Si doy a leer mi artículo a la IA, me corrige erratas y, tremenda pelotillera, se deshace en halagos. Pánfilo, mi reflejo en el espejo, no es tan complaciente. Es el primero que ha leído el borrador de esta columna en la que denuncio a los que, pudiendo hacer cosas buenas por el país, no las hacen. En cambio, si pueden hacer daño, lo hacen; y mienten, insultan, enredan, inventan bulos y, sobre todo, persiguen el poder, ciegos, como perrillos en celo. Aquí les señalo a los poderosos soluciones para remediar el desgobierno del país; como eliminar los aforamientos, cuidar la libertad de expresión y derogar la ley mordaza; potenciar la escuela, la vivienda y la sanidad públicas, prescindir de los nombramientos a dedo, cerrar las puertas giratorias, trabajar en común para proteger el Estado en momentos de crisis o catástrofes naturales o humanitarias, en lugar de aprovechar cualquier problemón para sacar partido y rebañar votos. Suspender de empleo y sueldo a cualquier parlamentario que use un lenguaje soez. Recuperar la cortesía, ser firme en la defensa de sus intereses y convicciones sin deshumanizar al otro. Pausar las 17 autonomías y sus parlamentos y los sueldos y los coches y los guardaespaldas, al menos durante cinco años, hasta que los malos gobernantes se corrijan y se merezcan esos puestos. Entre tanto, todo el poder en Madrid en manos de funcionarios probos que, con la ayuda de la IA, administren los dineros públicos con rigor y equidad… Al llegar aquí, Pánfilo se me subleva: 'Cada vez te pareces más a un arbitrista –me dice– de esos que en los siglos XVI y XVII mandaban a los reyes sesudos memoriales en los que les ofrecían remedios estrafalarios para los males de España'. Me recuerda Pánfilo que, en
El coloquio de los perros
, uno de estos sujetos mandó un escrito al rey en el que le proponía que, para sacar a la hacienda regia de apuros, todos sus súbditos, entre los 14 y 60 años, ayunasen una vez al mes y que lo que ahorrasen por mor de los ayunos se lo entregasen al rey para saldar sus deudas. 'Eres, querido amigo –me regaña Pánfilo–, como los que retransmiten los partidos de tenis, que se pasan los partidos señalándole a Alcaraz sus errores, desde su cómoda cabina'. Le he retirado el saludo a Pánfilo y no pienso devolvérselo hasta que los perros hablen como Cipión y Berganza en la novela cervantina
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