CUANDO conocí a Salva ya era un hombre relevante. Me sorprendió su erudición, su oratoria, su escritura, la facilidad con la que utilizaba las palabras precisas dado su impecable léxico, su firme y bello trazo como dibujante y caricaturista excepcional, su humanismo y su concepción del mundo, y todo, genialmente encuadrado en su profesión. Sin duda, Salvador Moreno Peralta es uno de esos arquitectos que han acabado convirtiendo la profesión en una manera de mirar el mundo.
Arquitecto y urbanista, académico, escritor, prologuista fecundo y magnánimo, dibujante, caricaturista, extraordinario orador y gran conversador, ha hecho de Málaga algo más que el objeto de su trabajo; la ha convertido en una larga pregunta intelectual. Una pregunta que tiene que ver con la arquitectura, naturalmente, pero también con la historia, la cultura, la democracia, la belleza y, sobre todo, con la dignidad de quienes la habitan.
Su participación en El Plan General de Málaga de 1983, elaborado junto a los arquitectos Damián Quero y José Seguí, que obtuvo el Premio Nacional de Urbanismo en 1985, fue para Salva mucho más que un instrumento urbanístico. En aquella experiencia se cruzaron dos reconstrucciones simultáneas, la de una ciudad profundamente deteriorada por el desarrollismo y la de una sociedad que comenzaba a ejercer democráticamente el gobierno municipal. De ahí nació, como él mismo ha contado, su pasión por lo urbano. Y de ahí procede también una de las convicciones que atraviesan toda su obra: 'hacer ciudad es hacer ciudadanía'. Para Salva, el urbanismo nunca fue entendido como una simple cuestión de edificios, calles y aprovechamientos del suelo. Su pregunta no es cuánto se puede construir, sino qué clase de vida puede producir aquello que construimos. Para él, la ciudad comienza precisamente allí donde aparecen las relaciones humanas: en la calle, en la plaza, en el comercio, en el colegio, en el parque, en el paseo, en el encuentro fortuito con el otro. Por eso concede tanta importancia al espacio público. En su ensayo Del vacío a lo público, llega a hablar de ese espacio como de un «edificio invisible». El vacío no es ausencia; está lleno de vida, de memoria, de convivencia y de representación. Una plaza no vale solo porque esté bien diseñada, sino porque hace posible que una comunidad se reconozca como tal.
Desde esa perspectiva, la periferia tampoco es para él una simple cuestión de distancia. Periférico es el lugar al que le faltan aquellas condiciones que permiten sentirse plenamente ciudadano. Puede haber barrios alejados del centro con una intensa vida urbana y lugares próximos al centro que continúen siendo periféricos en términos sociales o simbólicos. La lucha contra la periferia consiste, por tanto, en llevar a todos los barrios las cualidades de la centralidad: servicios, equipamientos, identidad, actividad, accesibilidad, espacios de encuentro y capacidad para desarrollar una vida cotidiana completa.
En esta concepción, la palabra dignidad adquiere un valor casi moral. La dignidad del territorio significa que ningún lugar habitado puede considerarse un territorio de segunda categoría. Tal vez ahí resida la dimensión más humanista de Moreno Peralta. Su urbanismo no mira únicamente superficies, densidades o infraestructuras; mira personas. Y esa sensibilidad explica que su pensamiento haya desbordado siempre los límites estrictos de la arquitectura. Hay en él una profunda cultura literaria y artística, una curiosidad que le lleva de la ciudad a la historia, de la arquitectura a la pintura, del territorio a la poesía. También sus dibujos y su escritura muestran esa otra manera de aproximarse a Málaga. El arquitecto que durante décadas ha representado la ciudad mediante planos y proyectos vuelve a mirarla mediante el dibujo, la memoria y la palabra. Málaga. Verso en azul, realizado junto a Rafael Porras, pertenece a ese territorio en el que la ciudad deja de ser un objeto técnico para convertirse en paisaje vivido. Y su libro Desde el córner y otros remates revela al escritor que observa la realidad con ironía, sensibilidad y una particular capacidad para encontrar en lo cotidiano una historia que contar.
Su capacidad retórica, que nunca deja de admirarme, no es un adorno de su pensamiento, es una de sus herramientas de trabajo. Quizá por eso sus ideas poseen con frecuencia una formulación literaria. Hablar de «dignidad del territorio», de «edificio invisible» o de «ciudad-región» es encontrar palabras capaces de explicar realidades complejas sin reducirlas a tecnicismos. Y Salva defiende sus conceptos con auténtica pasión. Y, como no podía ser de otra forma, Málaga ha sido el gran laboratorio de esa pasión.
Málaga no es ya la ciudad fragmentada que encontró cuando fue gerente de Urbanismo, es una ciudad exitosa en ámbitos como el turismo o la cultura, pero Salva, que la conoce mejor que nadie y la lleva en su corazón, advierte que ese éxito puede destruir las condiciones que la hacen humana. Además, su pensamiento ha ido ampliándose desde el municipio hacia el territorio. De ahí esa formulación suya, tan característica, de que «la Ciudad es el Territorio y viceversa». La cuestión ya no consiste en hacer crecer Málaga absorbiendo su entorno, sino en conseguir que la capital funcione como nodo capaz de articularlo. Por eso su arquitectura y su urbanismo no parten de una ciudad ideal que deba imponerse sobre la existente, sino de una ciudad real, herida por su historia, que puede ser reparada sin perder su memoria.
De ahí también su defensa de la rehabilitación frente a la destrucción indiscriminada. La experiencia de Trinidad-Perchel resulta especialmente reveladora. Regenerar un barrio no tiene por qué significar sustituirlo por otro, sino mejorar sus condiciones de vida conservando, cuando es posible, su tejido social y su identidad. La ciudad no es sólo aquello que vemos, también es aquello que recuerdan quienes la han habitado durante generaciones. En último término, toda su obra parece regresar a una misma idea: 'la ciudad es una construcción colectiva antes que inmobiliaria'. Lo deja patente en Melilla cuya restauración de la ciudad fortificada le llevó a ganar el Premio Europa Nostra de 1999. Y Melilla, en agradecimiento, nombró a Salva Melillense del Año 2025.
Por eso Salvador Moreno Peralta resulta difícil de encerrar en una sola definición. Es arquitecto, pero piensa como un humanista; es urbanista, pero habla como un escritor; es académico, pero conserva la curiosidad del dibujante; es polemista, pero su discusión nace de una preocupación profundamente cívica. Y es un gran orador porque ha comprendido que las ciudades, además de ser construidas, necesitan ser explicadas y defendidas.
Quizá sea esta finalmente su aportación más valiosa. No haber dejado sólo proyectos, planes o edificios, sino haber contribuido a construir una determinada idea de la ciudad. Una ciudad entendida como relación y no como acumulación; como espacio de convivencia y no como mercancía; como territorio de memoria y no como suelo disponible; como escenario de la democracia y no simplemente como soporte físico del crecimiento. Y quizá por eso Málaga sea inseparable de Salvador Moreno Peralta. La ciudad ha sido para él profesión, paisaje, laboratorio, memoria, motivo literario y pasión. Primero tuvo que ayudar a reconstruirla; después, a reconocerla; ahora toca defenderla de los peligros de su propio éxito. Eso le convierte en uno de los hijos predilectos de Málaga.
Me gustaría añadir, como amigo inseparable y contertulio con Manuel Alcántara durante más de quince años, e incluso tras el fallecimiento del maestro, que semana tras semana, comiendo los lunes en el restaurante María, dry Martini en mano, solos o acompañados de buenos amigos, tengo el honor de haber conocido de primera mano la evolución de este erudito, gran arquitecto y humanista, que es Salvador Moreno Peralta.
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