El amor tiene muchos rostros. Los griegos encontraron distintas palabras para nombrar algunas de sus formas: érōs (ἔρως), asociado al deseo y a la atracción; philía (φιλία), vinculada a la amistad, al afecto y al vínculo que construimos con otros; y ese amor fraterno que nos invita a reconocernos en el otro, a acompañarlo, cuidarlo y hacerlo parte de nuestra propia vida.
Quizá por eso septiembre, que apenas comienza y llega muy temprano, casi de madrugada, parece traer consigo los vientos de los amores y las amistades. En Colombia, este noveno mes del año ha sido denominado desde hace mucho tiempo el mes del amor y la amistad, y pareciera que, desde septiembre, se empieza a sentir que diciembre se aproxima: cambia el ambiente, aparecen las celebraciones y se instala una particular sensación de cariño y afecto.
Los últimos meses del año, tradicionalmente, están llenos de celebraciones en las que los protagonistas son los amigos, las familias y los encuentros. Es como si quisiéramos escaparnos, aunque fuera por un instante, de la caótica realidad del día a día para volver la mirada hacia aquello que nos une y hacia quienes nos encuentran. Septiembre se convierte, entonces, en una oportunidad para reencontrarnos con aquellos amigos que hace tiempo no vemos, para celebrar a quienes comparten su vida en pareja, para acercarnos a la familia y decir, una vez más, cuánto queremos a quienes hacen parte de nuestra historia.
Quiero pensar que es así. Además, quiero pensar que esta celebración no es simplemente una fiesta del capital en la que todos salimos apresuradamente a buscar un regalo para el otro. Quiero pensar que puede ser, sobre todo, una oportunidad para encontrarnos con aquello que amamos y con aquellos que nos aman.
Habitar el amor es un reto. No solamente porque implica entregarse, sino porque también significa conocer las luces y, sobre todo, las sombras de los otros. Amar supone acercarnos a esos lugares en los que a veces no brillamos tanto, reconocer nuestras fragilidades y aprender a convivir con las imperfecciones. A veces, un abrazo, un saludo o un mensaje puede alegrarle el día a alguien. Y quizá allí, en esos pequeños gestos, también habita el amor.
Habitar el amor implica conocer los errores y los defectos del otro, comprenderlos y entender que la relación con los demás también nos transforma. Como nos decía el maestro Daniel Herrera, se trata de dejar de ser un tú para construir un yo y, finalmente, aprender a estar en un nosotros. Esa forma de entender el amor siempre me ha parecido hermosa: no se trata de desaparecer en el otro, sino de reconocernos en una relación en la que ambos podemos existir, crecer y cuidarnos.
Tal vez por eso septiembre sea una buena excusa para volver sobre estas preguntas. Para recordar que el amor no se agota en el érōs, ni la amistad únicamente en la philía, sino que también existe una dimensión fraterna que nos compromete con los demás. Amar también es asumir una responsabilidad frente a quienes nos rodean.
Que este último tramo del año nos sirva para encaminar aquello que no está ajustado, para reparar lo que sea necesario y para comprender que cada una de las cosas que hacemos —el trabajo, el estudio, la familia, los amigos, los proyectos— contribuye a darle sentido a nuestra vida. Y quizá damos sentido a la vida precisamente cuando dejamos de vivir únicamente para nosotros mismos y comprendemos que somos parte de algo más amplio.
La excusa del amor y la amistad puede llevarnos, entonces, a comprender y conocer mejor el mundo. Un mundo cada vez más caótico, sí, pero que también nos plantea una enorme responsabilidad ética: acompañar, cuidar y proteger no solamente el mundo que habitamos, sino también a nosotros mismos y a los otros.
Porque, al final, quizá amar sea precisamente eso: reconocer que nuestra vida nunca está completamente sola y que, en el encuentro con los demás, también aprendemos quiénes somos.
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