De joven, hace tantos años, leí un cuento de Quim Monzó donde una pareja decide ser totalmente sincera y decirse lo que piensa el uno ... del otro. Acaba mal. El dilema no es elegir entre la mentira y la verdad, sino entre la crueldad y la consideración. No ser descarnados, sino oportunos, respetuosos y primar el bien común. Aunque solo fuera por esto último, sin entrar en otras consideraciones, Mompó se equivoca al llamar «lameculos» a Morant. Cuando leí la crítica de la ministra me pareció excesiva. Y pensé en Mompó y en que se iba a enfadar. Por eso apenas costó media hora desde que insultó a Morant y se publicó en la web de LAS PROVINCIAS. Sin embargo, hay respuestas que son inadecuadas. Y otras inaceptables. Este es el caso. Me importa un pepino si insultar a la ministra le permite criar fama entre osezos y machos camachos. Y otro pepino si fue un desahogo. Ese escenario es pésimo. No me gusta leer a Mompó como si le dictase sus palabras un tabernero inflamado. Me disgusta que se insulte a Sánchez y que nadie le ponga freno. Me molesta que se le hablase de tú a Mazón en Les Corts. Me perturba leer a un ministro calificar como «saco de mierda» a quien sea o lo que sea. Me irrita que se disculpe o se guarde silencio ante los exabruptos de los compañeros de partido, siempre. Es insoportable y peligroso. Las formas son fundamentales. Protegen la dignidad de las instituciones, de quien habla y de quién es interpelado. Facilitan esa estabilidad emocional que impide acabar a guantazos por exceso de sinceridad emocional. Preservan los vínculos para el entendimiento. Desconfíen de quien se jacta de una sinceridad impía y decir las cosas «a la cara». Acabará mal, como el cuento de Monzó. Necesitamos que los ministros, presidentes de Diputación, alcaldes y jefes del Consell no se eructen en la cara. Mompó podía haber exigido a Morant disculpas por una crítica exagerada al acusarle de cosas terribles, pero optó por insultarle y luego ha elegido no rectificar. Pedir perdón es básico y un gesto de humildad cuando metes la pata, como cuando Mascarell se pasó con Galcerán. Conservar las formas y no despreciarlas fuerza a pensar, moderar las emociones, y parecer hasta más maduros. Los políticos, como cargos públicos, deben ofrecer ejemplaridad para no dar ideas, por ejemplo a un adolescente atropellado, y que le rompa la cara al primero que le lleve la contraria. En cualquier caso, que Mascarell, Bielsa y el PSPV llevasen a la Diputación una moción contra Mompó y pidieran el apoyo de Ens Uneix sería de chiste. Entre esos dos partidos, precisamente, los vínculos, que los había, más que cuidarse se pisotearon, como quedó probado hasta en la agenda de Zapatero, eso sí que era una joya.
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