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Rafael Merino Rus

No renunciemos a la belleza

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No renunciemos a la belleza Publicado el 07 Septiembre 2026 Es preciso desacoplar la belleza de la superficialidad que nos inunda en esta nueva era de la IA, y así velar por una necesidad irrenunciable del ser humano: la de ver, tocar y disfrutar de la belleza en el mundo físico. Elin Tabitha En pleno éxtasis estético por el eclipse, en lugar de silencio y admiración por este extraordinario regalo visual del universo, lo más escuchado a mi alrededor fueron dos tipos de preocupaciones. Una, si la foto o vídeo me servirá para mis redes sociales. Otra, que cuándo será el próximo eclipse. ¿Pero qué les pasa? Me pregunté. Lo que les pasa es que necesitan más. O que no pueden mantener su atención más allá de unos minutos. O las dos cosas, vaya usted a saber. En términos generales, es cierto que la cultura digital, especialmente tras la aparición de la IA Generativa, nos ha abierto un universo de posibilidades para crear y experimentar nuevas formas de belleza. Filtros que suavizan arrugas. Aplicaciones que redefinen facciones. Algoritmos que producen imágenes que materializan nuestro ideario de belleza… Nunca habíamos tenido tantas herramientas para moldear lo estético a nuestro antojo. Sin embargo, nos pierde la necesidad de acumular experiencias constantemente para creer que estamos viviendo más intensamente —lo que filósofo Byung Chul Han llama la trampa del rendimiento —, apartándonos del disfrute de lo bello. De lo que se encuentra contemplando un eclipse. O un atardecer cualquiera. En la naturaleza y lo salvaje. En lo monumental. Salvaguardar la búsqueda de esos espacios, lugares y momentos de belleza física, tangible, sigue siendo una decisiva tarea humana en tiempos de IA. Porque la técnica, en su imparable avance, debe seguir creciendo sin afectar a nuestra capacidad de percepción, de sentido y de disfrute de lo bello. Aún consciente también de que, en cada época, cada generación, según las circunstancias de su tiempo, valora la manifestación de la belleza de forma distinta, todas ellas respetables. No debemos dejar al margen en este debate, la silenciosa y poderosa distorsión que, sobre lo bello, provoca la nueva economía de la atención. Las plataformas digitales y los algoritmos de recomendación han convertido nuestra mirada en un campo sentimentalmente infértil: lo que es bello o deja de serlo ya no lo decidimos nosotros, sino aquello que logra retener nuestros ojos unos segundos más. O que nos permite alimentar ese indicador digital que valida nuestra existencia —los likes de las redes sociales—. La atención se ha mercantilizado y, con ella, nuestra propia capacidad de juzgar lo que es verdaderamente bello. Lo que antes requería contemplación, ahora exige alcance. Lo que necesitaba silencio, ahora pide estímulo. Y en ese ruido constante, la belleza se trivializa, se vuelve ruido también. Todo ello, sumado a la capacidad de generación de belleza artificial por medio de sistemas de IA, hace que, lo bello, poco a poco, deje de ser un fin para convertirse en un medio, principalmente para acumular dos cosas: una sucesión de experiencias —como señalaba al principio— y refuerzos positivos de mi existencia digital. No obstante, la búsqueda de la belleza puede ser —como dice Esther Peñas en este interesante articulo— una defensa ante los problemas de nuestro tiempo. Pero a veces, distinguir lo bello de lo superficial conlleva un gran esfuerzo. Y disfrutar de ello, en tiempos de IA, aún más. La clave, como también lo está en la ardua tarea de distinguir si estar más conectados, nos hace ser menos humanos, la encontrarás en tu corazón. En este artículo se habla de:
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