El aula de Literatura Universal se encontraba en el ala sur del instituto. Para llegar hasta allí había que atravesar varios pasillos, dejar atrás las ... aulas más bulliciosas y adentrarse en una zona del edificio que parecía pertenecer a otro mundo. Al final del recorrido aparecía aquel habitáculo sumamente estrecho y alargado, casi como un vagón de tren detenido en mitad del instituto. Allí nos reuníamos dos horas semanales ocho o nueve alumnos: curiosos, frikis y poetas frustrados, una pequeña tribu de lectores que, por alguna razón, habíamos encontrado en aquel rincón nuestro lugar natural. Me sentía allí tan cómodo que, de haber sido posible, habría pasado todas las horas semanales, de lunes a viernes, de ocho de la mañana a tres de la tarde, encerrado entre aquellas cuatro paredes.
No necesitábamos mucho. Bastaban unos libros, una pizarra, unas cuantas sillas y la voz de Martín para que el aula dejara de ser un espacio estrecho y se convirtiera en una habitación mucho más grande: la habitación de la imaginación. Durante aquellas clases leíamos textos, capítulos o fragmentos de algunas de las grandes obras de la literatura universal. Martín las explicaba y desmenuzaba con una paciencia y una pasión que iban mucho más allá de la simple enseñanza. No se limitaba a contarnos de qué trataba una novela, quién la había escrito o en qué época había sido publicada. Nos enseñaba a mirar, a descubrir lo que se escondía detrás de una frase, de un personaje, de una decisión aparentemente insignificante. Nos hacía comprender que un libro no termina cuando llegamos a la última página, sino que continúa viviendo en nosotros mucho después, como una conversación que se prolonga en silencio. Gracias a él, aquellos nombres que hasta entonces podían parecernos lejanos o pomposos comenzaron a adquirir una extraña familiaridad. Madame Bovary dejó de ser simplemente el título de una novela francesa y se convirtió en la historia de una mujer atrapada entre sus deseos y la realidad. Cumbres Borrascosas nos arrastró por sus paisajes sombríos y sus pasiones desmesuradas. Crimen y castigo nos obligó a caminar por las calles de San Petersburgo junto a Raskólnikov y a preguntarnos hasta dónde puede llegar una conciencia cuando intenta justificar lo injustificable. David Copperfield nos permitió descubrir que la infancia, la memoria y la adversidad también podían convertirse en materia literaria. Y había muchos más. Una interminable procesión de personajes, épocas, países y voces. Desde el Beowulf y la Ilíada, nacidos en los albores de nuestra tradición literaria, hasta Cien años de soledad, con su prodigioso Macondo, o La metamorfosis, donde una mañana cualquiera un hombre puede despertar convertido en algo que ya no reconoce como humano.
Cada obra pertenecía a un tiempo distinto, había sido escrita en una lengua diferente y respondía a circunstancias que nada tenían que ver con las nuestras. Sin embargo, todas conseguían hablarnos. Quizá esa era la verdadera lección de aquellas clases. La literatura universal no era una colección de monumentos que debíamos admirar desde lejos, ni una sucesión de nombres y fechas destinados a ser memorizados para un examen. Era, sobre todo, una forma de reconocernos en los demás. En aquellos personajes tan distantes encontrábamos nuestros propios miedos, nuestras ambiciones, nuestras contradicciones y también nuestras pequeñas miserias. Descubríamos que, aunque cambiaran los siglos, los seres humanos seguíamos haciéndonos preguntas muy parecidas.
Durante aquellas clases leíamos textos, capítulos o fragmentos de algunas de las grandes obras de la literatura universal
Todas aquellas obras nos enganchaban porque encerraban algo que nunca hubiéramos sospechado. Bastaba que Martín levantara la vista del libro y señalara un detalle para que una página que habíamos leído distraídamente adquiriera de pronto una dimensión nueva. Era como si las novelas estuvieran llenas de puertas secretas y él conociera la manera de abrirlas. Por eso aquella pequeña aula del ala sur terminó siendo para mí mucho más que una clase. Fue un refugio, una puerta de entrada a otros mundos y, quizá sin que entonces pudiera comprenderlo del todo, uno de esos lugares que terminan formando parte de la memoria de una persona.
Allí aprendí que leer no consistía únicamente en pasar los ojos por las palabras. Leer era detenerse, escuchar, imaginar, dudar y, sobre todo, dejar que un libro nos cambiara un poco. Y nosotros, aquellos ocho o nueve alumnos curiosos, frikis y poetas frustrados, salíamos de allí cada semana con la sensación de haber viajado muy lejos sin movernos de nuestras sillas. Por arte de magia, me he convertido en el profesor Martín. ¡Qué tiempos!
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