Hay elogios que incomodan más que las críticas. Las palabras que el director de la DEA, Terry Cole, ha dedicado en las últimas semanas al secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, seguramente han generado un desagradable efecto en aquellos integrantes de la clase política señalados por las autoridades estadounidenses de tener vínculos criminales.
Durante la Conferencia Internacional para el Control de Drogas en Buenos Aires, Cole llamó a García Harfuch 'socio de confianza' y 'buen amigo' de Estados Unidos. No era la primera vez: en menos de quince días, subrayó la disposición del mexicano para compartir inteligencia, detener a criminales y desmantelar redes de tráfico.
Es el mismo Terry Cole quien ha hablado de una 'peligrosa conexión' entre los cárteles y funcionarios del gobierno mexicano. Ese contraste no es casual; es una forma de señalar que la desconfianza de Washington no alcanza a toda la estructura gubernamental, sino a un grupo específico dentro de ella.
La lista de políticos bajo la lupa de Estados Unidos ha crecido en los últimos meses: la acusación contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya; la cancelación de la visa de Andrés Manuel López Beltrán; los audios que involucran a la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila; las versiones sobre supuestos gobernadores 'informantes', y las indagatorias por huachicol fiscal que han tocado a mandos navales y a familiares del sexenio anterior.
Ese cúmulo de señalamientos ha puesto al narcotráfico en el centro de la relación bilateral, pero también al centro de la política interna mexicana. Ahí es donde el elogio a García Harfuch adquiere más peso, por la división que genera al interior de Morena.
Por un lado están los que observan con recelo el protagonismo del secretario, su perfil técnico, su cercanía operativa con las agencias estadounidenses y su distancia ideológica con el partido. Por otro lado, están quienes temen que la ola de señalamientos termine golpeando electoralmente al movimiento y ven en él una tabla de flotación.
Cuando la presidenta Sheinbaum fue cuestionada al respecto, señaló que se trata de una táctica de injerencia para dividirlos. De paso negó que exista una pugna interna en su partido y sostuvo que López Obrador se ha mantenido al margen de las decisiones de su gobierno. Sin embargo, en el mensaje por su segundo informe de gobierno, llamó a la unidad dentro de Morena rumbo a 2027.
En un contexto bilateral tenso, con un gabinete estadounidense agresivo hacia México, el riesgo para Sheinbaum no es solo diplomático. Debe asumir el control político de un país atravesado por la violencia criminal, mantener la cohesión en su movimiento y sostener la cooperación con Estados Unidos. Todo indica que esos tres no son retos compatibles. Eventualmente tendrá que elegir entre seguir blindando a quienes son cada vez un mayor lastre por sus presuntos vínculos criminales, o investigarlos a fondo para no colocarse del lado de la impunidad.
@PaolaRojas
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