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El plan de paz que nadie ha leído

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Septiembre inicia entre augurios y recuerdos Escribo en la mañana del sábado cinco y trato de ordenar las señales incompletas que llegan de Washington, Kyiv y Moscú. Son eso por ahora, señales que no confirman el alcance de un hecho: Trump ha decidido enviar nuevamente a sus voceros de confianza, Witkoff y Kushner, a realizar una ronda de conversaciones con rusos y ucranianos para analizar la viabilidad de una negociación hacia la paz en Ucrania. Hasta ahora, en las últimas 24 horas, el arco que describen las declaraciones originadas entre las capitales mencionadas no ha tocado tierra en Europa. Me sorprendería que Europa, el continente que hoy por hoy cubre la parte mayoritaria del apoyo a Ucrania, no estuviera enterada de los detalles de este intento. No solo sería el reflejo de la amplitud de la grieta transatlántica; sería una señal clara de que Europa no ha podido afianzarse como interlocutor autónomo en el proceso. Tal vez sea una ausencia por diseño y Europa, como afirma Zelensky, participó en la redacción de una nueva hoja de ruta, tal vez refleje la intención de Washington de volar en solitario, tal vez sea una petición de Moscú. Dos cosas quedan claras: Europa no ha desarrollado un canal de interlocución propio con Rusia y Zelensky ha reiterado en diversas ocasiones que no concibe un proceso de paz sin la participación directa de Washington. ¿Reminiscencias del 28 de febrero de 2025? Tampoco sabemos si la nueva intentona obedece a una lectura que hace Washington del momento que vive la guerra: el segundo frente que ha abierto Ucrania, el frente profundo que ha llevado el conflicto a territorio ruso, habría equilibrado la situación al grado de hacer más viable una nueva negociación. Tampoco sabemos si esta nueva apuesta por la paz en Ucrania obedece más bien a una circunstancia cercana a los intereses de Estados Unidos: a Washington le viene bien un evento distractor que aleje, así sea solo por unos días, la atención pública sobre la guerra contra Irán, que ya le ha generado un desgaste considerable. Muchas especulaciones, pocas certidumbres Además de la inminencia del viaje hay solo una certeza: nadie, fuera del círculo íntimo de Trump, conoce el texto y los alcances del plan. Algunas partes de su contenido pueden inferirse de declaraciones de funcionarios que han participado en diálogos relacionados con la propuesta. No sabemos si el plan, como algunos afirman, es una actualización que machaca y rehace las propuestas del plan de 28 puntos de noviembre de 2025, o si lo retoma a la luz de los cambios que estableció el plan de 20 puntos dado a conocer el pasado mes de diciembre y que fue elaborado con la participación de representantes europeos. El anuncio de que Steve Witkoff y Jared Kushner viajarían a Moscú y Kyiv con una propuesta para terminar la guerra ha concentrado la atención de las últimas horas. Era inevitable. Los emisarios del presidente estadounidense regresan después de meses de iniciativas inconclusas. Para significar la importancia del momento, Zelensky anunció ayer viernes que Ucrania ofrecía unilateralmente un cese el fuego parcial y limitado: suspendería los ataques aéreos contra Rusia durante tres días e invitaba a Moscú a tomar una medida recíproca. El interés del episodio estriba en que una propuesta de un cese el fuego parcial, solo ataques aéreos, y limitada, solo por tres días, puede operar como prueba que valide un concepto. Me explico: al aceptar la pausa, Moscú le otorga a Washington un primer indicador de que ahí puede irse generando una voluntad política de ambas partes para construir medidas de confianza. Es un inicio. Confirmación De acuerdo a noticias de Deutsche Welle de las 8:00, hora de la Ciudad de México, de este sábado 5 de septiembre, 'El presidente ruso, Vladimir Putin, ordenó cesar durante tres días los ataques contra la capital ucraniana debido al viaje a Moscú y Kiev de los emisarios de la Casa Blanca, Steve Witkoff y Jared Kushner, según informó hoy el Kremlin. Ambos emisarios ya se encuentran en Moscú y se ha confirmado que en las próximas horas se reunirán con Putin. Un antecedente a considerar Sin embargo, el viaje de Kushner y Witkoff, por importante que sea, no es el único dato a evaluar ni necesariamente el más revelador. Días antes, en Asheville, Carolina del Norte, ocurrió una reunión que merece un comentario. Al margen del encuentro de ministros de Finanzas del G20, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, se reunió con su homólogo ruso, Antón Siluánov. Según algunos funcionarios estadounidenses citados por Reuters, el centro de la conversación fue el plan de Trump para Ucrania. Según el Ministerio de Finanzas ruso, los dos ministros hablaron de cooperación financiera y del trabajo dentro del G20. Ambas versiones pueden ser ciertas y cubrir, por separado, una parte de la esencia del diálogo entre Bessent y Siluánov. Al analizarlas en conjunto, sugieren algo que va más allá de una conversación protocolaria. Siluánov, según las fuentes, al intentar abordar temas de cooperación bilateral en materia económica, habría recibido de Bessent una respuesta directa y categórica: Estados Unidos había tomado la decisión de que no habría apoyo económico para Rusia, ni tampoco acuerdos en otras materias, mientras la guerra continuara. 'Nada es posible hasta que termine la guerra', habría sido el mensaje estadounidense. Esta frase ofrece dos lecturas. La primera es pública y directa: la reapertura de canales no puede ser interpretada por Rusia como una normalización económica. La segunda es más compleja: que Bessent conversara con Siluánov sobre el plan de paz y de economía sugiere que la economía es un elemento del plan, o bien que hay ya una serie de medidas económicas que Washington usará como puntos de presión para que sea aceptado. La tarea de Bessent, según todo indica, no fue trazar las líneas de negociación de los puntos centrales del plan de paz: su encargo era dejar claro a los rusos cuánto les costará, en dólares, su negativa a aceptarlo. Seguramente Bessent habló de las sanciones y de un eventual calendario para desmantelarlas, de activos congelados, acceso a mercados, energía, inversiones, deudas, bancos y costos económicos. En esa ocasión Bessent debió haber anunciado a Siluánov el próximo viaje de Kushner y Witkoff, y es probable que haya adelantado algunos elementos de la propuesta de Washington. Siluánov pasó a ocupar, en los hechos, el papel que en las negociaciones amplias entre Washington y Moscú tenía Kirill Dmitriev, director ejecutivo del Fondo Ruso de Inversión Directa. Tal vez no sea un cambio de interlocutores, tal vez sea solo un gesto pragmático ante la oportunidad que representó la reunión del G20 en Estados Unidos. La paz, como sucede tantas veces, no se negocia solamente ante un mapa: la negociación debe contener estímulos políticos y económicos, también costos. Rusia los conoce ya. El documento fantasma Debo hacer una precisión y señalar de manera clara que a estas horas de la mañana del sábado no existe un texto oficial, público y verificable que pueda identificarse hoy como el 'nuevo plan de paz' que llevarán Witkoff y Kushner a Moscú y Kyiv. No se conoce un documento final de 20, 28 o 30 puntos, ni una hoja de ruta o un texto general, que estén fechados en agosto o septiembre de 2026. Si lo que hoy podemos llamar el Nuevo Plan para la Paz en Ucrania está basado en los planes anteriores, no sabemos cuáles son las cláusulas que continúan vigentes, cuáles han sido retiradas y cuáles siguen en discusión. Desconocemos también el orden preciso que se propondría entre el alto el fuego, una eventual retirada de fuerzas, las garantías de seguridad para Ucrania, el calendario de retiro de las sanciones impuestas a Rusia, los detalles de la administración territorial y el proceso de financiamiento para la reconstrucción de Ucrania. Ante nosotros tenemos un conjunto de informaciones parciales, declaraciones públicas, filtraciones y antecedentes que permiten intentar la reconstrucción de los contornos de la discusión. Reconstruir no es confirmar, pero tampoco es adivinar. El antecedente más citado es el borrador de 28 puntos que comenzó a circular en noviembre de 2025 y que fue asociado a contactos entre Witkoff y el enviado ruso Kirill Dmitriev. La mayoría de los analistas señalaron que ese texto imponía condiciones especialmente gravosas para Ucrania. Posteriormente, este documento habría sido revisado en conversaciones entre Ucrania, Estados Unidos y socios europeos, hasta convertirse en una versión de 20 puntos. Esa modificación, según los reportes disponibles, no resolvió el nudo central del desacuerdo: el Kremlin rechazó los cambios y el proceso se estancó. Ahora, en septiembre, se habla de un plan renovado, comprimido, corregido o rehecho. La propia imprecisión del vocabulario revela que el documento se está modificando incluso al ritmo de las conversaciones. Ese es el primer hecho político de la semana: todos hablan del plan; nadie ha leído, nadie conoce, al menos públicamente, la versión que se discute. Una hoja y tres asuntos En agosto, Zelensky ofreció una pista relevante. Dijo que Ucrania, Estados Unidos y socios europeos habrían trabajado en un documento de una página para presentar a Moscú. Según informes de distintos medios, como Reuters, el presidente ucraniano habría señalado que ese documento se concentraba en tres asuntos: un cese el fuego; una fórmula estadounidense para establecer una zona económica libre en el Donbás; y una definición del papel que correspondería a la Unión Europea y a la OTAN en materia de seguridad. La idea de una hoja puede sugerir sencillez. En realidad, encierra tres de los problemas más difíciles de resolver. El primero es el alto el fuego. Una guerra no se detiene porque las partes anuncien que dejarán de disparar. Hay que definir desde qué hora, en qué líneas, con qué armas, bajo qué supervisión, qué sucede si hay una incursión, cómo se investigan las violaciones y quién tiene la facultad de decir públicamente que uno de los dos incumplió. Un cese el fuego sin mecanismos de verificación es apenas una invitación a la desconfianza. El segundo asunto es el Donbás. Zelensky explicó que la propuesta estadounidense consistiría en que Ucrania y Rusia dieran pasos equivalentes hacia atrás (equal steps back), formando una especie de zona de amortiguamiento virtuoso o zona económica libre bajo administración de una tercera parte. No queda claro quién administraría ese espacio ni cuál sería su marco jurídico. Tampoco se ha aclarado si esa fórmula pretende congelar el estatus territorial, aplazar el problema de la soberanía o sustituir una disputa militar por una administración provisional. Moscú rápidamente expresó su rechazo a la idea. El Kremlin sostiene que el Donbás es territorio ruso y, por tanto, no considera admisible tratarlo como una zona intermedia pendiente de administración externa. No es un desacuerdo técnico. Es el corazón del conflicto. La zona económica libre, si existiera, podría ser presentada como una salida pragmática: ningún lado renuncia de inmediato a su posición jurídica, ambos reducen el riesgo militar y un tercero administra un espacio de contacto. Pero también podría ser entendida como una congelación disfrazada de acuerdo, una cesión de facto sin reconocimiento de jure o una pausa que deja sin resolver las razones por las que empezó la guerra. Una zona económica de 20 o 30 kilómetros de parte de cada uno de los bandos presenta una franja de 40 o 60 kilómetros de ancho a lo largo de una línea de contacto de alrededor de mil kilómetros de largo. Su viabilidad dependería de los detalles. Y los detalles son, por ahora, desconocidos. Dependería sobre todo de la voluntad rusa de ceder el control de una extensa zona que hoy ocupa. El tercer punto se refiere a la seguridad. Ucrania no puede aceptar un alto el fuego que, en su lectura, le deje simplemente esperando la siguiente ofensiva rusa. Rusia no parece dispuesta a aceptar una solución que convierta a Ucrania en miembro de la OTAN por otra vía, aun si no existe adhesión formal. Europa, por su parte, no quiere verse reducida a pagar la reconstrucción de un acuerdo diseñado exclusivamente entre Washington y Moscú. Cuando Zelensky habla de definir el papel de la Unión Europea y de la OTAN, está hablando de eso: de quién garantiza, quién arma, quién responde y quién paga. Europa ha propuesto que las garantías de seguridad sean realizadas por tropas europeas o de la OTAN; Rusia se ha opuesto con firmeza. Estados Unidos ha ofrecido un modelo de supervisión electrónico con sensores terrestres, aéreos y vía satelital. No es posible garantizar de manera eficiente, por medios electrónicos, la seguridad y el respeto de las condiciones acordadas para el cese de hostilidades dentro de una franja de cuarenta mil kilómetros cuadrados o más. Si la zona de delimitación del conflicto a partir de la línea de contacto se convierte en una ancha zona económica o en una franja de control de dimensiones más reducidas como una tradicional 'tierra de nadie', habría que considerar que tal área pudiera estar asegurada por un cuerpo armado de los llamados cascos azules de las Naciones Unidas. El precio de la paz Aquí vuelve Asheville. La reunión entre Bessent y Siluánov importa, porque coloca la cuestión económica no al final de la negociación, como si fuera una recompensa administrativa, sino en el centro mismo de la conversación. Para Moscú, el levantamiento de las sanciones sería uno de los incentivos más visibles para cerrar un acuerdo. Para Washington, las sanciones son una de las pocas palancas que puede modular en función del comportamiento ruso. Para Ucrania y Europa, cualquier alivio prematuro podría equivaler a premiar la invasión sin haber consolidado una paz verificable. La posición comunicada por Bessent parece inequívoca: mientras la guerra continúe, no habrá alivio económico ni acuerdos paralelos. Pero esa firmeza no cancela la pregunta que realmente importa: ¿qué ocurriría si la guerra se detuviera? Las versiones que circulan sobre los borradores anteriores apuntan a un posible alivio gradual de sanciones, una reintegración parcial de Rusia a circuitos económicos internacionales y el uso de activos rusos congelados para la reconstrucción de Ucrania. También se ha hablado de inversiones en energía, infraestructura, tecnología y minerales. No sabemos qué elementos sobreviven en la versión actual. Tampoco sabemos qué estaría dispuesto a aceptar Moscú. Una contradicción inevitable. Rusia difícilmente aceptaría una paz que no le ofreciera alguna perspectiva de normalización económica. Ucrania difícilmente aceptaría una paz en la que Rusia recuperara acceso financiero y comercial sin haber aceptado garantías sólidas, reparaciones o restricciones que impidan una nueva guerra. Estados Unidos necesitaría usar la promesa de alivio como incentivo, pero sin dar la impresión de que la presión económica fue solo un instrumento para negociar una rendición ucraniana. La economía no es un anexo de esta historia. Es parte del campo de batalla. El viaje como prueba En ese contexto debe entenderse el viaje de Witkoff y Kushner. No viajan simplemente para llevar un papel de una capital a otra. Viajan, si los trascendidos son correctos, para comprobar qué partes del plan pueden sobrevivir al contacto con la realidad. Moscú tendría que aclarar si está dispuesta a aceptar siquiera un cese el fuego parcial o un esquema temporal de separación de fuerzas. Kyiv tendría que explicar hasta dónde puede llegar sin pagar un costo político interno imposible. Washington tendría que decidir qué está dispuesto a garantizar y qué está dispuesto a condicionar. La posible tregua aérea propuesta por Zelensky funciona, por ello, como algo más que una medida de seguridad para los dos enviados. Ucrania ha ofrecido abstenerse de realizar ataques desde el aire mientras dure la misión, con la expectativa de que Rusia haga lo mismo. Es una prueba de voluntad y una prueba de control. Si Moscú no acepta una suspensión tan acotada, será difícil sostener que está preparada para discutir una tregua más amplia. Si la acepta y se cumple, habrá al menos un antecedente operativo de reciprocidad. No es una paz. Es un escudo. Un escudo para que la negociación pueda ocurrir. Un escudo también para la idea de que aún es posible detener, aunque sea por unas horas, la lógica automática de los ataques. En una guerra donde cada lado teme que el otro aproveche cualquier pausa, conseguir una suspensión temporal puede parecer insuficiente. Pero las negociaciones importantes suelen comenzar con acuerdos que, vistos desde lejos, parecen demasiado pequeños. El peligro es que este escudo se convierta en escenografía. Es decir, que la pausa se anuncie, que la visita se realice, que las fotografías circulen y que, una vez terminados los comunicados, cada parte regrese a su posición inicial. Moscú insistiría en territorio, neutralidad y restricciones militares para Ucrania. Kyiv volvería a exigir garantías de seguridad, respeto a su soberanía y un camino europeo claro. Washington declararía que ha abierto una puerta. Y la guerra seguiría imponiendo su ritmo. Las líneas rojas Los trascendidos sobre los borradores anteriores permiten anticipar dónde podrían aparecer los principales puntos de choque. Para Ucrania, el más difícil sería cualquier fórmula que implique retirarse de las partes del Donbás que aún controla o aceptar, aun de manera indirecta, que Crimea, Lugansk y Donetsk quedan bajo dominio ruso. En la hipótesis más dura, Ucrania no reconocería formalmente la soberanía rusa, pero aceptaría no utilizar la fuerza para revertir la situación. Sería una especie de soberanía en pausa: no una paz territorial, sino un armisticio con concesiones implícitas. Eso tendría un enorme costo político interno. No se trata solamente de orgullo nacional. Se trata de más de cuatro años de guerra, ciudades destruidas, muertos, desplazados, soldados movilizados y una sociedad que ha construido su cohesión alrededor de la resistencia. Zelensky podría intentar presentar una salida así como un alto el fuego protegido por garantías, inversión y ruta europea. Pero las garantías tendrían que ser más que una fórmula verbal. Para Rusia, el problema no se limita al territorio. El Kremlin ha sostenido que Ucrania no debe convertirse en una plataforma militar occidental contra Moscú. Eso incluye neutralidad, límites militares, ausencia de tropas y bases extranjeras, restricciones a ciertos sistemas de armas y, en versiones más ambiciosas, cambios políticos y lingüísticos dentro de Ucrania. Funcionarios rusos han dicho que cualquier plan aceptable debe asegurar que Ucrania no sea'anti-Rusia' ni un 'ariete' de Occidente. La distancia entre ambas visiones sigue siendo considerable. Una Ucrania fuera de la OTAN pero armada, vinculada a la Unión Europea y respaldada por garantías occidentales podría ser presentada en Kyiv como una supervivencia estratégica. En Moscú, podría ser percibida como una derrota diferida. Una Ucrania neutral, limitada militarmente y territorialmente disminuida podría ser presentada en Moscú como una victoria. En Kyiv, sería vista por muchos como una capitulación. El plan que nadie ha leído tendrá que convivir con esa incompatibilidad. La señal de Washington Hay, además, un elemento que no debe pasar inadvertido. El encuentro de Bessent con Siluánov y la misión de Witkoff y Kushner parecen sugerir una división funcional del trabajo estadounidense. El Tesoro conversa sobre las consecuencias económicas, las sanciones y las eventuales formas de normalización. Los enviados presidenciales recorren las capitales para medir el terreno político y diplomático. Trump conserva para sí la posibilidad de intervenir, endurecer la presión o presentar un acuerdo como resultado directo de su liderazgo. Es una arquitectura que puede ser eficaz si todos los canales transmiten el mismo mensaje. Puede ser peligrosa si Moscú interpreta que un canal ofrece más que otro, si Kyiv teme que se negocie a sus espaldas o si los europeos sienten que se les pide financiar y garantizar un acuerdo que no ayudaron a escribir. No debe olvidarse que la presencia de Siluánov en el G20 estadounidense ya había incomodado a varios ministros europeos. Para ellos, la cuestión no era solo si Rusia podía volver a sentarse en una mesa internacional, sino cuándo, bajo qué condiciones y a cambio de qué. En ese sentido, Asheville no fue una reunión financiera más. Fue una señal de que Washington está dispuesto a volver a hablar con Moscú a alto nivel, pero intenta hacerlo desde una fórmula de presión: conversación, sí; alivio, todavía no. La pregunta es si esa fórmula puede sostenerse cuando la negociación entre en sus capítulos más difíciles. El fantasma y la realidad Hay algo casi literario en este momento de la guerra. Todos hablan de un plan. Los funcionarios lo aluden sin revelarlo. Los periodistas reconstruyen fragmentos. Los analistas comparan versiones de 28, 20 o una sola página. Moscú lo rechaza antes de conocerlo completo, Kyiv intenta influir en su redacción y Washington lo usa como instrumento de presión. El plan es, por ahora, un fantasma. Pero los fantasmas también ordenan conductas. La sola posibilidad de que haya una propuesta distinta está obligando a cada parte a fijar sus límites, probar sus mensajes y ensayar una posición. Es demasiado pronto para afirmar que estamos ante el principio de un acuerdo. Algo se está moviendo, aunque todavía no sepamos si se mueve hacia la paz, hacia un armisticio precario o hacia una nueva ronda de frustración. La próxima prueba será determinar si las partes son capaces de respetar una pausa mínima y, sobre todo, si detrás de esa pausa aparece un texto que no sea solo un fantasma. Rubén Beltrán @RubenBeltranG
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