Este fin de semana salí a caminar y me encontré con mi vecina Carolyn. Hacía bastante que no coincidíamos y verla me produjo cierto alivio.
Este verano había estado enferma y, aunque a los ochenta y nueve años enfermarse no es precisamente una noticia extraordinaria, Carolyn me ha malacostumbrado. Camina casi todos los días, está perfectamente cuerda, vive sola y todavía se ocupa de su propiedad, lo que a su edad la coloca bastante cerca de Superwoman. Aunque, siendo realistas, cualquier día de estos me dará un susto.
Yo, con bastantes más achaques que ella, entre viajes y una fascitis plantar, también había salido mucho menos. Por eso, cuando la vi a lo lejos, apreté el paso para alcanzarla. Seguimos caminando juntas como tantas otras veces. Carolyn lleva prácticamente toda su vida en Nueva Inglaterra y conoce estos bosques con una precisión que yo probablemente nunca tendré, por muchos años que viva aquí. Sabe los nombres de las plantas, cuándo florecen, cuáles son nativas, cuáles llegaron después y cuáles no deberían estar aquí. Durante años tuvo un negocio de flores muy conocido en la zona, con un enorme invernadero. Caminar con ella por el vecindario es un poco como recorrer un museo acompañada por la mujer que montó la exposición con sus propias manos.
En algún momento me preguntó dónde había estado y le conté que habíamos viajado a España. Le hablé de La Rioja, de nuestra visita a los viñedos de Marqués de Cáceres y de lo mucho que me había divertido arrancando uvas directamente de la parra.
—Bueno, darling, si quieres uvas frescas, no tienes que ir tan lejos.
Pensé que no la había entendido.
—¿Cómo?
—Hay uvas aquí.
—¿Aquí dónde?
—Aquí. Junto al puente. Donde pasa el arroyo, cerca de tu casa.
Por un segundo pensé que Carolyn deliraba, que a su edad alguna cabra empezaba, por fin, a escapársele al monte.
—¿Uvas?
—Ven.
Nos desviamos hacia el arroyo y Carolyn levantó la mano.
—Ahí.
Miré, pero no vi nada. Se acercó un poco más y volvió a señalar.
—Mira bien.
Entonces vi un racimo. Y en cuanto vi el primero, aparecieron todos los demás.
Había parras enredadas entre los árboles, racimos escondidos detrás de las hojas y uvas caídas en el suelo. De pronto estaban por todas partes y yo no entendía cómo había sido posible no verlas antes.
Llevo cuatro años viviendo aquí. Ese puente forma parte de una de mis rutas habituales. Lo cruzo cuando estoy estresada, cuando necesito despejarme y, muchas veces, cuando extraño demasiado mi tierra. He pasado por ahí cientos de veces pensando, en lo que dejé, en todo lo que está lejos. Y nunca había visto lo que crecía tan cerca.
Me quedé mirando aquellas uvas como si acabara de descubrir una habitación secreta dentro de mi propia casa.
—No puedo creer que nunca las haya visto.
Carolyn me miró y me dio un par de golpecitos en la espalda.
—Darling, tienes que abrir bien los ojos. Siempre caminas demasiado deprisa. Te estás perdiendo muchas cosas.
Asentí sin decir nada. Tenía un nudo en la garganta. Carolyn me tomó del brazo y seguimos andando.
Siempre he creído que caminar era mi manera de detenerme, pero resulta que hasta para detenerme tengo prisa. Porque las uvas no estaban escondidas; estaban allí desde siempre, brotando, creciendo, madurando y cayendo al suelo sin necesitar que yo las mirara. La distraída era yo.
Desde ese día no he dejado de preguntarme qué más no estoy viendo. Supongo que una parte de hacerse mayor consiste en descubrir cuántas cosas importantes ocurrieron mientras mirábamos hacia otro lado. Los hijos crecieron, nuestros padres envejecieron, alguien dejó de llamarnos y alguien estuvo queriéndonos mejor de lo que supimos reconocer. Mientras tanto, cambió nuestro cuerpo, cambió nuestra casa y hasta cambió la cara que vemos en el espejo, sin nadie que nos avisara de que prestáramos atención porque aquello no volvería a ocurrir exactamente de la misma manera. La vida tiene esa puñetera costumbre. Lo verdaderamente importante casi nunca avisa.
Quizá por eso me produjo sentimientos encontrados haber cruzado el Atlántico para maravillarme ante las uvas de La Rioja cuando tenía otras creciendo junto al arroyo de mi casa. Y no porque aquellas fueran menos extraordinarias. Volvería mañana mismo. Hay cosas que vale la pena recorrer medio mundo para conocer. Lo difícil, quizá, es conservar esos mismos ojos cuando volvemos a casa.
Quiero seguir maravillándome de lo cercano. De mi casa, del paisaje, de las voces conocidas, de la gente que quiero. Creo que confío demasiado en que mañana todo seguirá ahí y, quizá por eso, a veces olvido mirarlo de verdad. No quiero esperar a que algo cambie para entender cuánto significaba. Ni descubrir demasiado tarde que esta tarde cualquiera, esta vida aparentemente ordinaria, era precisamente la que algún día iba a querer recuperar.
Dentro de unas semanas Carolyn cumplirá noventa años. Para entonces las uvas habrán madurado y me ha prometido que volveremos juntas a probarlas. Esta vez no llevaré el teléfono en la mano. Caminaré a su paso y miraré bien.
Porque sé que el día menos pensado cruzaré ese puente sin ella y daré cualquier cosa por volver a caminar a su lado, viendo, a través de sus ojos, todo lo que los míos no supieron ver.
Imagen cortesía de la autora
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