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Adolfo Castillo

¿Sobrevivirá Chile al cambio epocal?

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Chile no enfrenta solamente una crisis de confianza, una dificultad política o un ciclo de malestar social, sino una transformación más profunda: se encuentra situado entre dos órdenes de sentido, porque la promesa moderna que durante generaciones orientó la vida colectiva ha perdido buena parte de su capacidad de convocar, mientras la civilización digital que comienza a reemplazarla transforma aceleradamente nuestra existencia sin haber construido todavía una orientación ética, política y humana capaz de responder hacia dónde avanzamos ni qué sociedad deseamos llegar a ser. Los acontecimientos que ocupan diariamente nuestra atención no agotan, por tanto, la realidad que intentamos comprender, porque detrás de las crisis políticas, los conflictos sociales y las controversias digitales actúan procesos que se desenvuelven en temporalidades diferentes: la coyuntura que nos inquieta, las instituciones históricas que todavía organizan nuestra convivencia y una transformación civilizatoria que está modificando silenciosamente las condiciones de nuestra existencia. El orden moderno no fue solamente una organización institucional ni un sistema de producción, sino también un ideario y una escatología laica, es decir, una promesa secular de futuro fundada en la libertad, la igualdad, la justicia, la razón y el progreso, principios que acompañaron la construcción histórica de Chile y en cuyo nombre se levantaron instituciones republicanas, se extendieron derechos y se amplió la educación, aunque aquella promesa nunca logró resolver la contradicción entre la universalidad de sus ideales y la persistencia del egoísmo, la ambición, la voluntad de dominio y el afán de acumular poder, pues las mismas capacidades que mejoraron las condiciones de vida también sirvieron para concentrar la riqueza y colocar el progreso al servicio de intereses particulares. En Chile, el desacoplamiento entre esas temporalidades se expresa en el descrédito de la política, la fragmentación de la conversación pública y la dificultad para reconocernos como integrantes de una historia compartida, fenómenos que no pueden explicarse únicamente por el estallido social, la pandemia o los procesos constitucionales inconclusos, porque revelan una transformación más profunda que los acontecimientos en los que se manifiesta. La sociedad digital ha heredado y multiplicado los instrumentos de poder de la modernidad, pero no la promesa colectiva que les otorgaba dirección y sentido, y Chile vive esa contradicción con especial intensidad, porque nunca habíamos dispuesto de tantas posibilidades para comunicarnos, acceder a información y expresar nuestras opiniones, pero esa abundancia de conexiones no ha producido necesariamente una deliberación más informada ni una comprensión más profunda de quienes piensan de manera diferente, sino que también ha favorecido la desinformación, la agresividad y la sospecha. Los algoritmos que ordenan las noticias, imágenes y opiniones que recibimos ya no son herramientas lejanas reservadas a especialistas, sino presencias cotidianas que seleccionan aquello que vemos, refuerzan nuestras preferencias y condicionan silenciosamente nuestra relación con la realidad, pero esos sistemas no son autónomos ni neutrales, porque responden a los propósitos de quienes los diseñan, financian y controlan y, mientras permanezcan subordinados principalmente a la acumulación de dinero, datos y poder, difícilmente contribuirán a una sociedad más libre, consciente y democrática. La crisis de sentido también se manifiesta en nuestra relación con el porvenir, en una sociedad que envejece y en la cual muchas personas encuentran crecientes dificultades para proyectar una vida familiar, confiar en la estabilidad del trabajo o creer que las generaciones futuras vivirán mejor que las anteriores, mientras la sequía, los incendios y la degradación de nuestros ecosistemas nos recuerdan que la promesa de un crecimiento material ilimitado ha terminado por amenazar las condiciones que hacen posible la vida en el territorio que habitamos. Pero Chile no es solamente un país dividido, desconfiado o temeroso del futuro, porque bajo esas fracturas subsisten comunidades que se organizan, personas que cuidan a otras, organizaciones que construyen vínculos y ciudadanos que todavía desean participar en los asuntos comunes, experiencias que demuestran que la comunicación puede volver a ser encuentro, que la crítica puede contribuir a crear y que la deliberación pública, cuando se funda en información, respeto y disposición a escuchar, continúa siendo uno de los pocos caminos capaces de transformar nuestras diferencias en una fuente de aprendizaje colectivo. No necesitamos rechazar la innovación ni refugiarnos en la nostalgia de un pasado que tampoco fue justo ni armónico, sino recuperar nuestra capacidad de conducir la transformación tecnológica, impidiendo que las principales infraestructuras de comunicación, conocimiento y decisión queden enteramente sometidas a poderes que no responden ante la ciudadanía, especialmente cuando poseen una capacidad inédita para influir sobre la conciencia, modelar la opinión pública y convertir cada experiencia humana en información susceptible de ser explotada. De allí surge la necesidad de un nuevo acuerdo social que incorpore la dimensión digital de nuestra existencia y establezca derechos, responsabilidades y límites frente al poder tecnológico, reconociendo que los datos no pueden ser tratados únicamente como mercancías, que los sistemas capaces de intervenir sobre decisiones colectivas deben someterse a transparencia y control democrático y que la ciudadanía tiene derecho a participar en la definición de las tecnologías que condicionan su futuro, no porque podamos esperar ingenuamente que desaparezcan el egoísmo, la ambición o la voluntad de dominio, sino porque necesitamos instituciones capaces de contenerlos, contrapesarlos y orientar nuestras capacidades científicas y tecnológicas hacia finalidades compartidas. La esperanza que Chile necesita no consiste, entonces, en volver a un pasado idealizado ni en confiar ciegamente en las promesas de la tecnología, sino en recuperar nuestra capacidad de encontrarnos, deliberar y construir una orientación común para el cambio que ya estamos viviendo, porque la civilización digital todavía no ha definido completamente aquello que llegará a ser y, precisamente por ello, conserva abierta la posibilidad de ser conducida por decisiones humanas conscientes y democráticas. Chile sobrevivirá al cambio epocal si logra comprender que no basta con modernizar sus instituciones, digitalizar sus servicios o adaptarse a las nuevas tecnologías, sino que debe participar activamente en la construcción del orden de sentido que habrá de reemplazar al que se extingue, recuperando, antes de que otros decidan por nosotros, la responsabilidad colectiva de definir qué humanidad, qué democracia y qué país queremos llegar a ser. El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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