La falta de reacción española a la invasión de Ceuta sigue resultando incomprensible para un espectador neutral, pero el retorno de la mayoría de los invasores tampoco es un elemento que tranquilice, por su potencial reversibilidad. Que Marruecos tiene las claves de todo lo ocurrido es de Perogrullo. Que Sánchez sabe más de lo que miente, otro.
Margarita Robles, una de las dos ministras sin ser del partido, como Marlaska, que aún sobreviven en el Gobierno desde 2018, se ha convertido estos días en una inesperada protagonista de la crisis de Ceuta por dos razones. La primera, y políticamente más relevante, es que reconoció en una comisión ad hoc en el Congreso haber recibido avisos oficiales del CNI —un organismo que depende de ella— sobre la invasión natatoria de la ciudad, contribuyendo así a desmentir el relato que hasta entonces había sostenido el Gobierno. La segunda es más elocuente en términos escénicos: Robles no se levantó a aplaudir, como hicieron sus compañeros del banco azul, cuando Sánchez anunció que el Gobierno publicaría un dossier con los informes sobre los avisos previos, algo que previsiblemente la dejará como mentirosa. En un Gobierno donde hasta el aplauso tiene algo de disciplina de partido, la ausencia de un aplauso puede acabar siendo una declaración. Zapatero, por ejemplo, no se levantó ante la bandera estadounidense y fue su primer acto político digno de mención.
Al margen de la polémica sobre los avisos, notas, informes y notificaciones, que apunta a que hay quien miente (aquí la maraña explicada por Pelayo Barro), esta actitud, entre desafiante y displicente, ha hecho que muchos se pregunten por qué no dimite Robles, o por qué Sánchez no la cesa. Lo segundo tiene una explicación bastante sencilla. Cesarla significaría convertirla en una mártir del honor militar y, por extensión, ofrecer a la oposición un triunfo en uno de los pocos símbolos institucionales que todavía pueden incomodar al presidente. El Ejército, mal que bien, es la única institución no contaminada por el sanchismo. Al menos en la percepción de la opinión pública, que en democracia, como el cliente, siempre tiene razón aunque muchas veces no la tenga. No parece probable que Sánchez quiera regalarle semejante papel. Sobre todo porque, conviene recordarlo, ningún ministro de su Gobierno ha dimitido hasta ahora por una discrepancia política con él. El efecto sería devastador.
Más difícil de explicar es por qué Robles no se marcha a su casa, a su juzgado, entonando Yo tenía un camarada. Se encuentra ya en la fase de saldo de un mandato que parece agotado, su posición dentro del Gobierno se ha deteriorado y sus últimos gestos han alimentado la impresión de que no comparte el relato presidencial sobre Ceuta… y más, si afinidades. No debe olvidarse nunca que Robles ya fue el verso suelto envenenado que contribuyó a la caída del GAL felipista, habiendo sido su secretaria de Estado de Interior.
Ya resultó llamativo que no dimitiera cuando se conocieron los mensajes en los que Sánchez, en sus conversaciones a calzón quitao con Ábalos, se refería a ella como la «pájara» y se burlaba con aquello de que «se acuesta con el uniforme».
Hay, sin embargo, un dato que invita a la especulación. El teléfono de Robles fue uno de los dispositivos de miembros del Gobierno infectados con Pegasus en 2021, en el contexto del espionaje atribuido a Marruecos. Desde entonces existe un elemento de opacidad que difícilmente puede ignorarse: el CNI conoce probablemente qué información pudo ser extraída del teléfono de la ministra y, naturalmente, también conoce qué información pudo quedar comprometida.
De ahí nace una hipótesis que, por ahora, no pasa de hipótesis. Quizá Robles no dimite porque sabe demasiado. Quizá Sánchez tampoco la cesa por la misma razón. No porque exista constancia de una amenaza o de un chantaje, sino porque ambos conocen que alrededor de aquellos teléfonos hubo información que nunca llegó a hacerse pública. Y cuando dos personas poseen información potencialmente comprometedora sobre la otra, la política deja de parecerse a un Gobierno y empieza a parecerse a una partida de póquer: nadie quiere ser el primero en enseñar las cartas. Y si en medio está el veleta de Marlaska, tenemos a tres trileros. Robles no dimite, como dicen los autodenominados patriotas, para proteger al ejército. No lo hace para protegerse a sí misma.
Coda 1) Entrevista monologada. Sánchez preparó su regreso tras Ceuta en la SER, terreno siempre bien predispuesto. La impresión es que había ensayado antes. Cuando el entrevistado le soltó al entrevistador: «Si uno mira el agregado de entradas irregulares en Ceuta y Melilla, son bastante estables respecto a épocas anteriores», Aimar Bretos no tuvo los reflejos básicos de preguntarle por el detalle de las cifras, no fuera a ser que Sánchez mintiera con los números, que es el tipo de errores que más caros se pagan siempre. Uno puede decir que lo han invadido, pero que el invasor es un fiel aliado y no se acaba el mundo. Pero si dice que hay cinco mil menores y luego que son seis mil los que piensa alojar, el cielo se te cae encima, que es lo que más temían los galos de Astérix y Obélix, como es fama.
Pero cuando el entrevistado desenfundó la pistola, que llevaba preparada, y disparó, con la frase aprendida, que lo ocurrido en Ceuta es fruto de «los bulos, la desinformación, organizaciones criminales de trata de seres humanos, Rusia, Israel y la internacional ultraderechista», Bretos dejó que se enfriase la pistola humeante sin reaccionar. Gol por la escuadra.
Solo tuvo un amago de reacción el periodista masajista cuando le espetó: «¿Pero qué ganan las mafias con esto?», y como si hubieran ensayado en efecto el intercambio, Sánchez fue raudo: «¿Y qué gana Marruecos?». «Silence radio», como dicen los franceses. Silencio de suspense. El elefante en la habitación: ¿Que qué gana Marruecos?… Gana, aparte de aprovechar para reivindicar una vez más su soberanía inventada pero de profeta sobre Ceuta y Melilla, que Sánchez lo defienda a capa y espada (sarracena) ante todos. Gracias a ello, la Unión Europea podrá criticar moderadamente el comportamiento de España, pero se abstendrá de decir ni mu sobre Marruecos, gran aliado estratégico de Estados Unidos y gran socio de Francia, entre autres. Ese mismo Marruecos cuya agricultura fue la que condicionó la política agrícola que afectó a España tanto que muchos se plantearon si valía la pena entrar en Europa con semejantes renuncias y peajes.
Raimundo Bassols Jacas desde la atalaya de sus cien años podría ilustrar cómo fueron las negociaciones, ahora que la obligación de discreción habitual de los 50 años ha prescrito, él que tan bien conoce Marruecos, donde sirvió como embajador. Estos dos brochazos: «Nuestra incorporación a Europa no fue el premio automático a nuestra conducta democrática; fue una confusa historia de intereses políticos, económicos y hasta electoralistas. (…) Ni siquiera los riesgos que representó para nuestra democracia el 23-F conmovieron decisivamente a una Europa que hacía fríamente el cálculo del peso de la agricultura, las patentes, la industria o el IVA» (España en Europa. Historia de la adhesión a la CE 1957-1985, Madrid, Política Exterior, 1995).
Hoy Ceuta es una ciudad en estado de sitio. Siempre lo ha estado, aunque fuera latente. Y solo puede aspirar a una vuelta a su (a)normalidad. Marruecos siempre se ha colado en las relaciones españolas con Europa. Y Feijóo debería ir pensando ya en cómo tratar a la dictadura de Marruecos, antes de que le hackeen nada.
Coda 2) La mani por Ceuta. Cientos de miles de personas bajaron a las calles de toda España en apoyo de Ceuta (y en contra de Sánchez, no se engañe nadie). En Madrid, donde más. Según el Ayuntamiento, unas 150.000. El 10%, si se compara, del millón y medio que llenó las avenidas para celebrar la Copa del Mundo. Debe reconocerse que es un porcentaje sumamente modesto. No se sabe de ningún futbolista de la selección que lo hiciera, al menos no consta testimonio gráfico de ello. Ni un puto tuit. Solo De la Fuente se ha señalado.
Coda 3) La vía canadiense. El vecino del norte es uno de los pocos países que ha sabido plantar cara a los desmanes de Trump y a su delirio anexionista. Y lo ha hecho con una idea bastante elemental: cuando un supuesto aliado te maltrata, no estás obligado a darle las gracias. Trump llegó incluso a sugerir que el lago Ontario podría llamarse «Lake America». Ford, el gobernador de la provincia, contestó colocando junto al lago un cartel con la respuesta canadiense: «Lake Ontario. Now and Always». La diplomacia tiene a veces estas delicadezas. Trump pasará. Canadá seguirá ahí, norteamericano, democrático y, detalle no menor, sin necesidad de convertirse en una sucursal de Estados Unidos. Canadá ofrece además otra peculiaridad: es un país que supo enfrentarse a su propio separatismo. Quebec quiso irse y los canadienses hicieron algo razonable: discutieron, votaron y dejaron las cosas bastante claras: si ganaba el sí, solo entonces se pondrían a negociar. El independentismo quedó, con el tiempo, en una especie de muerte cerebral. No parece una hazaña menor en tiempos tan convulsos y en este renacer de los nacionalismos.
Mark Carney, primer ministro canadiense, y Doug Ford, gobernador de Ontario, han entendido que con Trump se puede negociar, pero nunca arrodillarse. Carney mantiene abierta la negociación y Ford pone sobre el tapete las cosas de comer: automóvil, acero, electricidad, minerales. Canadá sabe que necesita a Estados Unidos. Lo que le recuerda, convenientemente, es que Estados Unidos también necesita a Canadá. Y mientras Trump pretende intimidar al vecino, consigue un resultado bastante poco trumpiano: que los canadienses se acuerden de que son canadienses antes que norteamericanos.
Coda 4) Islandia sí es una isla. El no al referéndum, el no que cerró la vía, en caso de victoria del sí, a un auténtico referéndum de adhesión —una fórmula en dos etapas bastante más democrática de lo que suele ser habitual en los referéndums, donde muchas veces no se responde a la pregunta planteada— ha dejado meridianamente claro que el país no quiere pertenecer al club europeo. Hay algo, en efecto, bastante revelador en que Suiza, Noruega e Islandia no tengan el menor interés en entrar mientras llaman a la puerta Albania, Serbia, Montenegro, Kosovo, Macedonia, Moldavia, Georgia y… Turquía. No es una anécdota.
Son estos, en general, países más pobres, con problemas serios de corrupción y con una calidad democrática que, siendo benévolos, admite considerable margen de mejora. Que la adhesión sería beneficiosa para ellos parece evidente. Que forman parte, en sentido amplio, de Europa, también. Y que sus aspiraciones son legítimas resulta perfectamente comprensible.
El caso turco es otra cosa. Su entrada no prosperará nunca: no solo por su enorme peso demográfico y por esa condición geográfica de país europeo que exige cierto esfuerzo de imaginación, sino porque son muchos los Estados miembros dispuestos a ejercer su veto. Turquía es, al fin y al cabo, un Estado en el que la religión ocupa un lugar demasiado importante en la estructura del poder. O, dicho de otro modo, un régimen con religión de Estado o un Estado con la religión por régimen. Y el islam siempre acaba siendo un programa político. Y Europa es laica a fuer de cristiana.
La Unión Europea, esa construcción extraordinaria que avanza a sacudidas, y sobre todo mediante geometrías variables, según la fórmula consagrada, vuelve a enfrentarse a su vieja cuestión existencial: seguir avanzando en la integración, después de haber logrado algo impensable, una moneda única, o empezar a desandar el camino y renacionalizar políticas, visto el color político de los gobiernos que van ocupando el poder. Este domingo todo apunta a que va a ganar de forma aplastante el partido extremista lleno de nazistoides, Alternativa por Alemania (AfD) en el Land de Sajonia-Anhalt…
España podría desempeñar en el futuro un papel importante en esa coyuntura, siempre que Feijóo consiga contener a un Abascal abiertamente antieuropeísta. Porque la «Europa de las naciones» que proponen los suyos y sus aliados en el Parlamento Europeo corre el riesgo de dejar a Europa sin Europa. De momento, el proyecto europeo no es que avance despacio. Es que está parado. Toda la diferencia entre el ser y el estar. Somos europeos, sí. Pero ¿queremos estar en una Europa con políticas comunes?
El día en que Islandia, Noruega y Suiza llamen a la puerta de la Unión será un gran día. Y, sobre todo, una señal inequívoca de que el proyecto europeo ha vuelto a ponerse en marcha.
Coda) Genocida con honores. El Consejo de Europa y la Comisión Europea han expresado a Serbia su desaprobación por el recibimiento con honores militares dispensado al general Ratko Mladić, condenado por genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Marta Kos (eslovena, conoce bien el paño), comisaria europea responsable de las relaciones con los países candidatos, tenía previsto viajar a Serbia el 9 de septiembre. La visita ha sido cancelada: los homenajes a Mladić son, según Bruselas, «incompatibles con los valores» de la Unión Europea.
La ceremonia militar de hace unos días reunió a veteranos, mandos en la reserva del Ejército de la República Srpska y asociaciones militares locales. Después vino el entierro en Belgrado, ayer, junto a su hija Ana, muerta en 1994 con un arma de su padre. Shakesperiano. La liturgia del héroe nacional es peor que obscena, es revisionista, reivindicando a un personaje condenado a cadena perpetua por los tribunales internacionales por algunos de los peores crímenes cometidos en Europa desde 1945.
Lo verdaderamente llamativo es el silencio del resto. Ni la presidenta del Parlamento Europeo, ni la de la Comisión, ni los jefes de Gobierno de los Estados miembros parecen haber encontrado un motivo suficiente para hacer demasiado ruido. Bruselas protesta tímidamente, una comisaria cancela un viaje y Europa vuelve a mirar hacia otro lado: los jefes de Gobierno de los Estados miembros de la Unión, ni están ni se les espera… Quizá también esto forme parte, ay, de los valores europeos. Las guerras de los Balcanes siguen siendo la página más negra de la Unión Europea, a la espera de la negrura que acabe resultando de la página ucraniana.
Cuestionario Mostaza
Una semana más conversamos sobre temas de actualidad con Manu Mostaza Barrios, responsable de Asuntos Públicos y Relaciones Institucionales de ATREVIA.
PREGUNTA.- Sigma Dos deja al PSOE en su peor dato de la legislatura, 101 escaños, mientras Vox se dispara siete puntos en un mes: ¿es Ceuta lo que ha roto el techo de Vox, o solo ha destapado algo que ya estaba ahí desde antes del verano?
RESPUESTA.- Los elementos fundamentales ya estaban ahí: la sensación de que las fronteras son porosas y de que la inmigración está descontrolada está calando en la sociedad española. La imagen de los inmigrantes entrando en masa a una ciudad tiene un efecto demoledor para cualquier Gobierno.
P.- Todos los grupos políticos criticaron al Gobierno por su gestión de la crisis. Vox propone activar el artículo 102 de la Constitución por delito de traición o contra la seguridad del Estado del Gobierno, y aunque Feijóo también habla de deslealtad, no le presta los votos necesarios para activar el procedimiento, ¿por qué?
R.- El Partido Popular tiene que navegar entre la exigencia de sus votantes, para evitar que se vayan a Vox, y la institucionalidad que le da ser un partido de Gobierno. Es un equilibrio difícil y complicado de mantener.
P.- En más de 260 municipios, decenas de miles de personas se echaron a la calle el 2 de septiembre por Ceuta, sin colores de partido. El Gobierno había tardado semanas en reaccionar a la crisis con medidas concretas: ¿es una sociedad civil que se moviliza al margen de la política, o una protesta que la derecha ha sabido capitalizar mejor de lo que la izquierda ha sabido responder?
R.- Hay un poco de las dos cosas, desde luego, pero insisto en que la imagen de inmigrantes descontrolados vagando por las calles hace movilizarse a cualquier ciudadanía.
P.- ¿Cómo acabará lo de Ceuta?
R.- Espero que termine bien, y espero que España haga saber a Marruecos que esta situación no debe repetirse. La disuasión es todo lo contrario del apaciguamiento, y llevamos años viendo que el apaciguamiento no sirve para Gobiernos que no son democráticos.
P.- Economía. El Gobierno presume de récord de afiliados en agosto. Aquí. Pero el 71 % de ese crecimiento son extranjeros, casi todos por la regularización extraordinaria, la misma semana en que Ceuta arde por la inmigración… ¿ese es el milagro del empleo español?
R.- Con la inmigración estamos comprando tiempo, en realidad. No pareció un crecimiento muy sostenible a medio y largo plazo.
P.- ¿Por qué no es sostenible? El flujo migratorio no cesará, entre otras cosas porque hay demanda de mano de obra…
R.- Porque los inmigrantes no tardan en adoptar las pautas, también demográficas, de la sociedad de acogida, y el sistema de pensiones está estructurado de manera piramidal. Por el camino, y si una sociedad no es capaz de ofrecer un modelo atractivo, lo que se puede es crear comunidades autónomas balcanizadas…
P.- Hacienda certifica que los patrimonios de más de 30 millones se han duplicado desde 2013, pese a que cada Gobierno sube impuestos a las grandes fortunas. ¿Fracasa la fiscalidad progresiva o es que nunca estuvo diseñada para tocarles a ellos?
R.- Me temo que caminamos hacia una economía en forma de K. Una parte va para arriba como un cohete, y la otra va para abajo. Y, en efecto, los que más ganan son los que mejores herramientas tienen para minimizar su factura fiscal.
P.- Pero gravar más a los más ricos provocaría huidas de capital a otros países y, por lo tanto, pérdida de inversores aquí, ¿no?
R.- Sí, totalmente, es un auténtico disparate hacer un planteamiento de este estilo. Si tengo que elegir, cuanta más gente tenga dinero, mejor…
P.- Volkswagen anuncia el mayor recorte de su historia, 100.000 empleos, el doble de lo previsto hace apenas un año, con Seat y Martorell en el aire. ¿Es la prueba de que la transición eléctrica impuesta desde Bruselas está desindustrializando Europa?
R.- Desde luego, los tiempos están demostrando que la apuesta de ejercer —otra vez— de faro del mundo y ser los primeros en electrificar no ha dado el resultado esperado. Europa pensó que detrás del comercio llegaba la democracia y, desgraciadamente, los años nos están demostrando que era una postura ingenua.
P.- ¿La Europa federalizante ha muerto? Incluso el término «federal» ha desaparecido de los discursos. Líderes de la derecha francesa y alemana avisan de que si llegan al poder no aplicarán la primacía del derecho de la Unión…
R.- Estamos en un momento muy complicado. Europa está viendo que el poder blando no basta, y que la geopolítica siempre estuvo ahí, aunque no quisiéramos verla. Pero no hay ninguna solución fuera de avanzar en el proyecto europeo, los tiempos de las grandes potencias europeas no volverán, y por separado somos irrelevantes.
P.- La Vuelta 2026 evita Cataluña, País Vasco y Madrid, las tres regiones con más protestas el año pasado, y estrena final en Granada, algo que no pasaba desde 1986. Mostaza, ¿es gestión de riesgos legítima?
R.- Entiendo que los organizadores han pensado que nadie va donde no lo tratan bien o no lo reciben bien. Y la gente que, saltándose las normas y la cortesía, interrumpió la carrera tiene que entender que sus actos tienen consecuencias: este año no verán la Vuelta.
P.- ¿Por dónde anda? ¿Acabó el verano ya?
R.- Verano acabado, Tadeu, pero hemos vuelto para (re)conocer el septiembre del Oeste. La mejor luz del mundo es la luz del otoño en la Raya…
P.- ¿Y de lecturas?
R.- Heterodoxos: Diez personajes incómodos de la España del siglo XX, en Debate, con Emilia Landaluce de editora y Andrés Trapiello de prologuista. Es un libro que permite descubrir el perfil de muchos españoles que han sido olvidados, porque son figuras incómodas tanto para la izquierda como para la derecha. Suele ser la gente más interesante, porque solo de la heterodoxia surge de verdad el pensamiento digno de tal nombre.
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