El mercado no descansa. Si existe resquicio alguno de la vida humana que pueda convertirse en negocio, eso va a suceder. Partiendo de este principio, no me sorprendió tanto ver que existen ya en Estados Unidos las drop off parties, una especie de raves mañaneras que celebran las madres en locales gigantes tras dejar a sus hijos en la escuela el primer día de curso. Se celebró el otro día una en Atlanta, con dj, cócteles y un fotomatón.
En otros países también está más o menos institucionalizado el desayuno de madres del primer día y ya me ha caído en Instagram algún post no solicitado dando consejos –ninguna industria tan en auge como la del consejo no pedido– sobre qué hacer si no tienes pandilla que te invite al desayuno. Dado que todo anda estúpidamente generizado de la manera más binaria y perezosa, puede que surjan también pronto citas de padres en el primer día de escuela, para irse a lanzar hachas o algo por el estilo. O puede que no, porque el mercado intuye que los padres, cuando dejan a sus hijos en el colegio, se van a trabajar.
Las huelgas cuestan dinero a quien las convoca, y cansan, y desgastan; nadie las hace de manera frívola
Aquí, de momento, si hay cafés serán espontáneos, y la gran duda en los chats escolares por el momento es qué incidencia tendrá la huelga de profesores convocada para el martes, el primer día lectivo. Si algo tiene una protesta de docentes, como la que hay en Catalunya, pero también en Madrid y Andalucía, es que da pie a conversaciones educativas con los niños. En mi casa preguntaron que por qué tiene que afectarles a ellos el asunto de las colonias y las excursiones. Contestamos que así son las huelgas. Para ejercer la presión tienen que notarse. Por eso se cortan calles en las manifestaciones. En otras casas se habrá explicado de otra manera.
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Begoña Gómez Urzaiz
Se intuye, usando barómetros informales, que el apoyo a la huelga por parte de las familias ha ido flaqueando, y se percibe cierta disonancia cognitiva. Las mismas personas que exigen mejoras en las escuelas, más personal y menos ratios, no computan que es eso precisamente lo que piden los docentes, y que toda mejora en sus condiciones redunda necesariamente en el alumnado, es decir, en sus hijos e hijas. A los niños también les contamos que las huelgas cuestan dinero a quien las convoca, y cansan, y desgastan. Nadie las hace de manera frívola. A veces parece que también hay que recordárselo a los mayores.
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