Este año se cumplen 100 años de la Cristiada, el levantamiento armado de un sector de la Iglesia católica y católicos laicos, sobre todo del centro-occidente del país, en contra del Estado mexicano surgido de la Revolución. Conviene recapitular ese episodio.
La Revolución Mexicana abrió una nueva etapa en la añeja confrontación entre dos proyectos de nación que atraviesa el siglo XIX mexicano entre los conservadores católicos y los liberales anticlericales. La Guerra de Reforma y la restauración de la República fue una derrota histórica de los conservadores mexicanos, apoyados siempre por la jerarquía eclesiástica. Después de la larga tregua entre la Iglesia católica y el gobierno de Porfirio Díaz, la revolución de 1910 volvió a abrir las heridas que no habían alcanzado a cerrar desde la época de la Reforma. El colapso del Estado porfirista y la disputa entre los distintos grupos y proyectos que saltaron a la palestra nacional por imponer su hegemonía provocó el resurgimiento de esa vieja pugna, que tuvo distintas etapas y que, en su momento más álgido, ocasionó nuevamente una guerra civil que tuvo su principal teatro de operaciones en el centro-occidente del país. Nuevamente triunfó el proyecto liberal, que estableció en la Constitución de 1917 el predominio absoluto del Estado laico y restringió considerablemente los derechos jurídicos y políticos no solamente de la Iglesia, sino también de los laicos católicos del país.
La revolución maderista fue una revolución política y democrática. Madero era un demócrata convencido y consecuente, por lo cual su gobierno se caracterizó por una libertad política sin precedentes en la historia del país. Esa libertad para todos los grupos y expresiones políticas incluyó tanto a los católicos como a los liberales jacobinos y masones. No obstante, el temor del clero católico a que la revolución maderista cancelara la etapa de conciliación y tolerancia y de violación de las Leyes de Reforma de la que habían gozado durante el Porfiriato llevó a la jerarquía católica, encabezada por el arzobispo de México José Mora y del Río, a organizar por primera vez –y a la postre, única– al Partido Católico Nacional (PCN). Apoyado por los obispos, sacerdotes y curas, así como por una destacada generación de católicos laicos que, comprometidos con la cuestión social, se habían vinculado con las organizaciones de trabajadores en algunas de las principales ciudades del país, el Partido Católico, constituido en mayo de 1911, tuvo un espectacular crecimiento y se convirtió en la segunda fuerza política nacional, sólo detrás del nuevo partido maderista. El PCN participó en las elecciones federales en el verano de 1911, en las que apoyó a Madero para la presidencia y a Francisco León de la Barra para la vicepresidencia, quedando éste en segundo lugar. Consiguió además ganar la gubernatura de Jalisco, donde arrasó en las elecciones, y obtuvo varias diputaciones federales y locales.
La fuerza del Partido Católico se ratificó en las elecciones de 1912, en las que ganó las gubernaturas de Jalisco y Zacatecas, la legislaturas de siete estados, varias senadurías y tuvieron la segunda minoría en la Cámara de Diputados, por lo cual la organización política de los católicos parecía consolidarse como una opción que parecía haber superado la derrota histórica de los conservadores en el siglo XIX y que podía ser parte del gobierno y de las instituciones republicanas del siglo XX.
Esa etapa, sin embargo, se canceló con el asesinato de Madero y con la instauración de la dictadura huertista. Un sector de la jerarquía católica y del PCN cometió el error de apoyar el cuartelazo, una coalición de grupos conservadores contrarrevolucionarios entre los que estaban antiguos porfiristas, reyistas, antimaderistas y católicos. De hecho, el PCN formó parte del primer gabinete de Victoriano Huerta y, desde el gobierno y la tribuna legislativa, contribuyó a legitimar al gobierno dictatorial huertista que, no obstante, pronto rompió con sus aliados y se quedó solo gobernando bajo un Estado de excepción sostenido básicamente por los militares. Si bien un sector del PCN no aceptó colaborar con Huerta y fue perseguido por éste, incluidos el presidente del partido, Gabriel Fernández Somellera y Enrique Zepeda, director del diario católico La Nación, la mayoría del partido sí lo hizo, al igual que los principales jerarcas católicos.
Por lo que ocurrió después, podría afirmarse que el apoyo a Huerta fue uno de los mayores errores históricos del clero y de los laicos católicos que intentaban recuperar el protagonismo y los derechos jurídicos y políticos que perdieron con las Leyes de Reforma. Y si bien cuando decidieron apoyar a Huerta, en febrero de 1913, no podían saber que el intento de restauración conservadora de éste iba a ser un rotundo fracaso y que sería barrido por una nueva fase de la revolución, también debe considerarse que el conservadurismo de los sectores más duros de la jerarquía y de los laicos católicos se identificaba con frenar la revolución y restablecer sus privilegios. En los hechos, los valores y los intereses de ese sector católico de la derecha mexicana forma parte medular del proyecto de nación de los conservadores, que tiene una línea de continuidad desde el ejército realista y las autoridades virreinales que combatieron la Independencia de México, que sostuvieron el imperio de Iturbide, la república centralista y la dictadura de Santa Anna, que se opusieron a la Constitución de 1857 y se enfrentaron a los liberales en las Guerras de Reforma y que apoyaron al imperio de Maximiliano, a Porfirio Díaz y, en consecuencia, apoyaron también a Huerta.
*Director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México
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