Que nadie se me asuste con el palabro. No se trata de un nuevo dispositivo sexual ni la última ola de ejercicio físico. Los americanos tienen un talento especial para sorprender al resto del mundo con actividades que no son nuevas, a las que tan solo les inventan un nuevo nombre. Y aquí tenemos el enésimo caso. Han abrazado la cultura del parroquiano y le han cambiado el apelativo, en este caso, quizás para bien.
El 'regularmaxxing' es una de las mutaciones de aquel movimiento 'foodista' que llegó a los restaurantes como un alga invasora y del que ahora casi nadie se considera parte. La cultura gastronómica de la revolución digital nos empujó a descubrir, fotografiar, puntuar, conseguir reservas imposibles, mostrarle nuestros logros a la comunidad y, sin solución de continuidad, seguir veloces a por una nueva captura, una época dominada por la búsqueda incesante de la novedad. Lo que parece que está viniendo, por oposición, es la familiaridad como valor gastronómico, el abandono de la 'dopamina' de lo nuevo. En la nueva camiseta se debería leer: «La nueva tendencia es volver».
Según confirman varios estudios realizados en Estados Unidos, una parte de los comensales ha dejado de buscar novedades y tratan de encontrar establecimientos donde les conozcan y les traten bien, donde puedan sentirse clientes habituales, 'regulars' del local, donde puedan conocer a otros clientes y al cruzar la puerta marchen el desayuno que les gusta, donde puedan probar nuevos platos sin perder ese espacio de seguridad y se puedan sentir parte de una comunidad (¿se acuerdan de 'Cheers'?). Abandonan el «ya estuve» —ya hice 'check', ya lo subí a mis redes— y abrazan el «siempre voy».
Detrás de todo este andamiaje posmoderno y sofisticado se esconde la cultura de los bares de barrio y del parroquiano, del cliente que cada vez que tiene que celebrar algo acude al mismo restaurante de siempre donde tan bien le cuidan y donde come lo que le gusta. ¿No era eso lo que hicimos toda la vida? ¿Qué nos pasó entonces con esa obsesión por puntuar en el último sitio de moda?
En Francia, Italia, Portugal y aquí mismo ya vivimos una latente variante europea de este fenómeno sin necesidad de nueva palabra. Reivindicamos a diario los bares, las tascas y las casas de comida, aunque muchos de ellos no sean ya más que fakes. En Italia las trattorias experimentan su nueva edad de oro, especialmente entre los jóvenes, y en Francia se vive un resurgir de los bistrots, quizás lo más interesante de la cocina gala actual. En Portugal, la administración y los empresarios han creado un programa para proteger la Tasca o 'Restaurante Português Autêntico', en el que de estos establecimientos destaca «la proximidad afectiva y la sensación de seguridad» que generan en el cliente y les asigna una función «como lugar de convivencia entre lo doméstico y lo público».
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