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Inés Martín Rodrigo

Adiós, recuerdos para todos

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Hace unos días, murió el escritor estadounidense Wendell Berry. Lo hizo en la casa de la pequeña comunidad rural de Port Royal, en su Kentucky natal, en la que llevaba viviendo, trabajando los doce acres de tierra que la rodeaban, escribiendo en un pequeño estudio, unos veinte metros cuadrados, sin luz eléctrica y separado de la vivienda principal, desde que se instaló en ella junto con su mujer en el verano de 1965. Más de sesenta años arraigado, él y toda su familia, allí crio a sus hijos y estos a los suyos, en el mismo lugar, cercano al condado de Henry en el que nació en 1934, al que quiso volver tras conocer Europa y pasar un tiempo dando clases en Nueva York. Esa decisión también implicaba una renuncia, dejar atrás, sin haber cumplido los 30, un buen trabajo como profesor y una posición en el mundo literario que muchos hoy envidiarían. Regresó con miedo e incertidumbre, sabiendo que esas decisiones, como todas las cruciales, nunca se toman con la «sensatez suficiente», pero «con la sensación de haber hecho lo correcto». «De alguna manera, uno termina donde debe estar, si está dispuesto a dejarse llevar». Eso le dijo Berry a Amanda Petrusich durante la visita que esta le hizo en su granja, a la que el autor la invitó después de un año de intercambio epistolar que se inició a raíz de una carta que ella, sintiéndose «existencialmente a la deriva sobre el futuro del plantea», le mandó con la esperanza de que le diera alguna respuesta. Así lo cuenta la periodista en una larga pieza publicada en la revista New Yorker en julio de 2019 y a la que yo he llegado ahora, pues el llamado 'periodismo narrativo' no caduca, te espera, igual que los buenos libros, como todos los que Berry escribió, novelas (Chai Editora ha publicado en castellano su serie de las Novelas de Port William, entre ellas la deliciosa Vida de Hannah Coulter), poesía, cuentos, ensayo, mientras ejercía de granjero, labrando su propia tierra, aunque el determinante posesivo nunca le gustó, ni en la vida ni en la literatura. En un momento de su conversación con Petrusich, el autor recordó cuando él y su mujer entraron «en la autopista de Nueva Jersey de regreso a casa. Llevábamos todas nuestras pertenencias en un Volkswagen Beetle. No quiero parecer una especie de místico, pero sentí un gran y profundo alivio, como si por fin estuviera siguiendo mi verdadero camino». Y todo gracias a su padre, quien una tarde, sentados en el porche de su casa, ya había anochecido y la oscuridad se extendía ante ellos, le dijo: «Bueno, he tenido una vida maravillosa, y no he tenido nada que ver en ello». A sus 84 años, aquel hombre era consciente de que no existen las decisiones fundamentadas. Cuando Berry regresó a casa lo hizo porque quiso, no sabía si estaba haciendo lo correcto, lo mejor para el futuro al que su esposa y él aspiraban. La certeza de que no se equivocó entonces llegó muchos años después, en forma de felicidad compartida. No es fácil conseguir una vida sencilla, tal vez por eso sean tan pocos los que aspiran a ella. Ojalá llegue a alcanzar la sabiduría que Wendell Berry heredó de su padre y, como Hannah Coulter, pueda «irme de este lugar con generosidad, despidiéndome apenas con ese antiguo saludo: 'Adiós, recuerdos para todos'».
Adiós, recuerdos para todos
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