La señora María estaba cansada de que su padre le mandase que le leyera tal o cual cosa dado que su vista iba cada vez a menos, pero un día que lo acompañó a la feria, en un momento dado, su padre se aisló y se fue directo a un puesto donde un vendedor ambulante tenía colgadas de un cordel muchas gafas. Él estuvo un buen rato cogiendo unas y otras, comprobando con cuales veía mejor en aquella hoja de papel de periódico, pero como era muy insistente, sacó unas monedas del bolsillo a ver si también las podía ver bien. Cuando estuvo convencido de las que mejor le iban a sus ojos, compró sus antiparras, como el las llamaba, y se fue a casa todo contento.
La señora María no estaba muy convencida de aquel sistema empírico de su padre usado en la compra de sus lentes, aunque ella recordaba de niña ese día de feria con alegría, porque a ella también su padre le compró unas gafitas de juguete y era divertido ver la vida de otro color.
Ahora le tocaba a ella ir al oculista, pues notaba que le costaba, como a su padre, cada vez más leer y coser, ya sabía que tenía presbicia, aunque su oculista le advirtió también de unas cataratas incipientes. Ella se compró en una óptica unas bonitas gafas de moda, progresivas y con filtros. Pensó en la evolución de las lentes para ver, desde aquellas que vendían en las ferias hasta las de hoy, con unas bonitas monturas promocionadas por grandes marcas comerciales y artistas famosos.
La señora María recordó el famoso cuadro, atribuido a Velázquez, del escritor Francisco de Quevedo con sus gafas (de quien tomaron el nombre de quevedos). Eran unas gafas sin patillas solo ajustadas sobre el puente nasal y que le daban aquel aire tan culto y distinguido. También le vino a la memoria un gracioso angelote con gafas que se puede ver en un retablo de una iglesia de Santiago.
Las gafas de la señora María ya eran un objeto más que añadir a las cosas que llevaba siempre en su abultado bolso, a veces también tenía la sensación de que oía mejor sin las gafas, quizá iba siendo hora de comprarse unos audífonos. Pensó en el deterioro sensorial que le acuciaba, su piel se secaba y arrugaba, y su gusto cada vez se decantaba más por ciertos sabores como los dulces.
Pero aun así la vida era bella, sonaba bien, disfrutaba de los buenos manjares, el aroma de las flores y la brisa sobre su piel.
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