EN

En Excedencia Voluntaria

El arte de exigir menú gratis en casa ajena

Image
Resulta descorazonador comprobar cómo los medios de comunicación carecen por completo de la sutileza necesaria para renovar su catálogo de obsesiones. Uno alienta la ingenua esperanza de que la actualidad, en su vertiginoso dinamismo de consumo rápido, tenga a bien jubilar de una vez la cantinela de Ceuta y las cuotas migratorias. Pero no hay manera. Sigue la matraca, dale que dale, en una suerte de bucle infinito donde el espectador, con la tostada a medio masticar ante el telediario matutino, asiste a la misma representación dramatúrgica un día sí y otro también. Por mi parte, debo confesar que me encuentro en una encrucijada dialéctica verdaderamente fatigosa. ¿Qué se supone que debe decir un ciudadano de orden sin que una turba de inquisidores digitales o de salón le aplique de inmediato el sambenito de racista? Porque claro, si a uno le da por expresar, con esa lógica elemental que da la observación directa, que le jode profundamente ver cómo un puñado gordo de indocumentados toma y sienta plaza en territorio nacional como quien reserva hamaca en un resort de Benidorm, la maquinaria del adoctrinamiento moral se pone en marcha a pleno rendimiento. Y eso, francamente, disgusta. Disgusta porque la etiqueta no solo es injusta, sino técnicamente imprecisa: uno no abriga animadversión alguna contra el pigmento melánico ni contra la procedencia geográfica del prójimo, sino contra el atropello al sentido común y a la noción más elemental de propiedad y frontera. Lo más fascinante de esta ópera bufa no es ya la constante entrada de intrusos, sino el exquisito nivel de exigencia con el que algunos desembarcan. He tenido la oportunidad de escuchar en persona a cuatro zanganazos de envergadura quejarse, sin que se les mude el color del rostro ni un ápice, de los paupérrimos servicios de acogida en Ceuta. Al parecer, la falta de una tercera comida diaria caliente o la escasez de variedad en el menú de la residencia temporal constituye una afrenta insoportable a sus derechos humanos más fundamentales. Servidor contempla la escena con una mezcla de pasmo y admiración hacia semejante despliegue de desenvoltura. Llegan sin llamar a la puerta, saltándose las vallas o bordeando los espigones con una convicción indomable, para a renglón seguido emitir un informe de evaluación de tres estrellas sobre la calidad del catering institucional. Hay que reconocerles, al menos, un empaque y una osadía dignos de mejor causa. Ante semejante panorama, la doctrina sociológica moderna pretende que abramos los brazos, derramemos lágrimas de empatía y convirtamos el Estado de bienestar en un albergue de libre acceso sin límite de aforo. Sin embargo, uno prefiere adscribirse a una filosofía infinitamente más pragmática, milenaria y eficaz, sintetizada en el sabio e imbatible refrán popular: Tú en tu casa y yo en la mía. No se trata de odio, válgame Dios. Se trata, sencillamente, de arquitectura doméstica y convivencia elemental. La civilización humana ha invertido varios milenios en inventar las paredes, los tabiques y las cerraduras por razones eminentemente prácticas. Mi casa es el espacio donde decido quién entra, quién se sienta en mi sofá y qué marca de café se sirve a la mesa. Tu casa es el ámbito donde puedes ejercer exactamente los mismos derechos sin que servidor se presente a las tres de la madrugada exigiendo un plato de sopa y criticando el decorado de las cortinas del salón. La coexistencia pacífica y el respeto mutuo jamás se han fundado en la abolición de las puertas, sino en la certeza absoluta de que cada cual debe gestionar su propio tejado. Y aquí conviene hacer una precisión de vital importancia para quienes gustan de revolver en los armarios ajenos. En esta casa nuestra, fruto de siglos de vicisitudes, torpezas, aciertos y sacrificios de generaciones anteriores, conservamos ciertas piezas de incalculable valor frágil. Pongamos por caso nuestros jarrones chinos. No unos jarrones cualesquiera comprados en un bazar de liquidación a última hora, sino valiosísimas piezas de una dinastía antiquísima, delicadísimas porcelanas de la convivencia social, la seguridad jurídica, el orden institucional y la identidad cultural. Son objetos ornamentales y funcionales que han resistido terremotos históricos, pero que no están diseñados para aguantar la estampida de una turba desordenada ni las pataletas de quienes confunden la hospitalidad con el derecho de usufructo ilimitado. Por consiguiente, la advertencia debe ser clara y tajante: ni se os ocurra rozar, tropezar o romper ninguno de mis jarrones chinos. Si alguien decide entrar por la ventana sin haber sido invitado, lo mínimo que se le exige es que camine de puntillas, mantenga las manos pegadas a los bolsillos y no rompa la vajilla antigua de la familia. Aunque lo ideal, por pura lógica de convivencia internacional, sería que cada cual permaneciera al cuidado y restauración de sus propias porcelanas continentales. Resulta enternecedor observar cómo el relato oficial pretende vendernos que la ruptura del orden es una suerte de progreso inevitable, un peaje moral que debemos pagar aliviadamente para expiar no se sabe qué culpas históricas. Pero la realidad cotidiana, terquísima ella, desmonta la comedia día tras día. Cuando el discurso buenista choca frontalmente con la arrogancia del que exige mantenimiento gratuito tras haber forzado la entrada, el decorado de la corrección política se cae a pedazos. Continuarán, por supuesto, las tertulias televisivas analizando la cuestión con ese todo de gravedad simulada. Se sucederán las cumbres bilaterales, los discursos bienintencionados de diplomáticos con moqueta fina y las asignaciones presupuestarias a fondo perdido. Mientras tanto, a ras de suelo, Ceuta seguirá sufriendo la presión constante de quienes han descubierto que el victimismo es el salvoconducto más eficiente para exigir prestaciones, y los ciudadanos de a pie continuaremos soportando la matraca mediática mientras miramos de reojo nuestros jarrones chinos, rezando para que a ningún zángano indocumentado le dé por pegarles una patada en nombre del multiculturalismo de integración. @mundiario
El arte de exigir menú gratis en casa ajena
View on original source
Share
Archive
Like

(0)Comments

 

Related Opinion

A note on cookies

Newshunt uses essential cookies to keep you signed in and to remember your language and country, so the site works the way you expect. With your permission, we'd also like to use analytics cookies to understand how people use Newshunt and improve it over time.

Accepting only affects analytics. To learn more, view our Privacy Policy or Terms & Conditions.