Tener mucho dinero lo convierte a uno en mejor persona. Y así, colocando el corolario al principio de este artículo y no al final, como corresponde, nos aventuramos a decretar categóricamente una verdad absoluta. Verdad absoluta, no obstante, únicamente para el soñador, para el iluso, para el bobo. Para el perseguidor ingenuo que con ahínco acecha el pellizco suculento, el codiciado y sabroso bocado de una lotería. Con mucho dinero, forzoso es deducirlo, uno tiene que ser feliz, uno tiene que volverse alegre, y amable también.
Y esa alegría y amabilidad contagiarán irremediablemente a todos aquellos que en su camino se crucen. El mundo entero, tocado dulcemente por la generosa varita mágica del sujeto adinerado, se transmutará, a su paso, en recipiente fabuloso de seres vivos retozadores y alborozados: «Buenos días, María. Qué bien se la ve a usted esta mañana», saluda el flamante y nuevo millonario desde su vehículo de altísima gama, con voz aterciopelada y gesto risueño. Y María, que en realidad se llama Begoña, y que no había visto en su vida a semejante mamarracho, se queda mirando con asombro y cierto recelo cómo se aleja ese tiparraco en su coche mortuorio. A una determinada edad —todo hay que señalarlo—, apearse de un vehículo juvenil y coquetón puede resultar particularmente grotesco. No es extraño contemplar a un millonario maduro salir arrastrándose a duras penas de un deportivo achatado, deslizándose el carcamal a gatas, entre gemidos y resuellos penosos. Pero no negaremos que algo hermosamente sagrado hay en esta peripecia: abandona uno el coche besando el suelo, postrado, como una especie de enviado del Señor, como un humilde y decrépito representante de Dios en la tierra. Mi corazón está henchido de felicidad y mi bolsillo de riqueza, ergo me hinco en el asfalto con humildad para dar gracias a la vida.
Todo se puede con dinero. Más allá de alcanzar esa serenidad preciosa del corazón, se consigue también derretir el alma de aquellas personas que hasta hoy habían desdeñado nuestras amorosas insinuaciones. Nos despreciaban porque éramos pobres. Pero qué tremenda sorpresa va a llevarse la dependienta de la droguería, bellísima criatura que tantos desvelos pasados nos ha procurado, que tantas noches agitó secreta y dolorosamente nuestros sueños: «Buenos días, Josefina. Siete millones tengo. ¿Me quieres ahora?» Como para no quererlo, con esa mirada tierna, arrebatadora, con ese caminar semierguido, esa fragancia singular de príncipe descendido de los cielos, esas arruguitas en el pescuezo, tan reveladoras... A patadas lo sacan de la droguería, a violentos empujones, pero ya se sabe que muchas damas expresan su irresistible deseo con cierta brusquedad.
Mi reino por un pellizquito. Es decir, un pellizquito para poder construir un reino. Juegue usted con moderación. Y así sucede: un drama personal tras otro, una ruina familiar tras otra, a cuál más lamentable, a cuál más inspiradora de verdadero patetismo, en ese peligroso afán por arrancar del pastel unas migajas. Inmensas fortunas diluidas en las perversas manos del azar, tan caprichoso en su crueldad. Y todo por saborear las tentadoras mieles del lujo, por abrazarse ansiosamente a la hueca y nociva frivolidad. Y todo por convertirse uno en mejor persona.
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