Andrés Manuel López Obrador fue el mayor capital político de Claudia Sheinbaum para llegar a la Presidencia. La pregunta es si ahora se está convirtiendo en su mayor lastre para ejercerla. Porque una cosa es heredar votos y otra heredar compromisos complicados de explicar y deudas impagables.
Sheinbaum recibió prácticamente todo lo que un sucesor podría desear, un partido hegemónico, mayorías legislativas, una oposición desdibujada, una estructura territorial poderosa, programas sociales convertidos en identidad política y, sobre todo, millones de electores dispuestos a votar por quien garantizara la continuidad de López Obrador.
AMLO le entregó el poder en bandeja, pero también le dejó la cuenta que poco a poco comienza a cobrarse. Porque Sheinbaum no heredó solamente los éxitos del obradorismo, heredó también sus contradicciones, sus personajes impresentables, sus compromisos, sus silencios, sus pleitos, sus lealtades y una enorme cantidad de deudas políticas que ella no contrató, pero que ahora tiene que pagar.
Inicialmente se planteo la idea de que Claudia sería una extensión de Andrés Manuel. Una especie de segundo piso no sólo de la llamada Cuarta Transformación, sino de la voluntad del expresidente y es la mayor injusticia que el propio obradorismo ha cometido contra ella. Porque como sea ella ganó, no es encargada de despacho, no es regente y tampoco es la administradora temporal de una herencia cuyo propietario sigue viviendo en Palenque. Es la Presidenta constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.
AMLO conserva un enorme capital político y negarlo sería absurdo. Tiene una conexión emocional con una parte importante del país que ningún otro político mexicano contemporáneo ha conseguido. Morena existe, en buena medida, porque él existe. Sin embargo, los designios del País no deben estar en manos del partido político, sino de la Presidenta por lo que es indispensable hacer una separación drástica entre el poder del movimiento y el poder presidencial y definir con claridad ¿Quién manda aquí?
Además de los arrebatos por el poder que a diario libra la presidenta contra sus compañeros morenistas que se asumen protegidos por AMLO, enfrenta paralelamente un problema todavía más grande, que consiste en la urgencia de deslindarse ya de los negros costos del obradorismo sin parecer traidora al obradorismo; le urge desmarcarse de las alianzas obscuras, de los pactos indecibles, de la concesiones a impresentables.
Ella tiene capital político propio, es disciplinada, inteligente, preparada y bastante menos impulsiva que su antecesor. Tiene una forma distinta de ejercer el poder y una capacidad de contención que contrasta con la permanente confrontación obradorista pero mientras cada diferencia con AMLO tenga que explicarse, justificarse o disfrazarse de continuidad, seguirá gobernando con una mano amarrada.
López Obrador sigue siendo capital político para Morena, pero definitivamente es también un pasivo para la Presidencia de Claudia Sheinbaum. Él la designó y la hizo su heredera, pero hoy ella es la presidenta, y ésa es la frontera definitiva entre capital y lastre, un legado sirve mientras ayuda a gobernar pero cuando impide ejercer el poder propio, deja de ser herencia y se convierte en carga.
Los gobernante deciden, mientras que los herederos obedecen, le toca a Claudia decidir qué quiere ser. Necesita entender que la lealtad política tiene un límite constitucional, el poder realmente lo recibió en las urnas, no de él, por lo que no pertenece al hombre que la precedió, sino a ella.
Las opciones son dos, concluir su periodo administrando el caos del desastre político causado por todos los compromisos adquiridos, secuestrada por las presiones y pasiones de los cabecillas del movimiento, cumpliendo sin cumplir ni con el mandato constitucional ni con los mandatos privados de AMLO o empoderarse como la primera presidenta de México y organizar este país como su inteligencia y entendimiento le muestran que es el mejor camino de una foma libre e independiente. Las dos opciones son: ser un títere sin trascendencia o una mujer valiente y poderosa. Ella decide.
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