LA

LA BRECHA

Pequeño detalle técnico

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Romántica y real puede ser la tarea de la maternidad. Gracia no se visualizó como lo hacen muchas niñas, jugando con sus muñecas y proyectando una vida futura con un par de chiquillos. Ella se enamoró y lo que le sigue, y así, tal cual, continuó su vida, maternando a sus dos años de casada. Un niño y el nervio a flor de piel: los cuidados de los biberones, pañales y su jornada laboral en la zona industrial, que le consumía casi diez horas de su ajustado día. Tres años más tarde, sorpresa inminente: un embarazo con un detalle inesperado que dejó a todos con la boca abierta, pues eran un par de niñas. A Gracia casi le da el soponcio por partida doble y a su esposo, Gerardo, igual. Los dos papás, organizados y cronometrados en sus tiempos, para poder cumplir con todos los roles. Pasaron varios años, los hijos crecieron y el trajín se volvió más exigente. En el primer recorrido, Gerardo salía en punto de las ocho para llevar al niño a la guardería. Ayudaba cambiando a la tropa: que si los zapatos, que si Gracia hacía el desayuno, los lonches, la pintada, la peinada de los hijos, la peinada de ella, que adelantarle a la comida y, en un santiamén, todos debían estar listos. La cajuela se abría y a meter pañaleras, lonchera de ella, portafolio, laptop y hasta el perico. Ocho de la mañana y ambas camionetas salían a diferentes rumbos para dejar a los niños en la escuela. Ese día, el despertador no había sonado. Alexa se puso en modo de olvido y fue la tele, segundo aparato de respaldo, la que se encendió al volver la luz media hora más tarde. Treinta minutos pueden hacer un mundo de diferencia. Gerardo y Gracia se levantaron en friega loca y, corriendo, una ducha, un desayuno con cereal, un lonche con una embarrada de mayonesa y jamón. Los uniformes y ¡vámonos! Salieron cual ladrones huyendo y solo un beso rutinario y apresurado antes de enfilar rumbos. Media hora después, en una casa muy bonita, en una zona residencial, de adentro y de afuera, calles empedradas y batallado para llegar a los colegios. Gerardo dejó al niño y metió velocidad porque un retardo significaba: adiós, bono de puntualidad. Gracia llegó, se metió en un espacio que afortunadamente encontró y le chifló al poli para que le ayudara a bajar lo de la cajuela. Religiosamente, cada mes, 200 pesitos y tenía una ayuda extra para bajar todo. Abrió la cajuela y el poli de tránsito agarró ambas pañaleras. Gracia abrió las puertas para quitarles el cinturón a las niñas. ¿Y las niñas? Pequeño detalle técnico: las gemelas habían sido olvidadas en casa. Se regresó como alma que lleva el diablo y, sudando, se bajó del coche para regresar por los pequeños olvidos. Ambas niñas roncaban plácidamente en la alfombra. Las subió, ahora sí, asegurando su presencia. Regresó a la guardería y las gemelas ingresaron sanas y salvas. Todavía sudando, se incorporó a la mamá móvil y se dijo: —Al carajo. Hoy no más prisas, hoy no más estrés. Cambió de dirección, regresó a casa, se sirvió un delicioso café con pan, se quitó los zapatos y puso una película que desde hacía mucho tiempo tenía postergada. Se lo merecía. Y Gerardo no tendría por qué enterarse del pequeño olvido. En fin, de esas cosas que pasan en un día cualquiera. © Derechos reservados MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / Septiembre 6 de 2026.
Pequeño detalle técnico
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