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Shirley Ibañez

Sociología del chisme

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Pocas cosas gozan de peor reputación y, al mismo tiempo, de mayor eficacia social que el chisme. Lo condenamos en público y lo practicamos en privado con una devoción casi litúrgica. Decimos despreciarlo, pero ningún grupo humano, familia, oficina, barrio o universidad ha logrado jamás prescindir de él. Y es que el chisme no es un vicio marginal de la conversación, sino uno de los mecanismos más antiguos y persistentes que tenemos los seres humanos para sostener la vida en común. El antropólogo evolutivo Robin Dunbar propuso una hipótesis tan simple como sugestiva: el chisme habría sustituido al acicalamiento entre primates como principal herramienta de cohesión social. Los monos se despiojan mutuamente para consolidar vínculos y jerarquías, mientras los humanos, incapaces de acicalar físicamente a los centenares de personas que integran nuestras redes sociales, desarrollamos el lenguaje precisamente para poder 'acicalarnos' hablando de los demás. Según Dunbar, más de la mitad de nuestras conversaciones cotidianas versan sobre terceros ausentes, quién hizo qué, con quién, por qué y con qué consecuencias. No es una anomalía moral, es la función original de la palabra. El antropólogo Max Gluckman, en un texto ya clásico de la sociología del chisme, mostró que esta práctica cumple una función de control social allí donde las normas formales no llegan o no bastan. Chismear es también vigilar sin necesidad de tribunales. El grupo que comenta la conducta ajena está, en el fondo, reafirmando qué comportamientos son aceptables y cuáles no, sin necesidad de leyes escritas ni sanciones oficiales. El chisme, decía Gluckman, es el privilegio de quienes pertenecen, y por eso mismo también un instrumento sutil de exclusión, porque solo se puede hablar mal de quien primero fue admitido en el círculo de la confianza. Lea más: Psicopolítica Georg Simmel, un siglo antes, ya había advertido que la vida social depende tanto de lo que revelamos como de lo que ocultamos. El secreto, escribió, no es la negación de la sociabilidad sino una de sus formas más elaboradas. El chisme se alimenta exactamente de esa tensión, de fragmentos de intimidad que circulan a medias, entre la discreción y la indiscreción, y que solo cobran valor social porque alguien decidió que no debían saberse. Cada rumor transmitido es, en cierto modo, una pequeña traición a un secreto y, simultáneamente, un pequeño acto de fidelidad hacia quien lo recibe, porque compartir un chisme es también un gesto de intimidad, una manera de decirle al otro 'confío en ti lo suficiente como para contarte esto'. Elias Canetti, en su estudio sobre las masas, describió cómo el rumor se propaga con una lógica propia, casi biológica, que escapa al control de cualquier emisor individual. Nadie es realmente dueño de un chisme una vez que lo suelta. Como el fuego, avanza, muta, se deforma y termina por adquirir una vida independiente de la intención original. Esa es quizá la explicación de por qué tantas conversaciones familiares, tantos conflictos de oficina y tantas rupturas de amistad tienen su origen, no en un hecho, sino en la versión sucesivamente reinterpretada de un hecho. La sociología de la vida cotidiana encuentra en el chisme un laboratorio privilegiado. En el grupo de WhatsApp del edificio, en el corrillo de la sala de profesores, en el café de después del trabajo, se despliega la misma dinámica que estudiaron Dunbar, Gluckman, Simmel y Canetti, solo que ahora acelerada por la tecnología y potenciada por la captura de pantalla, que convierte lo efímero de la palabra hablada en evidencia permanente. El chisme análogo se disolvía con el tiempo, pero el chisme digital queda archivado, reenviable, indestructible. Conviene, sin embargo, no idealizar ni demonizar en exceso. El chisme cumple funciones legítimas, alerta sobre comportamientos abusivos que las instituciones ignoran, fortalece la pertenencia grupal, entretiene y hasta educa sobre lo que la comunidad considera correcto. Pero también puede degradarse en calumnia, en linchamiento moral, en instrumento de venganza disfrazado de preocupación ajena. La diferencia entre el chisme que cohesiona y el que destruye no está en la forma, sino en la intención y en la verdad que lo sostiene, o que le falta. Quizá por eso el chisme sea uno de los pocos poderes verdaderamente democráticos que existen. No hace falta cargo, título ni fortuna para ejercerlo, basta con una conversación y un oído dispuesto a escuchar. Todos, alguna vez, hemos sido narradores y también, sin saberlo, personajes de la historia que otro contaba en nuestra ausencia. Tal vez la próxima vez que alguien nos diga 'te cuento, pero esto queda entre nosotros', convenga recordar que no estamos ante una simple debilidad humana, sino ante uno de los engranajes más antiguos, eficaces y humanos de la vida en sociedad. *Es sociológo
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