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Quiero y no puedo, por María Sánchez

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Podría haber estado en cualquier calle de la ciudad, pero el restaurante se encontraba justo en el límite. Allá arriba, decía siempre mi padre cuando éramos pequeños —apuntaba con el dedo a los chalés con jardín, piscina, grandes paseos, zonas verdes, varios grados menos en verano y servicio doméstico—; sí, allá arriba viven los inmortales, el resto vivimos aquí abajo, en el tostaero, a los pies de la sierra. ¿Por qué elegimos ir allí? No lo recuerdo. Sí sé que queríamos celebrar, hacía tiempo que no nos juntábamos los cinco: un aniversario, un comienzo por venir, los trabajos bien hechos, las pequeñas vidas encauzadas por ahora. Delante un descampado, un solar quizás hambriento de nuevas promociones para aquellos que quieren acercarse a ese cielo bien avenido. Yo había pasado poco por ese barrio, varios desvíos por culpa del trabajo, una sola excursión al centro comercial hoy alicaído con un primer sueldo y algunas consultas a un dermatólogo que no entraba en la Seguridad Social. Ya en la sala de espera dejaba de mirar a mi hermano. Desde pequeño se le daba muy bien imitar a cualquiera que conociese y aprendía gestos, maneras de decir, palabrerías que en casa nos resultaban extrañas. Nosotros solo pertenecíamos a ese mundo con setos cuidados con esmero y fuentes siempre con agua el rato que duraba la consulta. Al salir, el hechizo se rompía, y él se convertía en el médico: llorábamos de risa por cómo pronunciaba todas las sílabas, de qué manera elegía y decidía acabar una a una todas las palabras. Años más tarde tuve que volver, pagarlo de mi bolsillo. Llevaba poco viviendo sola: era un piso interior minúsculo, lleno de cucarachas y sin apenas luz, pero era mi casa. Comenzó una picazón por todo el cuerpo, no podía dejar de rascarme. Deseaba el momento de quedarme dormida para estar en paz, olvidarme de ese ímpetu por levantarme la piel. La médica de cabecera me preguntó cómo me sentía, si estaba estresada, ¿tal vez deprimida? Le conté que se había suicidado mi mejor amigo del colegio. Me recetó ansiolíticos y me aconsejó que me tomase las cosas con calma, porque todo estaba en mi cabeza. A la semana estaba delante del dermatólogo, levantándome la camiseta. Interrumpió mi monólogo con una sola pregunta: ¿en qué número y calle vives? No tardó un segundo en responder: en uno de los peores edificios de la ciudad, construido con materiales de bajo coste, y con tuberías que siguen llevando amianto. Me dijo que me dejase de pastillas, que bebiese agua mineral y que me duchase y lavase mi ropa en otro sitio. Gracias a las casas y lavadoras de familia y amigos, el prurito desapareció. Lee también Carne para la trituradora María Sánchez Pequeñas desobediencias María Sánchez Recordé todo aquello ya sentada a la mesa, nos preguntamos si la consulta seguiría en pie, volvimos a reírnos de las burlas de aquellos años, de la sospecha inocente sobre los lugares que ofrecen siempre una escenografía —una solución, una promesa—, la justa y necesaria sensación de que has avanzado y todo irá bien. ¿Quizás ese era el trasfondo de nuestra elección de restaurante? El manjar se hacía esperar y el pan desaparecía, apenas quedaba aceite en los platitos de aperitivo, de repente hacía más calor de lo normal, nos parecía que las mesas estaban demasiado juntas. Pero nosotros seguíamos sonriendo a pesar del mal servicio, de una carta que prometía alimentos que no se encontraban de temporada ni eran típicos de la ciudad, de unas cantidades que nos iban a dejar con hambre. Ya hablábamos de qué prepararíamos para la cena, seguíamos riéndonos, pero no éramos capaces de admitir que estábamos comiendo muy mal. Estábamos en el borde, y quizás éramos nosotros los que teníamos el problema. El resto de comensales disfrutaba de la simulación, el personal del restaurante nos miraba con recelo. Dentro de mí bullía una pequeña vergüenza, el rubor antes ciertas formas —escenarios y espejismos— de prestigio. Admiro la capacidad de engaño, la impostura, las formas de legitimar el gusto y el deseo de estos lugares que performan los códigos, los precios y lenguajes de esa 'alta cocina', y que terminan siempre saliéndose con la suya. Te hacen sospechar que eres tú el que no entiendes, sientes que no eres bienvenido por no pertenecer. Si no te gusta es que no tienes ni idea, no te has esforzado lo suficiente, no está a tu alcance, no es para ti. Antes de que llegase el postre volvió a la piel un fugaz hormigueo. Quizás un amable y útil recordatorio: desconfía de aquello que te obliga recelar de tus propios sentidos.
Quiero y no puedo, por María Sánchez
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