Quizá usted, como yo, prefiere que la derecha radical no llegue al poder. Eso es relativamente fácil de decir. Lo importante es la pregunta posterior, particularmente acuciante después de que, ayer, Alternativa por Alemania se convirtiera en el partido más votado en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, con un 44% de los votos. ¿Cómo lo hacemos?
En los últimos diez años, el ecosistema político ha hecho sobre todo tres cosas. Por un lado, se han articulado fuerzas que se denominan a sí mismas "antifascistas". Estas, en general, no sirven para frenar el fascismo —un nombre poco apropiado para estas formaciones, que son extremas pero no fascistas—, sino que lo alientan y, cuando son de izquierda radical, son igualmente autoritarias. El efecto negativo del "antifascismo" para frenar el "fascismo" es particularmente visible en el caso de Jean-Luc Mélenchon en Francia. Si el año que viene este no pasa a la segunda vuelta de las presidenciales francesas, sino que lo hace un candidato centrista, este puede ganar a Marine Le Pen. Si el duelo final es Mélenchon-Le Pen, ganará Le Pen.
En segundo lugar está la marginación social y cultural de los partidos de derecha radical y sus votantes. En Alemania, durante más de una década, ninguna asociación empresarial o cultural que se preciara invitaba a los miembros de AfD a las reuniones que organizaba. En Francia, 200 intelectuales publicaron un ruidoso manifiesto de protesta cuando el millonario empresario de medios Vincent Bolloré, uno de los principales apoyos de Le Pen, compró una editorial histórica, Grasset. En España, muchos activistas de izquierda han abandonado Twitter para boicotear las ideas de Elon Musk y el funcionamiento de su algoritmo, y se han pasado a la red minoritaria y homogéneamente de izquierdas BlueSky. El resultado de estas tres cosas ha permitido a la derecha radical, en primer lugar, presentarse como víctima del establishment; en segundo, denunciar a los intelectuales progresistas como unos malcriados moralistas; y, finalmente, reírse de una izquierda que no sabe dar la batalla cultural.
Y en última instancia está el célebre "cordón sanitario". Esta es una expresión francesa, que en alemán se denomina Brandmauer, literalmente "cortafuegos", según la cual los partidos moderados no solo no deben formar coaliciones con la derecha radical, sino que no deben negociar con ella y deben incluso repudiar su apoyo aunque este se produzca sin ninguna contrapartida. Deben hacer, pues, como si los votantes de esas formaciones hubieran optado por que les representara un partido que no puede ser representante legítimo de nadie.
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Este cordón o muro ha ido cayendo en todas partes, por la razón de que en ocasiones es muy difícil crear mayorías parlamentarias que no sean antinaturales si se ignora a partidos que tienen hasta un 30% de los votos, y de que la derecha tradicional ha decidido romperlo en algunos sitios porque, como en el caso de España o Italia, a la inmensa mayoría de sus votantes no les importa en absoluto.
Pero también porque es democráticamente muy difícil explicar por qué los representantes de ese muy significativo porcentaje de gente no tienen derecho a participar en gobiernos o en la elaboración de leyes, por atroces que con frecuencia sean sus ideas.
De Sajonia al mundo
Sajonia-Anhalt es un land pequeño —dos millones de habitantes de los 86 de toda Alemania— y relativamente poco representativo. Pero la abrumadora victoria de ayer de Alternativa por Alemania ejemplifica muy bien hasta qué punto la triple estrategia europea contra la derecha radical ha sido un fracaso.
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¿Qué deberíamos hacer? Ante el fracaso de estas respuestas, tal vez debamos empezar a tratar a estos partidos de otra manera para ver si esta es más efectiva para frenar su avance. En primer lugar, pensar que, por desagradables e ineficientes que sean muchas de sus ideas, son partidos normales que tienen derecho a participar en la elaboración de la legislación y en coaliciones de gobierno. En segundo, entender que sus votantes son gente normal que tiene tanto derecho a equivocarse como todos los demás, aunque ellos lo hagan de una forma particularmente peligrosa. La marginación no sirve. Es contraproducente y da alas a los partidos radicales y a la participación de los votantes radicales, como vimos ayer.
De lo que se trata, como digo, es de frenar el ascenso de la derecha radical. Y eso puede pasar ahora mismo, paradójicamente, por dejarle gobernar cuando sea justo. Si AfD alcanza la mayoría absoluta, no hay nada de lo que discutir, pero el ejemplo sirve para otros lugares. Su programa es ciertamente peligroso. Pero necesitamos que los votantes vean hasta qué punto en muchas cuestiones, como las repatriaciones masivas o la expulsión de las bases estadounidenses, es además imposible de llevar a la práctica. Y más de la mano de políticos que nunca han sido administradores de lo público, desprecian la gestión y entienden la política como una mera mezcla de agitación y propaganda.
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Nuestra esperanza debe ser que sus votantes se den cuenta y los echen a la próxima. Es una estrategia arriesgada, sin duda. Pero todas las demás han fracasado.
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