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Marcelo Padilla

Pandolfetti

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Estas son algunas de las tantas peripecias que supo sobrellevar en vida el Señor Edelmiro Pandolfetti. Italiano de profesión. Infeliz por oficio. Y para que se entienda el cuadro de situación sería ideal que el lector tuviera a mano una foto del hombre en cuestión. En la escuela nocturna en la que soy sereno no tengo una sola foto del Señor Edelmiro Pandolfetti para mostrarle. No obstante retengo en mi memoria la cara de él. Y hasta sueño con él. Con lo cual el recuerdo del rostro de Edelmiro Pandolfetti se centuplica en mi mente. Y se graba, como una traza, en los oscuros pasillos de mi discernimiento. Para serle sincero: no es agradable que a un sereno se le aparezca como si nada y en la oscuridad, la cara de Edelmiro Pandolfetti. Es una aparición torpe. El tipo corre el velo de su humanidad con la sábana que se pone sobre su cuerpo, tapando su cabeza, para decirme que él es un fantasma. Y yo le doy una palmada en la espalda, y le digo una zalamería de aprobación, y me lo saco de encima. Plomazo en el humor. Algunos adeptos como él le festejan sus chistes. Sus pésimos y tediosos chistes a los que él llama "cuentos verdes". Pero para que se ubique el lector, en este caso, apelaré a mis habilidades de observador. Soy un sereno de una escuela nocturna que duerme poco y vigila, día y noche, la institución. Por tanto, quiero contarle de qué va la cara de este señor Pandolfetti. Nombraré a continuación algunas características sobresalientes de su rostro, para que se haga una idea el lector: cara de ítalogitano, nariz prominente, barba angulada. Usa normalmente chiva (característica universal) Aclaro: tiene cara de imbécil. Ya se darán cuenta por su historia de vida. Yo especificaría más: tiene el gesto rancio y además le cuelga un mohín de canchero de su labio inferior izquierdo. Su media sonrisa lo revela. Tal cual se muestra un sabelotodo el tipo, chorrea soberbia, impotencia y fracaso. También podríamos agregar, a modo de referencia ilustrada, al personaje de la historieta de Isidoro Cañones. Por su parecido. Por decir algo familiar que acerque al lector a la fisonomía de este extraño sujeto por vía de la imaginación. Tiene un pequeño lunar en su cara, un punctum. Y cuando en otras caras un pequeño lunar dice mucho, en la cara de él no dice nada. Es un detalle menor que en él pasa desapercibido. Sirve de señal para quien se represente la cara del señor Pandolfetti leyendo este escrito. ¿Aporta? Sí, aporta. ¿Bigote? Sí, pero tirando a frondoso, y a veces muy tupido, barba rala por lo general no usa. Más bien se le ve un aire de conquistador disfrazado. Es un tipo común y corriente. Con esos atributos yo supongo que algo podrá imaginarse el lector y pensar, en una cara de Pandolfetti suya. Cada uno tendrá su Pandolfetti propio producto de la imaginación. Pero vamos a su historia. Edelmiro Pandolfetti nació un día perfecto. No digo ideal, digo perfecto, por la intersección de dos vidas que se cruzaron una mañana. Había un sol de la san puta. Por lo general nunca sale el sol. Pero ese día pareció ser un día muy especial. Su tierra es un lugar húmedo y baldío. Hacían 24 grados esa mañana. Ni una nube. Lo bendijeron al aire libre. Estaba toda la parentela alistada en el pelotón. Un cura andrajoso alzando su mano derecha, le untó la frente a Edelmiro Pandolfetti con una lámina de agua bendita. Y Pandolfetti se largó a gritar. Lloraba sin parar Edelmiro Pandolfetti. Chillaba como un marrano. Los gritos del niño se escucharon en todo el pueblo por el eco de los paredones de la iglesia. Entonces, el cura procedió. Y le dio una bofetada fuerte, y le dejó coloradísimo el moflete. Y así Pandolfetti se calmó. Quedó haciendo pucheros y suspiros, con los dedos marcados del cura en su cara. El niño Pandolfetti gemía. Mientras le untaban agua bendita en su frente y el cura decía cosas en latín las tías de Pandolfetti miraron al cura, y no con buenos ojos. No dijo ni mú ese niño de ahí en más. Después del bofetón quedó quietito. Medio turulo, por qué no. Los padres de Pandolfetti aprobaron al cura tras la ceremonia. Y le dieron las gracias con enjundia, se hincaron ante él en señal de despedida. Y en medio de aplausos y emociones los padres se subieron al mancarrón, y se llevaron a Edelmiro Pandolfetti a upa, atravesando la capital para volverse a su pueblo. Al padre de Edelmiro le pintó llevarlo a bautizar arriba del mancarrón, y la madre, que resultó de la relación con su esposo una apropiada sumisa, aceptó la travesía sin decirle nada a su marido. Aceptó por silencio y no por ademán. El marido hablaba y daba órdenes, y ella acataba con entrega y lealtad. Entonces, los padres llegaron en caballo, con el niño envuelto en una manta de lana por si las lloviznas, tan frecuentes por la zona. Cruzaron la llanura y recalaron en el ancho paredón de la iglesia. Los esperaba un cura, de nombre y apellido Aníbal Boceto. Un italiano que mandaron a hacerse cargo del templo del pueblo luego de ser expulsado del suyo, en el tirreno. Pero mire vea cómo son las cosas. Este tal Aníbal Boceto lo iría a bautizar a Pandolfetti allá, donde se cruza el tiempo con el demonio. Hay que informar que en su pueblo natal, Aníbal Boceto, practicó un ars extrañum. Su método consintió en pegarle una bofetada a cada niño que sollozara con el agua bendita. Pero hubo un día.... Las madres se quejaron del maltrato que les dispensaba Aníbal Boceto, el cura recienvenido. A los niños, los abofeteaba por las dudas. Y por esto que hizo el cura lo terminaron echando de su parroquia sus superiores. De la única parroquia que tenía el pueblo donde nació Aníbal Boceto, nuestro sacerdote hoy, lo echaron como un perro, a patadas, y vino a recalar aquí. Y que por cuestiones que no sabemos, un día llegó a la Argentina, para hacerse cargo de la Iglesia Santiago Bal. Y justo ese día le tocó el turno para ser bautizado Edelmiro Pandolfetti, en la misma iglesia Santiago Bal. Mire vea cómo son las cosas, dos veces entonces, don usté. Hagamos una composición de lugar: El niño tiene 17 años. Lo llevaron a bautizar sus padres. Iban arrepentidos de no haberlo hecho nunca. El niño Pandolfetti, hay que decirlo, fue criado a bofetadas. Pobre niño Pandolfetti, ¿usted dirá? Pero mire vea: el niño es y será un mentecato infumable. ¡Claro que nos encontramos ante un caso singular! ¡Eso mismo digo yo! El niño ya es grandecito. Tiene pelos enrulados y duros en las pelotas. Lo extraño resultó ver a sus padres llevando al niño Pandolfetti a upa, en una manta de lana, arriba del mancarrón. Como si fuera un bebé y entre medio de ambos progenitores, pero arriba del mancarrón, llegó Pandolfetti a la iglesia a bautizarse envuelto, como se dijo, en una manta de lana. ¡Pandolfetti el imbécil, le pusieron sus amigos! Luego de su alumbramiento y como al mes y pico, sus padres, lo anotaron en el registro civil con la siguiente gracia: Edelmiro Adrián Pandolfetti. Pero su apellido debería ser Pandolffetti, así, como se lee, con dos efes. Entonces no coincidieron los documentos del padre con los documentos del hijo. En la libreta de enrolamiento de su padre se leía claramente Pandolffetti, con dos te y dos efes. Por una efe Pandolfetti se distingue de su padre. Lo dejaron así, cuando a los quince del pendejo, sus padres se dieron cuenta ya era medio tarde. Entonces, a todo lo dejaron así, a la que te criaste, llenando los vacíos de Edelmiro de silencio. Esa efe de menos le costó sobrellevarla, hasta que se hizo grande y peinó canas de su escuálida cabellera. Lo criaron con los mismos hábitos con los que se cría a un niño chico. Y el tipo fue creciendo, como todo humano normal. Y se afeitó solo. La madre lo afeitó de adolescente y él se dejó afeitar hasta los veintipico de años, ya largos. Llegó a pedirle a su madre teta. Argüía este boludo que quería mamar y tomar cheche. Eran las cinco de la tarde, y él pedía la cheche. La madre le llevaba el desayuno a la cama para despertarlo, hasta los domingos de resaca le llevaba el desayuno al vago y pajero y turuleco de Pandolfetti: michuchi michuchi, levantesé, que la mami le trajo el desayuno, le decía su madre sumisa, haciéndole arrumacos a un tipo con barba y olor a sábana hedionda. Debo hacer un apartadísimo párrafo en la vida de Pandolfetti: su paso por el alcohol. Solo adelantaré que se hizo adicto al tinto. Por el momento creo más necesario atienda yo y con urgencia, las conductas de Edelmiro Adrián Pandolfetti producto de su crianza, desvelo de las instituciones que alguna vez y a su tiempo lo acunaron de niño, de adolescente, de jovenzuelo y de adulto. Ya hablaremos del alcohol. A Edelmiro Pandolfetti le decían en su barrio Edelmiro el imbécil. Y lo coronaron como el primer imbécil, para que sienta el orgullo de ser el primero en algo. Se lo decía su padre, sus tías, los maestros de la escuela, la directora del instituto de inglés al que asistía por las tardes. Lo habían mandado a estudiar idiomas para progresar en su vida. Él decía que quería ser astronauta. Pero, Edelmiro, no entendía... Tenía que aprender inglés por si fallaba el plan de la astronáutica, según dijo su madre. Ella se ilusionaba conque su hijo fuese cura o astronauta porque le daba igual. Estaba orgullosa del imbécil de hijo que crió con su marido. Y eso es de entender, porque madre hay una sola. Él, el mismísimo Pandolfetti, estaba convencidísimo de que iba a ser astronauta de grande, cuanto menos lo haría por deporte, como si ser astronauta fuera un deporte. Él dijo que sería el astronauta de su barrio. Tenía que rendir en la Nasa y no sabía sumar ni restar. Necesito un traje, -dijo, el boludo de Edelmiro Pandolfetti- un traje de astronauta de pies a cabeza con escafandra y todo. Quiero probarme a mí mismo frente al espejo. Para ser astronauta hay que vestirse de astronauta. Decía el torpe. Ya tiene veintipico de años el peludo de Pandolfetti. Y cuando cumplió los treinta, su madre le llevó el desayuno a su cama, más unas revistas Play Boy para que su hijo mirara chicas semidesnudas, , le contaba irónica y pudorosa, la madre de Pandolfetti a sus amigas. Y lo despertó con un libro de regalo ese día que cumplió los treinta. . Es un libro de Hadas, resumido. Con dibujos. Escrito por los hermanos Grimm. El tipo tenía un aliento de oso. Tufo a resaca. le respondió Pandolfetti a su madre, amorosa ella como siempre. Y así, cosas por el estilo, en la conducta de este pobre tipo. Italiano de profesión, infeliz por oficio.
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