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Joan Romero

Lo que realmente importa. A propósito de las próximas elecciones

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Los próximos meses pueden ser decisivos para el futuro de una Unión Europea dividida, impotente y subalterna que atraviesa uno de los momentos de mayor debilidad desde su creación. Se celebran unas elecciones muy importantes en Sajonia-Anhalt, uno de los Estados federados de la antigua Alemania del Este, y habrá elecciones presidenciales o legislativas en Francia, Italia, Polonia y España. En todos los casos, la extrema derecha etnonacionalista tendrá protagonismo, y no precisamente en favor de la Unión. Desde Estados Unidos y desde Rusia también hay mucho interés en que el proyecto europeo naufrague. Y hay muy poca capacidad de liderazgo político y moral entre los actuales dirigentes europeos para afrontar las turbulencias geopolíticas en estos tiempos de desorden global. Su posición ante el genocidio en Gaza, el giro securitario en materia migratoria o el resultado del referéndum de Islandia, son buena muestra. En el caso de España, habrá elecciones locales y autonómicas en mayo de 2027 y no sabemos todavía la fecha de convocatoria de elecciones generales, aunque en realidad España está en permanente campaña electoral desde hace mucho tiempo. Lo que sí sabemos es que cuando hay elecciones a la vista el tiempo político se acelera y el ruido se amplifica. Hasta el punto de que la conversación democrática, si existiera, queda interrumpida, toda la energía de los partidos se concentra en desgastar al adversario (más bien enemigo) y en anunciar promesas a una ciudadanía que, más allá de los más fieles seguidores de cada opción, asiste entre asombrada, impotente e irritada, al triste espectáculo de una permanente confrontación. Una ciudadanía que cada vez que es consultada percibe que la política, los políticos y los partidos son más un problema que una solución. Lo más tentador para algunos es subrayar todo aquello que es negativo, que separa. Fomentar la polarización extrema, recurrir al lenguaje basura, negar la legitimidad del adversario, cuestionar resultados electorales, desinformar como táctica, faltar a la verdad y apelar a las emociones parece que es lo que algunos aconsejan. Lo analiza muy bien Susan Stokes, en su reciente obra, Los regresores, en la que estudia cómo muchos líderes erosionan sus propias democracias. Aquí se defiende un punto de vista distinto. La retórica polarizante es la principal causa de erosión de la democracia, porque elimina la palabra de la conversación democrática, ensancha las geografías del odio, degrada los espacios institucionales y bloquea el impulso de políticas concretas de medio y largo plazo. De esta forma, no se puede atender lo que verdaderamente importa, lo que afecta a las vidas cotidianas de millones de personas que habitan en las periferias de nuestras fracturadas sociedades. Mi hipótesis es que esa forma de proceder indica debilidad, no fortaleza. Expresa la necesidad de construir y parapetarse detrás de muros o trincheras para disimular inseguridades. Para resistir, no para proponer. Impide el diálogo y la posibilidad de escuchar a quienes piensan diferente. Con el agravante de que, pasadas unas elecciones, los grandes problemas seguirán ahí, como el dinosaurio de Monterroso, enquistados y empeorando. La dificultad para acceder a una vivienda asequible es el mejor y más dramático ejemplo. Pasan los años, convocatorias electorales, distintos gobiernos, y esas políticas esenciales no se concretan. Así crece la desafección, el hartazgo, la ira y la desconfianza en el sistema, en la política y en los partidos. En especial entre quienes se sienten discriminados, excluidos, expulsados o abandonados por razón de clase, edad, género, familia de la que procedes o lugar de nacimiento (país, ciudad o barrio). Les recomiendo la lectura del impresionante trabajo de Aida Dos Santos, Hijas del hormigón. Muestra, con testimonios en primera persona, el rostro concreto de la España precaria de los barrios de clase trabajadora. La España que casi nunca hace ruido, pero que sufre la mentira de la meritocracia y los efectos de esos procesos segregadores en la ciudad, el trabajo, la educación, la sanidad, la movilidad o la representación. Las verdaderas políticas son las que luchan contra la suerte individual y defienden un concepto de ciudadanía política, la igualdad de oportunidades, una vida en comunidad y un futuro compartido. Defiendo que es un privilegio vivir en uno de los pocos países del mundo que cuenta con mayores niveles de desarrollo institucional y calidad de vida. España ocupa el puesto 14 de las economías del mundo, es la cuarta economía de la Unión Europea, ocupa el puesto 21 entre el grupo de 'democracias plenas' y las grandes cifras de la economía son positivas. Pero sin intención de faltar el respeto a nadie, conviene, a mi juicio, señalar algunas verdades incómodas en relación con lo que he definido como políticas esenciales. Me refiero a algunas áreas en las que las promesas electorales son de imposible cumplimiento si no existen acuerdos básicos entre distintos partidos. Y conviene que se sepa. En España se necesitan acuerdos políticos básicos, al menos de la entidad y alcance de los Pactos de Toledo sobre pensiones de 1995, para abordar como Estado grandes cuestiones esenciales. Aquí se indican seis que estimo prioritarias. 1) Aprobar un nuevo modelo de financiación justo, que corrija las enormes diferencias que existen entre Comunidades Autónomas para hacer frente a idénticas necesidades en materia de sanidad, educación, servicios sociales o dependencia. 2) Es muy urgente un amplio acuerdo para impulsar políticas de prevención, mitigación y adaptación a la emergencia climática y sus efectos en la vida de las personas, en la economía, en las ciudades, en las infraestructuras críticas, en la gestión del agua, de los bosques, de la costa o de los ecosistemas. 3) Es necesario un gran acuerdo de Estado sobre vivienda asequible, nuestro principal problema colectivo,con una duración de, al menos, dos décadas y que implique a los tres niveles de gobierno y a los parlamentos, con el objetivo de construir o facilitar el alquiler de 800.000 viviendas. 4) Tenemos un serio problema, tanto de calidad institucional como en materia de corrupción y los grandes partidos no han querido abordarlo en serio hasta ahora. 5) Es imprescindible cambiar por completo la prioridad de las inversiones en favor de la movilidad de cercanías, en el contexto de una agenda metropolitana que debería incorporarse en el mapa administrativo España. 6) Los gobiernos locales, tercer pilar del Estado, siguen esperando desde los primeros años de la democracia una reforma que nunca llega. Quienes defiendan que todo esto se puede hacer por separado y dando la espalda a otras administraciones públicas, de distintos signos, faltan a la verdad. No se puede eludir o maquillar la complejidad de nuestro modelo de gobernanza, aunque parece que no sabemos, no queremos o no somos capaces de funcionar como un Estado compuesto. Podemos hacer de la confrontación permanente una forma de entender la política. Con niveles de polarización insoportables que persistirán al día siguiente de las próximas elecciones. Podemos poner el énfasis más en el control del relato que en las políticas públicas. Y así, ¿Hasta cuándo? ¿Somos conscientes de los riesgos que implica? ¿Esta negatividad estructural ha venido para quedarse? ¿Quiénes serán capaces de ocuparse del futuro? No se debe engañar a la ciudadanía en cuestiones esenciales que afectan directamente a sus vidas cotidianas, a lo que de verdad les importa.
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