ÁL

Álvaro Gálvez Medina

Esperanzas sostenibles

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Ya ha terminado la campaña estival de visitas nocturnas a las iglesias fernandinas de Córdoba. La idea, según los datos, ha sido un éxito: más de nueve mil asistentes entre julio y agosto. De los siete templos que conformaban la ruta, el que ha obtenido mejores cifras ha sido San Francisco (2140), con más del triple que el último, San Rafael (651). Más allá del cómputo global, llama la atención la diversa afluencia entre unas iglesias y otras. Al principio la relacioné con la cercanía de la Mezquita. Luego pensé en las tabernas de los alrededores (más de uno remataría el plan en el Pórtico de San Lorenzo, Sociedad de Plateros o La Sacristía). Aun así, no entiendo por qué San Andrés (2039) ha superado por tanto a Santa Marina (886), cuando están tan próximas una de otra. El orden de la lista, de más a menos (San Francisco, San Andrés, San Lorenzo, San Basilio, Santa Marina, San Pedro, San Rafael), no coincide con mis preferencias; en cualquier caso, lo importante es que la iniciativa despertó interés. El calor agudizó el ingenio. Córdoba conquista a propios y extraños. De hecho, casi siempre que me preguntan de dónde soy suele pasar lo mismo: por un lado, una broma sobre el acento («ya decía yo que no eras vasco» o algo así); por el otro, una retahíla de elogios a la ciudad; lo primero me lo ahorraría, aunque tampoco constituye un trauma para mí (es una forma de acercamiento), pero lo segundo lo agradezco. Esto, sin embargo, es compatible con las reticencias ante el aluvión de turistas. Para mí, por ejemplo, la Fiesta de los Patios es un disparate. Un patio cordobés evoca frescor y calma; en cambio, si uno se atreve a entrar en alguno durante el festival, lo que encuentra es una marabunta humana que pugna por fotografiarse con muchas macetas y pocas personas: un sindiós, una desnaturalización radical de su esencia. Pero esto solo es un ejemplo, como lo son también la proliferación de apartamentos turísticos o que la construcción de hoteles, sobre todo de lujo, sea la única salida para los inmuebles deshabitados del casco histórico. El éxodo del centro a otras zonas de la ciudad parece inevitable, nuestra cruz. Esta semana, el alcalde ha reclamado a la Junta un plan turístico para Córdoba, una herramienta (dinero) cuyo fin es fomentar el turismo sostenible. La sostenibilidad es útil, sin duda, para conseguir financiación; en cuanto a las consecuencias para los vecinos, suenan a cantos de sirena: se quiere creer, sí, pero cuesta. Quizá sea el calor, tan difamado, el único método preventivo ante el turismo arrasador. *Escritor
Esperanzas sostenibles
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