llames Pedro. Porque si te llamas Pedro te quedarás eternamente en los bronces del verano, aunque el último de tus pregoneros se rinda a la evidencia y empiece a hablar ya, incluso en la televisión pública, del otoño del patriarca. Esos mismos pregoneros (y pregonados) que dos días antes de aparecer el informe del CENIF te aplaudían por tu hombría de bien, y ahora dicen que, de todas las crisis entre las crisis de tus gobiernos, ésta es la mas fea. Quizás porque se olvidan de aquel tiempo de silencio en el que te retiraste al oasis de Doñana, auto suspendiendo tu reinado y con el lodo por encima de las zancas.
El final del verano llegó. Y yo no sé «hasta cuándo aquel amor recordarás». Porque lo cierto es que hasta estos primeros días de septiembre nunca se te había visto tan solo, tan fané ni tan descangallado. Ya no sé si como reflejo del abatimiento por la nueva ola de calor o por el efecto sonoro del silencio de la ministra de Defensa en la bancada azul, lo cierto es que hasta los aplausos de los corifeos a sueldo sonaron más bien a hueco en el Congreso.
El final del verano llegó, con el preludio de la tragicomedia del equipo médico habitual de la crisis, formado por el engallado mando único, la deprimente ministra portavoz y el desorientado (perdido) titular de Interior. La representación absoluta del desbarajuste del Estado. Y mientras el Gobierno se pudre desde dentro, ¡cómo se entretienen con nosotros desde fuera! Empezando por Marruecos, que bajo su nuevo protectorado de Israel y Estados Unidos no tiene empacho en abortar su imagen de país «confiable» enviando un ejército de sans-culottes a invadir territorio español. Y continuando por Europa, que afea seriamente nuestro estar en la parra, nuestra pereza e inoperancia ante un drama humano de tal envergadura.
Algo en lo que coincide, por cierto, con la totalidad del arco parlamentario español, con excepción de los últimos palmeros del patriarca. Hay que ver lo que la soledad de Sánchez se parece a la autarquía de Franco cuando habla, en lugar de la confabulación judeo-masónica, de la conspiración de la derecha internacional contra sus políticas redentoras. Dios mío, ¡qué solos se pueden llegar a quedar los muertos cuando viven todavía!
El final del verano llegó, pero aquí no se va nadie, incluidos los tantos mil marroquíes que llevan un mes corrido como vecinos de arrabal de Ceuta. Se queda, como congelada, la imagen terrible de la excrecencia de Marruecos; más allá de aquellos primeros que llegaron y se marcharon de inmediato, como si hubieran sido convocados por las redes sociales a una rave que devino en catástrofe social. Y se queda también, por encima de todo extremismo y todo intento (vano) de manipulación política del dolor, el ejemplo del pueblo por encima de sus gobernantes. Los cientos de miles de ciudadanos españoles en solidaridad con sus vecinos abandonados de Ceuta. Y por supuesto, los propios ceutíes, ejemplo ayer de convivencia y hoy de paciencia y en tantos casos de fraternidad con las verdaderas víctimas del despropósito… Definitivamente, Chanquete ha muerto. Y el final del verano parece ser una terrible prolongación de otro verano para recordar.
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