6 de septiembre de 2026
En la madrugada del último sábado de agosto, saliendo a caminar por la Villa Olímpica, vi que la luna estaba cubierta de unas nubes desordenadas y lánguidas que le daban un aspecto de melancolía, como si esos claroscuros que yo miraba en su rostro encarnaran un designio funesto, propio de las almas atormentadas que se van voluntariamente de este mundo no para dejar de vivir, sino para dejar de sufrir. Al fin y al cabo, recordé, Séneca decía que la muerte es el final de las tristezas.
Pero yo no estaba pensando en mí, que a veces medito sin desasosiego sobre la brevedad de la existencia, sino en las causas generales del suicidio, considerado ahora como una enfermedad inflamatoria, y para eso recurrí mentalmente a tres escritores que me retrotrajeron a las circunstancias dispares en que acabaron con sus vidas. Pensaba en Virginia Woolf, Stefan Zweig y Alejandra Pizarnik. Virginia Woolf creía que cada uno tiene el pasado encerrado dentro de sí mismo, como las páginas de un libro aprendido de memoria, olvidando quizá que el pasado no existe en la memoria, que para ésta todo es presente. Su síndrome bipolar, sin embargo, la llevó, luego del bombardeo sobre Londres en la Segunda Guerra Mundial, a sumergirse en el río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. Se le habían acabado las fuerzas para luchar contra sus propios demonios. Stefan Zweig no tenía carencias de ninguna clase, y su suicidio, con una sobredosis de barbitúricos en la compañía de su esposa, se debió a que el mundo civilizado que le había dado sentido a su existencia y a su obra literaria, Europa y el Humanismo, habían dejado de existir en las manos del nacionalsocialismo alemán, que lo había empujado al exilio. Su muerte, podría presumirse, tuvo un estricto origen político y filosófico. Alejandra Pizarnik, en cambio, nunca pudo con la ansiedad y la depresión, y por eso su temática poética giraba alrededor del dolor y de la muerte: creía que la fuerza del lenguaje es la soledad de quien lo habla. Acabó con su vida a los 36 años con una sobredosis de Seconal, proclamando que no quería ir nada más que hasta el fondo. Y así fue. Ahora tengo la sensación real de que en aquella madrugada de agosto, ciertamente, la luna estaba triste. Su rostro tenía el aspecto de la muerte. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.
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