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La convivencia en Lanzarote siempre estuvo determinada por una escala humana muy particular. En una geografía tan delimitada como la nuestra, el cruce de opiniones se resolvía históricamente a través de la tolerancia y un profundo respeto al arraigo del otro. Sin embargo, la vida pública insular experimenta hoy una preocupante corriente fiscalizadora y de tutela del pensamiento. Una tendencia que, bajo el pretexto de una supuesta superioridad ética, penaliza la discrepancia, fomenta la autocensura y aboca a la sociedad conejera a un evidente empobrecimiento intelectual.
Este fenómeno no nace de un debate razonado o constructivo sobre el modelo de isla (tan necesario en plena crisis habitacional y de gestión de recursos), sino de la urgencia de ciertos sectores por erigirse en los nuevos guardianes de la moral colectiva. Cualquier postura que no se alinee milimétricamente con los dogmas del momento es despachada mediante la descalificación personal, la etiqueta simplista o el señalamiento público, especialmente amplificado en el ecosistema digital.
El riesgo de esta dinámica es que el ciudadano medio, el creador, el activista o el profesional prefieren el repliegue y el silencio antes que someterse al veredicto de estos tribunales de la corrección. Cuando el miedo a ser señalado sustituye a la libre expresión, la comunidad pierde su capacidad de autocrítica.
Los datos demográficos reflejan que la isla no es el entorno cerrado de hace unas décadas. Según las últimas actualizaciones del Instituto Canario de Estadística (ISTAC), la población de Lanzarote ha consolidado una evolución que supera ya los 160.000 habitantes residentes, convirtiendo nuestro territorio en un mosaico profundamente heterogéneo y multicultural. Desde Yaiza hasta Órzola, la realidad social se ha complejizado.
Pretender gestionar una sociedad con este nivel de diversidad bajo un patrón de pensamiento único o una moral homogénea es un error sociológico evidente. La riqueza de una comunidad moderna e internacional como la nuestra radica en su pluralidad, no en la uniformidad impuesta por quienes se arrogan el derecho de decidir qué debates son aceptables y cuáles deben ser silenciados. No se puede avanzar si se asfixia el debate sobre el equilibrio entre el turismo, la sostenibilidad y el bienestar local.
El verdadero progreso de Lanzarote no vendrá de la mano de una vigilancia mutua que suspende las ideas, sino de la recuperación del respeto por la postura ajena. La convivencia democrática flaquea cuando exige silencio y prospera cuando aprende a escuchar lo incómodo. Al final, no es la ausencia de conflicto lo que nos hace avanzar, sino la valentía de sostener el disenso como la única garantía real de nuestra libertad.
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