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Las Provincias

En estado de emergencia

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Las pasadas navidades, el Ayuntamiento de Valencia obsequió a varios periodistas con un kit de supervivencia. Llevaba brújula, una pequeña radio como las de antaño ... y linterna, entre otras cosas. Por si venía un nuevo apagón, nos vinieron a decir. Meses después, en un emotivo encuentro con Cruz Roja para conocer alguno de sus proyectos más trascendentes de la ciudad, me obsequiaron con una mochila muy completa en la que tampoco faltaba de nada. Incluía un botiquín con cosas esenciales, un aislante térmico, una batería externa... hasta un bolígrafo. Quizá para que los periodistas no dejemos de ejercer nuestra profesión en los momentos más críticos. Que es cuando más falta hacemos. En las emergencias. Esas que traen crisis humanitarias, abren en canal el paisaje y siembran todo de incertidumbre y angustia. La coincidencia de esos obsequios, en apenas unos meses, no es una mera anécdota. Es la constatación, la piel fina que envuelve lo que estamos viviendo. El reflejo de este tiempo en el que todo parece extremadamente frágil. A momentos, desconcertante. En lo global -a nivel mundial- y en lo local -en nuestro entorno más cercano-. Un tiempo en el que, nuestros hijos lo saben bien porque les ha tocado en cadena todos estos acontecimientos, hemos vivido una terrible pandemia que sembró de muerte el planeta y nuestro país. También la Comunitat. ¿Quién olvida el espanto de esa residencia de mayores con más de setenta fallecidos por contagio como pasó en Alcoy? Fue un tiempo atados al recuento de víctimas diario y que nos trajo la experiencia inédita para muchos de nosotros de tener que encerrarse en casa, circular con mascarilla, sufrir restricciones en la compra... Supuso una quiebra en el bienestar sostenido que vivíamos, donde el Covid apareció como algo distópico. Inesperado. De otra época. Como aquellas pestes que zarandearon la humanidad siglos atrás. La consellera de Sanidad en aquel momento lo recordará bien. Ana Barceló se convirtió en pieza clave del consell de Ximo Puig. Y sufrió un fuerte desgaste personal. Pero eso sólo fue el primer eslabón de una amplia cadena de convulsiones de toda índole: climáticas, humanitarias y sociales. Diría que hasta políticas. Porque le siguió la erupción de un volcán en nuestro país, un apagón histórico y unos conflictos bélicos que no entraban en nuestros códigos, porque acariciaban el territorio europeo y repercutían directamente en nuestra seguridad y, algo más palpable, en la cesta de la compra. Aunque, de todas esas situaciones críticas, lo más reciente y posiblemente dañino para los valencianos ha sido la desgarradora dana del 29 de octubre. Lo que vivimos aquella tarde, noche y madrugada. Y lo que vino después. El espanto de sus consecuencias, de la gestión y de la bronca política que acabó con el ánimo y la paciencia de la ciudadanía. Esa que ya nunca olvidará lo pasado. Porque esa dana fue la constatación de que nada es ya igual ni puede seguir siéndolo. La constatación de que las lluvias, siempre virulentas en nuestro territorio, lo son cada vez más. Más letales y más extremas. Como el clima en su globalidad. Este calor, por ejemplo, que aún padecemos y que nos está obligando a cambiar hábitos de vida y que nos deja balances de muertes vinculadas a las altas temperaturas estremecedores. Y junto a ello, los incendios. Cada año más pavorosos, letales, incontrolables... Más próximos a zonas pobladas y dañinos para nuestros montes. Lluvias, incendios, epidemias, sequías, guerras y, de su mano, crisis políticas... nos encapsulan en un estado de emergencia continuada que nos debe hacer reflexionar. Nos debe hacer ver a la ciudadanía los riesgos a los que nos enfrentamos y las prevenciones que debemos tener. No con ánimo de ser catastrofistas, sino más bien realistas. Lo debemos ver nosotros, pero también los dirigentes políticos que deben reformular sus prioridades. Y quizá darse cuenta que sus equipos de gestión precisan de nuevos perfiles y de nuevos talentos, que sean capaces de afrontar esta nueva realidad que nos constriñe por todos los lados. La vida hecha una emergencia. Hoy entrevistamos a Juan Carlos Valderrama, conseller de Emergencias e Interior, que este verano ha demostrado solvencia y entrega. Sustituyó a Salomé Pradas, que fue arrastrada política y judicialmente por la riada del 29-O. Ella sabe bien ahora que es asumir un cargo como el de ser responsable de las Emergencias. Lo que ello implica. Como lo supo José María Ángel con Puig, al que hay que reconocerle un gran trabajo en la cartera en aquella legislatura, aunque también le tocó afrontar un momento crítico con el incendio de Bejís, que sigue por cerrar. Todos ellos saben ahora, no sé si cuando asumían el cargo, lo delicado del puesto. La importancia del mismo que, sus propios jefes -en este caso el presidente de la Generalitat- deberían asumir en persona. Que por algo son la cabeza visible del Consell, en este caso. Como lo debe ser Pedro Sánchez respecto a Grande- Marlaska. Entre otras cosas, porque una emergencia, más allá del hecho desencadenante, tiene derivadas que hay que ver con una perspectiva de 360 grados. Esa que engloba a Sanidad, Educación, Justicia, Medio Ambiente, Infraestructuras... y a todas las administraciones. Pérez Llorca, desde ya y en la próxima legislatura, si continúa, debería tomar muy en cuenta esta nueva realidad, extrema y desconcertante, que vivimos. Él, Diana Morant o cualquiera que aspire a liderar la Comunitat. Debería tener en cuenta lo vivido y lo que puede venir. Tener en cuenta que estamos en territorio de emergencia cronificada. Y que eso implica esfuerzos en ciertas partidas que antes no debíamos tener tan presentes pero que ahora son indiscutiblemente necesarios. Medios para la lucha contra el fuego, refuerzos de personal, técnicas modernizadas, planes de prevención y educación, sistemas de alerta actualizados, refugios climáticos, regulación de horarios y protección de los trabajadores, climatización de colegios y espacios públicos, limpieza de cauces, infraestructuras antirriadas, servicios de urgencias preparados... Y, por encima de todo ello, equipos de gestión con mucho talento, fidelidad al proyecto y entrega al frente de los departamentos. Y algo vital, hacen falta pactos que permitan planes duraderos y eficaces. Política de altura que salve vidas. Es domingo 6 de septiembre.Quizá, lo de contar con figuras como el teniente general Francisco GanPampols en el Consell no era mala idea. Eso sí, dándole margen de maniobra real. O al menos, es una idea a explorar. Por muy incómoda que fuera para algunos. De un sorbo y sin azucarillo.
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