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La Jornada

Adiós al muro

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A fines de mayo de 2019, Donald Trump se dio cuenta de que no se necesitaba construir 'un lindo muro' en la frontera con México. Por primera vez utilizó su arma personal de amenazar con imponer aranceles a México si éste no detenía el flujo migratorio que llegaba a su frontera sur. Luego sentenció que México se había convertido en un 'verdadero muro' para la migración y, en un par de meses, los capturados en la frontera disminuyeron de 100 mil mensuales a 30 mil. Y lo festejó ampliamente, porque el muro de la Guardia Nacional lo pagó México, como había predicho. Pero todo cambió cuando Trump dejó la presidencia y entró la administración de Joe Biden, que pretendía eliminar progresivamente las medidas más coercitivas que impuso Trump, como fue la deportación inmediata, justificada por el título 42, y el acuerdo, llamado Quédate en México, para extranjeros solicitantes de asilo. La vicepresidenta Kamala Harris, encargada de arreglar el asunto migratorio, fue a Guatemala y les dijo: 'No vengan, no vengan. Estados Unidos seguirá haciendo cumplir nuestras leyes y asegurando nuestras fronteras'. Nadie le hizo caso. Pero llegó Trump por segunda vez y todo cambió: desde el primer día de su administración cumplió su promesa de cerrar la frontera. En diciembre de 2023, último mes de la administración de Biden, fueron capturados 301 mil migrantes y solicitantes de asilo. Para enero, las cifras empezaron a bajar en picada y en un año llegaron a sólo 11 mil capturados por mes. Éxito total, sin construir un solo metro más de muro. Varios factores pueden explicar este cambio radical, algo muy raro en las democracias occidentales y sólo visto en el caso de dictaduras. Bueno, quizá ésta sea la primera explicación: Estados Unidos se gobierna a punta de decretos presidenciales. El primero de ellos fue cerrar la frontera y luego perseguir encarnizadamente a los migrantes irregulares en el interior. En segundo lugar podríamos considerar el poder del discurso de Trump, con impacto y difusión a escala global. Superó todos los límites: sabiendo que era una noticia falsa, acusó a los haitianos de comer mascotas, en el debate presidencial. Mentira, insulto, amenaza, ofensa, ultraje fue la tónica de su discurso y luego de su práctica. Y tuvo impacto global. Para darnos una idea de ese impacto, vale la pena revisar las cifras de migrantes africanos capturados por la migra mexicana, que suponemos querían ir a Estados Unidos. En 2014 no se capturó a ningún africano de Senegal, Mauritania y Angola; 10 años después, con Biden, se capturó a 8 mil de Angola, 9 mil de Mauritania y 4 migrantes de Angola. Un año después, con Trump, las cifras bajaron a menos de 800, en los tres casos. En tercer término, hay que considerar su segunda promesa, la de deportar a todos los migrantes indocumentados, unos 12 millones. Esto ha sido más difícil de cumplir, pero la amenaza y el miedo han cundido de tal manera, que de rebote ha contribuido notablemente a cumplir su primera promesa, la de cerrar la frontera. En el imaginario migrante, la persecución sistemática y sin distinciones es una amenaza real y cotidiana. Las prácticas y métodos del ICE exceden totalmente a las policiales, en las que mínimamente se respetan ciertos derechos. La impunidad es total y el miedo no sólo afecta a la población de migrantes irregular. Hace unos días, la hija de Antonio Banderas y Melanie Griffith confesó que tenía miedo porque ella había nacido en España. Una cuarta consideración tiene que ver con el tratamiento que reciben millones de solicitantes de asilo que estaban protegidos, de alguna manera, con un parole humanitario, algún tipo de trámite pendiente, tener protección temporal (TPS), incluso tener tarjeta de residente o haber adquirido la nacionalidad. Todo mundo está con miedo o preocupado. Trump no ha modificado las leyes de refugio, pero en la práctica no respeta nada. Hace unos días deportó a 160 migrantes haitianos que tenías TPS y los envió a un país totalmente controlado por las bandas de delincuentes. Estas medidas en contra del asilo y el refugio terminaron con la migración infantil, juvenil y familiar que habían suplantado a la migración laboral. Se podría decir que sólo los mexicanos trataban de escapar o esquivar a la migra, los demás se entregaban y solicitaban refugio. Ya no se trata de controlar la frontera; todas estas medidas han calado hondo en los aspirantes a convertirse en migrantes, también han tenido impacto importante en el desmantelamiento de las mafias de traficantes y tratantes. Ya no hay clientes. Volvemos al principio: todo esto funciona en un contexto político en el que se alterna autoritarismo con impunidad. La ley no existe porque los migrantes ya fueron condenados como criminales; quedó atrás la terminología de migrantes irregulares e incluso la de ilegales. Ahora todos son criminales.
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