Los niños y la plantas con sus 'estirones' ofician de relojes inesperados, que delatan el tiempo transcurrido lejos de ellos. El filodendro que protegimos del calor tórrido de Madrid, refugiándolo con agua dentro de la bañera durante las vacaciones, nos recibe corpulento, selvático, desmelenado.
Llevamos un mes sin verlo y este arrebato verde ha ganado tanto espacio en nuestra ausencia como para rebalsar la maceta original y pedir a gritos un tutor que le permita erguirse y sacar pecho de nuevo. Habrá que mudarlo y dividirlo, tal vez, en dos o tres sucursales.
Las plantas hablan, no con palabras ni voces sino con sus cuerpos, enseña la filósofa italiana Pia Pera en 'El jardín que querría' (Errata Naturae). Si la primera impresión define, en este reencuentro es difícil no empezar a tararear 'Despeinada', aquel hitazo vestido de twist, que cantaba Palito Ortega en los 60.
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