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Carlos Sánchez

Si Alemania cae...

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Pueden parecer asuntos distantes y distintos, pero, por el contrario, ambos fenómenos tienen mucho en común. La crisis de Volkswagen y el probable resultado de las elecciones de este domingo en Alta Sajonia forman parte de las mismas corrientes de aguas profundas que hoy se mueven en el subsuelo de Europa, y que se traducen en una desconfianza creciente sobre la propia democracia. Como se sabe, la mítica Volkswagen, creada, en la época nazi para lograr que cada alemán tuviera un coche a precio asequible, ha aprobado un plan para recortar 100.000 puestos de trabajo en aras de sobrevivir ante el avance de los coches chinos, cuyas ventas superan ya a las de Japón en Europa. La automovilística, tras la última ronda de negociaciones celebrada esta semana, ha anunciado 50.000 despidos y el cierre gradual de la producción actual en cuatro plantas alemanas: Emden, Zwickau, Hannover y la planta de Audi en Neckarsulm. Es en este contexto en el que aparecen los nubarrones sobre el futuro de Seat, probablemente la imagen más popular del desarrollismo franquista. En paralelo, hay razones para creer que AfD, la derecha radical, puede ganar claramente las elecciones en Alta Sajonia, uno de los estados más pequeños de Alemania, con poco más de dos millones de habitantes. Si aciertan algunas encuestas, incluso, podría gobernar en solitario, con la carga simbólica que tiene para Europa y los propios alemanes que un partido ultranacionalista sea la fuerza más votada desplazando a los viejos partidos del sistema. Es verdad que Alternativa para Alemania (AfD) no podrá cambiar muchas cosas habida cuenta de que los grandes asuntos (política fiscal, inmigración o relaciones exteriores) son de ámbito federal, pero sí que tendría competencias sobre la industria cultural y la educación, que es el espacio preferido de la extrema derecha para influir. La AfD, como han avanzado sus dirigentes, espera que la Alta Sajonia sea un modelo de 'políticas culturales patrióticas' para los demás Länder. Uno de sus líderes, Hans-Thomas Tillschneider, ha hablado de convertir su región en el 'lugar de añoranza para todos los patriotas alemanes', uniendo en repetidas ocasiones en sus discursos los términos 'alemán' y 'orgullo', en clara referencia al sentimiento que supo capitalizar Hitler tras el Tratado de Versalles, y que el propio Keynes denunció como una de las causas que llevaron al poder a los nacionalsocialistas. Sentimiento nacional Lo que se busca, como han señalado algunos analistas, es construir lo que se ha llamado 'manera de pensar alemana (deutsch denken), lo que implica oponerse a la campaña del actual gobierno regional —inspirada en la mítica Bauhaus— en favor de la libertad artística y de las ideas modernas. Es decir, asoma un desprecio por la Ilustración mediante la reivindicación del 'sentimiento nacional' a partir de la obra de Fichte, quien en sus célebres discursos a la nación habló de las 'peculiaridades específicas del pueblo alemán'. Farage o Le Pen forman parte de una misma tendencia que en España ha imitado Vox para crecer electoralmente, aunque sin aportación propia. Este resurgir del nacionalismo intransigente es, precisamente, el puente que une las elecciones en Alta Sajonia con la crisis de VW, cuyos problemas financieros reflejan con una claridad meridiana las dificultades de la industria europea para competir en mercados abiertos, que son los que las élites europeas impusieron con la hiperglobalización a partir del neoliberalismo surgido en los 80 en EEUU y Reino Unido. Las consecuencias, cuatro décadas después de aquella irrupción conservadora, se están viendo ahora. Hay múltiples señales que acreditan que el ascenso del nacionalismo, desde luego, todavía, en su versión más light, coincide en el tiempo con el colapso de la construcción europea. Muchos sectores que antes eran competitivos han dejado de serlo por una cuestión de tamaño, ya que hay que competir en mercados globales, pero hoy casi ningún Gobierno está dispuesto a prescindir de sus campeones nacionales, aunque no tengan un valor estratégico. El camino lo abrió hace dos décadas Francia cuando vetó la compra de Danone y desde entonces la tendencia solo ha crecido. TE PUEDE INTERESAR Opinión Marruecos huele sangre POR Carlos Sánchez La razón apela a los sentimientos. Cualquier fusión o integración, por ejemplo en la industria automovilística, se observa desde la opinión pública como una derrota nacional. El populismo, tirando del recurso a la añoranza, ha sabido utilizar bien este instrumento a partir de los errores cometidos por la socialdemocracia en su proceso de alejamiento de la clase obrera, pero ocultando que lo que ha cambiado son las condiciones de mercado. En mercados globales, el tamaño es fundamental y las soluciones nacionales pasan a un segundo plano. Pese a esta evidencia, sin embargo, resurge el nacionalismo económico que impide las soluciones globales, que es el problema de muchas empresas industriales. Los sectores son numerosos: la banca, las telecomunicaciones, la industria agroalimentaria, los astilleros y, por supuesto, la defensa, donde el tamaño es esencial. El virus nacionalista, sin embargo, hace hoy inviable ese proceso de integración de las grandes empresas europeas, lo que provoca que cada una disfrute de sus mercados cautivos. Algo que se refleja con nitidez en crisis como la de VW, al margen de errores propios vinculados a una cierta inercia industrial que no ha sabido leer los tiempos de la electrificación del automóvil. En el caso de Alemania, también a una pobre diversificación productiva en un mundo en el que los servicios, principalmente los intangibles, ocupan un papel determinante. El nudo gordiano Lo paradójico es que pese a estas evidencias el nacionalismo crece en las zonas más castigadas por la desindustrialización y, en general, allá donde la añoranza sobre un tipo pasado fuertemente idealizado es mayor. Cuando es, precisamente, el nacionalismo económico lo que frena acceder a los beneficios de las economías de escala que se producen en materias como la investigación, el transporte o el sistema financiero creando mercados más profundos y líquidos que favorezcan la financiación de las empresas. Obviamente, se trata de un nudo gordiano difícil de deshacer habida cuenta de que el regreso a mercados cerrados es hoy inviable, no solo por los altos costes en términos de eficiencia productiva, sino por razones geopolíticas. La política de trincheras comerciales tiene en primer lugar un elevado coste económico, pero la historia enseña que a medida que pasa el tiempo aumentan los riesgos en términos de seguridad y defensa. La sagacidad de AfD y de partidos afines ha sido, por llamarlo de alguna manera, la construcción de lo que muchos han llamado el ideal del 'hombre común', Es decir, alguien apegado a su territorio que confía en que algún día volverán las tres décadas gloriosas de Europa, pero sin decirles cómo es posible competir en mercados abiertos defendiendo esas posiciones. Trump, con su fracasada política de que las empresas estadounidenses vuelvan a su país es el mejor ejemplo. TE PUEDE INTERESAR Opinión El populismo fiscal tenía un precio: 40 billones de dólares POR Carlos Sánchez Lo malo es que tampoco tienen hoy soluciones los principales partidos del sistema. La socialdemocracia liquidó con la Agenda 2010 y las llamadas reformas Hartz su histórica relación con la clase obrera en aras de que Alemania fuera competitiva en el capitalismo globalizado, mientras que la CDU/CSU siempre atenta a lo que dice Washington, es víctima de una política económica, ahora volcada en gastar más en armamento, que no da más de sí para cumplir lo que el sistema promete: vivienda asequible, empleos estables y dignos y jubilaciones que no obliguen a los pensionistas a buscar un salario complementario para llegar a fin de mes. Alemania, de hecho, se ha hecho menos europeísta por miedo al crecimiento de la derecha radical. Precariedad, desigualdad y despoblación movilizan hoy más el voto que cualquier mensaje continuista, y, por eso, no es extraño que AfD pueda ganar en la Alta Sajonia, un estado antaño perteneciente a la RDA. Precisamente, porque la palabra clave es 'nostalgia', incluida la época comunista. No parece que la respuesta esté en trabajar cinco horas más a la semana, como ha propuesto el canciller Merz. Más bien es un problema de modelo de crecimiento económico y de integración europea. Por cierto, algo que repele a quienes van a ganar este domingo.
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