Al despedirme de Celestí Alomar el pasado miércoles en el cementerio de Llubí, me vino a la memoria una gestión que realizó en 1985, cuando trabajaba en la embajada de España en Méjico. Alomar movió los hilos para el regreso a Palma después de casi medio siglo de Ignasi Ferretjans, dirigente socialista que, como alcalde en funciones (Emili Darder estaba enfermo) llevó el timón de Cort en las terribles horas del golpe de Estado fascista de 1936. Ferretjans, que se salvó por los pelos de las garras fascistas, volvió a su tierra gracias a las gestiones de Celestí, aunque meses más tarde, ya muy mayor, regresó por petición de su propia familia mejicana.
Me emocionó la lección de dignidad y altivez de Ferretjans. Y el pasado miércoles, en Llubí, vi como Celestí también era ya memoria. Pensé en dos generaciones diferentes, la de Ferretjans y su bravura antifascista, y la del conseller Alomar, capaz de formar parte en 1999 del primer autogobierno progresista de Balears, encabezado por Francesc Antich.
Celestí Alomar no fue un conseller de Turisme de pandereta y paripé (como luego hemos conocido algunos). Leal a la herencia moral de sus antepasados socialistas, plantó cara a los poderosos, desató la furia de muchos hoteleros e impulsó la ecotasa, destinada a fortalecer el medio ambiente balear. Hoy nadie discute la importancia de este tributo. Pero hace un cuarto de siglo, la oposición de derechas montó un escándalo descomunal, bramando con furia contra la nueva norma, calle por calle y casa por casa. Pero a Antich y Alomar les sobró valor para resistir. Y el tiempo, tras muchos avatares, les ha dado la razón. Y si en 1985 sentí la huella de la dignidad en el regreso de Ferretjans. Hoy siento con emoción la de Celestí Alomar y su empeño para que Balears pueda considerarse libre y capaz de ser dique de contención contra el egoísmo y la insolidaridad.
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