Cada septiembre, el Mes de la Concientización sobre el Cáncer Infantil nos recuerda una realidad que todavía depende del lugar donde se nace. La Organización Mundial de la Salud estima que cada año alrededor de 400,000 niños y adolescentes de 0 a 19 años desarrollan cáncer. Cerca del 90% vive en países de ingresos bajos y medianos. Mientras en los países de altos ingresos más del 80% logra curarse, en muchos países con menos recursos la supervivencia no llega al 30%. Esta brecha no se explica solamente por la enfermedad, sino también por diagnósticos tardíos, falta de medicamentos, dificultades de acceso, abandono del tratamiento y recaídas evitables.
En América Latina y el Caribe, el desafío es igualmente urgente. La OPS calcula cerca de 30,000 nuevos casos al año y casi 10,000 muertes. La supervivencia promedio regional bordea el 55%, todavía muy por debajo de los mejores sistemas de salud. Por ello, la Iniciativa Mundial contra el Cáncer Infantil de la OMS se ha fijado como meta alcanzar al menos 60% de supervivencia para 2030.
El Perú ha logrado avances importantes, pero todavía enfrenta brechas significativas. El Ministerio de Salud estima que cada año se diagnostican más de 1,900 nuevos casos de cáncer infantil, y la leucemia, que representa alrededor del 40% de los casos, continúa siendo el cáncer pediátrico más frecuente. La buena noticia es que determinadas leucemias pueden alcanzar tasas de curación cercanas al 80% en centros especializados como el INEN. A ello se suma que, desde 2019, el Perú participa en la Iniciativa Mundial contra el Cáncer Infantil, lo que ha permitido fortalecer servicios especializados y, durante 2026, ampliar el uso de la telemedicina para facilitar la detección y referencia de pacientes de regiones alejadas. Sin embargo, el reto sigue siendo enorme: las posibilidades de curación no deberían depender de dónde se nace ni de la capacidad económica de una familia.
¿Qué debemos hacer? Primero, fortalecer la detección temprana en el primer nivel de atención, capacitando a médicos y enfermeras para reconocer signos de alarma y activar referencias rápidas. Segundo, consolidar una red nacional de oncología pediátrica, con mayor capacidad regional, telemedicina y apoyo de transporte y alojamiento para las familias. Tercero, garantizar el abastecimiento continuo de medicamentos, insumos, diagnóstico molecular y acceso progresivo a terapias innovadoras. Cuarto, fortalecer el registro nacional para medir tiempos de diagnóstico, resultados, abandono y supervivencia. Y quinto, incorporar permanentemente apoyo psicológico, educativo y social para el niño y su familia.
El cáncer infantil generalmente no puede prevenirse, pero muchas de sus muertes sí pueden evitarse. Esa debe ser la verdadera medida de nuestro compromiso como sociedad: que ningún niño pierda su oportunidad de curarse por una falla del sistema.
@sandrostapleton
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