Dos crímenes atroces en Estados Unidos, el apuñalamiento en Times Square y el del juicio mediático contra una madre por matar a sus tres hijos, exponen la repercusiones de un sistema que descuida la salud mental
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Sin saber aún si tendrá que repetirse su juicio por falta de veredicto unánime del jurado, Lindsay Clancy aguarda un futuro incierto: o cárcel o reclusión en un centro de atención psiquiátrica. Estados Unidos se ha dividido ante un proceso penal mediático en el que, en el fondo, se decide si la madre de los pequeños Cora, Dawson y Callan, de cinco años, tres años, y ocho meses, lo hizo como alega su defensa en medio de un brote psicótico. Ella ha admitido haberlos matado, pero ha explicado que una voz de un hombre la indujo a hacerlo y después suicidarse. Su abogado ha dicho esta semana ante el tribunal de Plymouth, en Massachusets, mientras se decide si tiene que volver a sentarse en el banquillo, que la enfermera lo hará si hace falta pero que ella no está muy bien.
A unas 230 millas (unos 370 kilómetros), en Nueva York, otro episodio de violencia destrozó dos familias, la de la víctima y la de la victimaria, también con un historial de problemas de salud mental como telón de fondo.
La ecuatoriana Pamela Cisneros, de 49 años, apuñaló a dos personas en Nueva York, matando a Erin Piacenti, de 32 años, el mismo día en que se reincorporaba a su trabajo como vicepresidenta de Bank of America tras su permiso de maternidad. La mujer, con dos grandes cuchillos de cocina en mano, fue abatida en pleno Times Square de un disparo en el pecho, a la altura del corazón, por la policía, mientras todo quedaba grabado en un vídeo que después se viralizó por todos lados. Otra muerte transmitida en directo. Otra vez un trastorno mental detrás de un crimen.
La familia de Cisneros concedió varias entrevistas después de ver a su madre y hermana, en un momento en que está claramente afectada, caer a la acera y ser esposada por la espalda con una herida sangrante en el pecho. Contaron que la mujer, que también envió a otra persona al hospital, recibía inyecciones mensuales para tratar un trastorno de bipolaridad y que ya había tenido crisis de salud mental anteriores en 2018 y 2019. Y aunque reconocieron su condición y los riesgos que conllevaba cuando se enfrentó a varios agentes de policía en plena calle, armada con dos cuchillos y con un paso vacilante, su familia cuestiona un exceso en el uso de la fuerza. Creen que las autoridades debieron haberla reducido sin disparar, porque ella no estaba bien.
Los casos que han escandalizado y acaparado la atención de la opinión pública en Estados Unidos y fuera del país no tienen conexión alguna más allá de ser dos ataques en los que las personas responsables de la muerte de otros, inocentes, tenían problemas que a juzgar por los hechos no habían sido atendidos por el sistema de salud oportunamente. Cisneros recibía tratamiento, de acuerdo con sus allegados, pero Clancy se topó varias veces con una atención negligente.
Apenas meses antes de que una voz en su cabeza, conforme al alegato de la defensa, la indujera a estrangular a sus hijos para después tomarse varias pastillas, cortarse las venas y lanzarse desde un segundo piso en un intento de suicidio al que sobrevivió, la enfermera, de 36 años, ya había acudido a consulta con varios psiquiatras tras dar a luz a su último hijo. También acudió a urgencias y pidió ayuda en las líneas de atención dispuestas para casos de intento de suicidio. Clancy terminó en una silla de ruedas a la espera de un veredicto, sus hijos muertos y su familia destrozada. En el caso de Cisneros, ella y Piacenti ya no están, mientras sus familias padecen las secuelas. Hay un bebé recién nacido sin madre; una madre que ha visto a su hija morir en pleno Times Square después de apuñalar a dos personas. Urge más atención. De la que brindan las instituciones y profesionales médicos, no de la que es viral cuando ya sucedió la tragedia.
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