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El mundo no cabe en un mapa

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Hay imágenes que terminan pareciéndonos tan naturales que dejamos de preguntarnos qué nos están contando. Durante generaciones, el mapamundi de Mercator ha sido una de ellas. Lo hemos visto en las aulas, en los libros de texto, en atlas y documentos de todo tipo hasta asumir que esa era, sencillamente, la forma de representar el mundo. La reciente resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas, impulsada por la Unión Africana, para promover progresivamente alternativas a la proyección de Mercator abre un debate que merece ser tomado en serio. No porque Mercator sea un mapa falso, ni porque su creador tuviera la intención de favorecer a unos territorios frente a otros. Gerardus Mercator la diseñó en 1569 con el propósito de facilitar la navegación. El problema aparece cuando utilizamos esa misma proyección para representar el mundo en su conjunto. Mercator conserva ángulos y permite trazar determinados rumbos como líneas rectas, pero paga ese logro con una enorme distorsión de las superficies. Cuanto más nos acercamos a los polos, mayor es la exageración. Durante décadas hemos aprendido a mirar el planeta a través de una representación que sobredimensiona visualmente las regiones septentrionales y minimiza las ecuatoriales. Sobre el mapa, Groenlandia y África parecen territorios de dimensiones comparables, pero, en la realidad, África tiene aproximadamente catorce veces la superficie de Groenlandia. A lo largo de la historia los mapas han servido para conocer, administrar y conquistar territorios, establecer fronteras, planificar operaciones militares y proyectar poder. También han contribuido a construir determinadas visiones del mundo. Por eso resulta legítimo discutir no solo cómo se dibuja un continente, sino también qué percepción genera ese dibujo. La alternativa propuesta, Equal Earth, no elimina la distorsión, pero conserva mejor la proporción de las superficies y ofrece una imagen más fiel del peso territorial de los continentes. No se trata, por tanto, de sustituir una verdad por otra, sino de elegir la herramienta más adecuada para cada propósito. La reclamación africana merece ser escuchada precisamente desde esa perspectiva. La decisión de la ONU es, sobre todo, simbólica y educativa. Pero los símbolos importan. Si disponemos de mejores herramientas para enseñar cómo es realmente nuestro mundo, parece razonable utilizarlas.
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