Se huele a retorno, a final, a eso que llaman normalidad. Solo de escribir la palabra me entra, cómo decirlo, rubor. ¿Qué hay de normalidad en asistir a la representación del odio llamándolo apoyo o solidaridad cuando lo que truena es el rugido de latigazos contra el blanco de la diana, Pedro Sánchez? Si por normalidad se refieren a lo habitual, sí, ciertamente, las manifestaciones en apoyo a Ceuta de esta semana han mostrado lo de siempre entre las huestes del PP y Vox: un linchamiento contra el presidente del Gobierno. Palma también vivió el escarnio sostenido por miles de ciudadanos que se reunieron en Cort para gritar un nuevo h. d. p. al líder de los socialistas. Lo de menos era su abrazo a Ceuta. Lo que se está dibujando aquí es la confrontación entre dos maneras de ver y, por tanto, de atender la llegada de los desesperados a la tierra de la esperanza. ¿Espe qué?
Leo una frase de Ludwig Wittgenstein que repiquetea mi cerebro: «Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar». Acabo de ver El ser querido, la película de Sorogoyen que desde la primera secuencia te avisa de qué va a ir la fiesta a la que has acudido voluntariamente. De algo que tiene que ver con Ceuta y con la sentencia del filósofo, matemático y lingüista austriaco. Del daño de las mentiras repetidas hasta convertirlas en verdad, Ceuta, al silencio que cubre la culpa de un padre que ha abandonado a su hija, y del rencor almacenado de ella.
Abandonos en escenarios hostiles. Sorogoyen sitúa buena parte de la acción en un rodaje en una isla volcánica, árida, con un mar que bate fuerte, el mismo que cruzan los desesperados africanos en un viaje que para muchos es sin retorno. ¿Quién da respuesta a la llegada de 80.000 personas procedentes de Marruecos, muchos de ellos del África subsahariana?
De modo que te pones delante de la tele y viendo el desborde de Ceuta frente al aluvión de desesperados no te preguntas cómo es posible este 'todos a la vez', y solo se te ocurre manifestarte, salir a la calle y escupir a un gobierno acosado, torpe a menudo, también valiente, y no hacerte más preguntas porque tu miedo puede más. Te salen palabras metralla, hay que fusilar, se escucha entre los abatidos ceutíes, también abandonados a su suerte. Me entra el temblor.
Miedo y odio van a menudo de la mano. Suelen manifestarse a grito pelado y a veces en bofetón en plena cara. De esto saben mucho cientos de miles de mujeres del mundo. Como de la mano van el temor y el silencio, una tristeza infinita que se instala como un musgo entre padre e hija en El ser querido y en esas personas migrantes que merodean dando tumbos por una vida que les ha colocado al borde del abismo.
No importa nada. Volveremos a los lugares comunes, el regreso al aula de la vida, a los deberes, a las cuentas que no salen, a pensar en el siguiente descanso, en la tregua a esta vida que llaman normalidad. No he escuchado una palabra más divergente en mi vida.
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