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Jorge Freire

La política del mantel, por Jorge Freire

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En El pasajero, la divertidísima novela de Alfredo Taján, una artista dispone una fiesta en su casa y coloca bajo un baldaquino una mesa en forma de media luna, cubierta con un mantel de colores chillones. Los amigos se ríen del tinglado, pero ella sostiene que dicha coloración sirve para mitigar los inevitables accesos de rijo y lubricidad, de manera que la concurrencia mantenga la compostura a medida que avance la noche. Pero no sucede así y, apenas han comenzado a empinar el codo, ya andan los convidados tentándose las carnes y, en algunos casos, trabándose unos encima de otros con la porfía montaraz del animal verriondo. La lascivia, lejos de amilanarse ante el amarillo pollito y el verde loro, convierte la velada en una barrabasada de traspiés y resuellos, por completo ajena a las admoniciones cromáticas de la mantelería. Llamaremos «política del mantel», en honor a la obra maestra de Taján, a esa fe del carbonero en que un problema arduo y multicausal (y a menudo puñetero y desagradable) puede ser corregido mediante la colocación visible de un objeto, o la adopción de un color, o la ejecución de un rito secular o, ya puestos, la lectura de una declaración institucional. ¿Para qué gastar recursos cuando se puede desplegar una tela chillona y confiar en que la naturaleza humana, impresionada por la gama cromática, deponga las armas? Ceuta pedía cosas urgentes y poco vistosas, como jueces, fiscales, instructores y administrativos, y se le tendió el mantel. ¿No es cierto que Vivas reclamó desde el inicio un mando único y obtuvo como respuesta la romería de siete ministros, que le prometieron coordinación para coordinar la propia coordinación? ¿Y no es llamativo que la liturgia pública funcionase desde el primer momento con una precisión que la maquinaria administrativa tardó cuatro semanas en alcanzar? Hablamos, por lo demás, de una costumbre muy acendrada, porque el mantel ya ha vestido unas cuantas mesas. Cuando los casos de corrupción empezaron a apretar al Gobierno, Sánchez compareció con un todo un plan estatal: malogrados los controles, ¡sirva un sistema de controles sobre los propios controles! Contra los incendios, un Pacto de Estado; ante el problema de la vivienda, unos cuantos lemas sin ejecución real; en cuanto a la dana, mejor ni acordarse… La política del mantel es pródiga en ademanes y cicatera en obras. ¿Quién puede negar el valor de los símbolos? Una bandera puede reunir una nación y una lápida puede sustraer un nombre al olvido. Claro, una cosa es simbolizar el problema y otra, harto más enojosa, resolverlo. La política del mantel tiene, eso sí, una innegable ventaja presupuestaria: resulta más barata que la reforma real. Añádase que, cuando la representación no obra el prodigio anunciado, siempre cabe imputar el fracaso al ciudadano, que no creyó en ella con la debida vehemencia (la campaña era excelente, pero faltó pedagogía; la aplicación funcionaba, pero, ¡ay!, nadie la descargó). ¿Cómo no va a gustar el mantel si basta con desplegarlo para que desaparezcan las responsabilidades? Breviario práctico de mantelería política: convócase un comité de expertos y procédese a patentizar, con gesto grave y palabras de alto copete, las mismas necesidades que ya fueron manifestadas en la jornada anterior y que volverán a ser descubiertas en la venidera, de lo que se colige que «hay que seguir trabajando», fórmula felicísima que dispensa de aclarar quién cojones habrá de hacerlo y de qué manera. A renglón seguido, los expertos posan bajo un lema en gerundio con la satisfacción de quien acaba de levantar una obra, aunque en puridad no han hecho nada: el gerundio es una grúa sin edificio. ¿Qué más? A veces, con suerte, se redacta un protocolo, por cuya virtud el comité queda investido de cuantos carismas acaba de arrogarse en Arial 12. Hay casos en que hasta se funda un observatorio y aquello que se observa, intimidado por la posibilidad de acabar en un informe, comienza a comportarse prudentemente. ¡Cosas más raras se han visto en estos tiempos de performatividad mantelera! La política hace espectáculo de aquello que desiste de resolver.
La política del mantel, por Jorge Freire
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